Edito hoy, 21 de junio 2009, para comunicaros que el relato "Cosas de la guerra" que motivó los comentarios de esta entrada, ya está reformado. No lo cuelgo porque sobrepasa el tamaño que sería deseable para leer en un blog. Además, ¡que caray!, me quedó tan chulo que lo envié a un concurso.
Vuelvo a daros las gracias a todos por vuestras aportaciones y fidelidad.
Abrazos a tutiplén.
miércoles 20 de mayo de 2009
jueves 7 de mayo de 2009
¿Hay alguien ahí?

Crepitan las llamas en la noche invernal y el olor de las hojas de eucalipto que arden en el fuego impregnan la estancia. La anciana lee frente a la chimenea, sola en la única casa habitada del pueblo. Suenan golpes en la puerta. Sobresaltada, deja caer el libro y el gato vulgar, que dormitaba ovillado junto al calor, da un brinco. Recoge el libro, lo coloca sobre la mesilla y se queda expectante, con la vista extraviada entre las fotografías amarillentas que la observan desde la cómoda. Vuelve a sonar otra tanda de golpes. Se pone en pie con agilidad inusual y se acerca a la puerta conteniendo la respiración. Acerca el oído y escucha. Silencio. ¿Hay alguien ahí?, pregunta. El gato pega el hocico a sus zapatillas de fieltro gris. Nadie contesta. ¿Hay alguien?, repite de nuevo. Al otro lado sólo se escuchan arañazos en la madera. Se arma de valor y abre. Una mujer, igual a ella, se cuela dentro sin mirarla, se dirige a la sala, coge el libro que está sobre la mesilla y se sienta a leer frente a la chimenea. El gato arquea el lomo con los pelos en punta. La anciana intenta hablar pero su boca sólo exhala humo blanquecino. El espejo sobre el aparador le devuelve una mancha borrosa que se diluye poco a poco.
Unos minutos más tarde, vuelven a sonar golpes en la puerta. La mujer que vino del exterior, sobresaltada, deja caer el libro. ¿Hay alguien ahí?, pregunta.
Unos minutos más tarde, vuelven a sonar golpes en la puerta. La mujer que vino del exterior, sobresaltada, deja caer el libro. ¿Hay alguien ahí?, pregunta.
martes 28 de abril de 2009
Infidelidades

Son las doce de la noche y ella, con las manos en jarra, grita:
—¿Qué pasa, eh?, ¿vas a quedarte otro día más sin salir de casa? Me tienes muy harta, ¿lo sabes? La semana pasada te dejé ahí, y ahí sigues, tirado en el sofá, dándole al mando a distancia como un subnormal. Luego te quejarás de que te pongo los cuernos con otros… Pero tú tienes la culpa. ¿Qué te crees, eh, que porque esté enamorada de ti voy a permitir que se me seque el cerebro? Pues estás muy equivocado. Puede que haya gente que pierda la cabeza o no sepa quién es, pero yo la tengo bien puesta sobre los hombros. ¡Así que muévete, haz algo! ¡Vive, coño!
Su marido, que ha escuchado el alboroto desde el dormitorio, entra en el estudio y la observa un rato. Ella, ahora callada, se muerde las uñas frente a la pantalla. Él se le acerca, le coge las manos y con dulzura le dice:
—Mira, cielo, no me importó comer el jueves los macarrones azucarados. Tampoco me enfadé ayer cuando extraviaste nuestro coche y nos pasamos dos horas buscándolo por las calles del centro. Incluso hago oídos sordos cuando le nombras mientras hacemos el amor. Pero que te olvides a nuestro hijo en el portón del colegio… ¡Por ahí, no paso! Si no terminas pronto con esa novela, creo que nuestro matrimonio se va a ir al garete.
—Lo siento, cariño —ella cabizbaja—, tienes toda la razón.
—¿Qué pasa, eh?, ¿vas a quedarte otro día más sin salir de casa? Me tienes muy harta, ¿lo sabes? La semana pasada te dejé ahí, y ahí sigues, tirado en el sofá, dándole al mando a distancia como un subnormal. Luego te quejarás de que te pongo los cuernos con otros… Pero tú tienes la culpa. ¿Qué te crees, eh, que porque esté enamorada de ti voy a permitir que se me seque el cerebro? Pues estás muy equivocado. Puede que haya gente que pierda la cabeza o no sepa quién es, pero yo la tengo bien puesta sobre los hombros. ¡Así que muévete, haz algo! ¡Vive, coño!
Su marido, que ha escuchado el alboroto desde el dormitorio, entra en el estudio y la observa un rato. Ella, ahora callada, se muerde las uñas frente a la pantalla. Él se le acerca, le coge las manos y con dulzura le dice:
—Mira, cielo, no me importó comer el jueves los macarrones azucarados. Tampoco me enfadé ayer cuando extraviaste nuestro coche y nos pasamos dos horas buscándolo por las calles del centro. Incluso hago oídos sordos cuando le nombras mientras hacemos el amor. Pero que te olvides a nuestro hijo en el portón del colegio… ¡Por ahí, no paso! Si no terminas pronto con esa novela, creo que nuestro matrimonio se va a ir al garete.
—Lo siento, cariño —ella cabizbaja—, tienes toda la razón.
Le besa, apaga el ordenador y se van a la cama.
Dos horas más tarde ella regresa de puntillas. Enciende el equipo, abre el documento y sin levantar la voz le dice a la pantalla:
—Y que sepas, imbécil, que puedo encontrar otro protagonista con sólo chasquear mis dedos. ¿Entendido?
Dos horas más tarde ella regresa de puntillas. Enciende el equipo, abre el documento y sin levantar la voz le dice a la pantalla:
—Y que sepas, imbécil, que puedo encontrar otro protagonista con sólo chasquear mis dedos. ¿Entendido?
jueves 23 de abril de 2009
Encuentro
Una mañana, cuando Armando Castro acababa de salir de su casa camino al trabajo, se cruzó con un hombre con una hogaza de pan bajo el brazo. Apenas diez pasos más adelante, comenzaron a caer gotas. Armando dio la vuelta en busca del paraguas y vio cómo el extraño del pan se colaba en su jardín. Intrigado, lo siguió a cierta distancia. Al llegar a la casa, el tipo sacó un llavín y abrió la puerta. Un perro color café saltó a sus hombros llenándole de lametones. Mientras cerraba, escuchó la voz alegre de una mujer. Enfurecido, se dispuso a entrar pero su llave no encajó en la cerradura. La revisó y comprobó que era la misma con la que minutos antes había cerrado al irse. Rodeó el jardín hasta llegar a la ventana de la cocina. Los vio reunidos frente a sus tazas de desayuno: su mujer, sus dos hijos y el hombre del pan que, de cuando en cuando, le daba trozos al perro. Observó perplejo cómo se iban repitiendo las escenas que media hora antes él había protagonizado. Cuando alzó la mano para golpear con furia en el cristal, el reflejo le devolvió el rostro de un hombre que no era él.
miércoles 15 de abril de 2009
Intercambio
Avanzábamos hacia el enemigo con las espadas en alto, cuando sentí en mi cuello un frío tan quemante como el hielo. Subí las manos para calmar el ardor y mi cabeza no estaba. Me giré para buscarla y entonces me vi. Desde el suelo vi mi cuerpo aún en pié, con mis manos taponando el borboteo de sangre. Avanzó un trecho y luego se desplomó.
Al cabo de un rato, y cuando mis ojos empezaban a verlo todo en blanco y negro, sentí las manos de otro cuerpo zarandeándome sin cuidado. Sacudieron el polvo de mi pelo y me encajaron en su robusto cuello decapitado. Cargó a su espalda mi cadáver, lo llevó hasta el otro lado de la empalizada, donde estaba el enemigo, y lo depositó bajo otra cabeza sin ojos y ensangrentada.
Al cabo de un rato, y cuando mis ojos empezaban a verlo todo en blanco y negro, sentí las manos de otro cuerpo zarandeándome sin cuidado. Sacudieron el polvo de mi pelo y me encajaron en su robusto cuello decapitado. Cargó a su espalda mi cadáver, lo llevó hasta el otro lado de la empalizada, donde estaba el enemigo, y lo depositó bajo otra cabeza sin ojos y ensangrentada.
Cuando nos alejábamos del campo de batalla me volví: los sesos de la testa muerta comenzaban a salir por entre las cuencas vacías. Sentí un miedo atroz, pero el cuerpo que me llevaba no experimentó el escalofrío.
jueves 5 de marzo de 2009
El otro lado

Amanece y por debajo de la puerta principal se acaba de colar la hormiga. Sus patas, perfectamente sincronizadas, atraviesan el pasillo sin detenerse hasta llegar al salón. Granos de luz amarillenta se cuelan por las persianas bajadas hasta el fondo. De vez en cuando se para y olfatea. El televisor encendido parpadea frente a una mujer inmóvil que está tumbada en el sofá. Sus manos abrazan la fotografía de un niño vestido de comunión. En el sillón de enfrente dormita ovillado un perro flaco.
En su marcha imparable, la hormiga tropieza con un periódico tirado en el suelo. Lo bordea hasta encontrar el pliegue que le permite trepar a él. Conquistada la cima, corretea sobre el crujiente terreno y de vez en cuando se detiene a husmear. Su cuerpo negro se confunde con las letras de un titular: “Apresado el asesino de Silvia Ruiz”. Merodea por el papel sin distinguir la imagen del joven esposado que aparece bajo el letrero. Desanda el camino y ahora su radar interior la lleva hacia la cocina.
Vuelve al rato con la pesada carga de una miga de pan. Pasa de nuevo frente a la mujer que sigue inmóvil. Se para a descansar un rato, ajena al perro que ahora lame la frente yerta de su ama. Al reanudar la marcha tiene que desviar su trayectoria para sortear el charco de sangre que mana de las muñecas femeninas.
Cuando está a punto de alcanzar el pasillo, suena el timbre. El perro la sobrepasa veloz, dando grandes ladridos, apoya sus patas delanteras sobre la puerta y comienza a aullar. Siguen los timbrazos insistentes, pero la hormiga va a lo suyo, sin desviarse de la ruta que la devolverá al hormiguero.
Sorda para los gritos de “¡asesino!”, esquiva habilidosa las decenas de pies que se van agolpando frente a la casa.
viernes 20 de febrero de 2009
Palabras
Él se enamoró nada más verla entrar en el bar que frecuentaba. Ella, además de la mirada, necesitó que su voz de espuma dejara flotando a sus neuronas. Y es que él venía acompañado de un cerebro tan brillante, y una oratoria tan bien timbrada, que ella se dejó caer a sus brazos como quien cae a la mar. Se le entregó toda, y él la conoció entera: desde el nacimiento del pelo hasta la hondonada perfecta de su ombligo, desde sus más pueriles anhelos, hasta ese pecado oscuro que cada cual oculta en los recodos del alma.
Se casaron tras cinco meses de entusiasmo y trescientas horas de comerse la piel y los adentros. Y en todo ese tiempo, de la boca masculina no se escapó jamás ni un solo te-quiero. Y es que él, a pesar de su locuacidad en lo cultural, en lo amoroso era más bien recogido.
—¿Me quieres? —preguntó ella al despedirse la primera mañana de convivencia.
—Claro, mujer, ¿acaso lo dudas? —y le posó un beso en la frente que ella llevó al trabajo como quien lleva un clavel en la pechera.
No era certeza lo que ella buscaba. Bien sabía de su adoración. Él había mandado colocar un gran espejo en el dormitorio, para que al abrazarla, sus
ojos pudieran adueñarse de su figura por detrás. Pero no haber escuchado nunca en la boca amada ese te-quiero, mil veces imaginado, le hacía sentir incompleta.
—¿Me quieres?— volvió a preguntar ella una noche, desmayada sobre su pecho tras dejarle él entre las piernas la semilla de la maternidad.
—Ya sabes que sí —volvió a responder él acariciándole el pelo.
—Pues yo…, te quiero, te quiero, te quiero… —repitió ella hasta diez veces. Pero no hubo contagio.
Pasaron los nueves meses y él tuvo otro motivo de adoración. Un milagro de carne rosa y ojos grandes que le pareció la niña más hermosa que había dado la humanidad. Ella, exhausta y feliz, le miró desde su lecho de recién parida, convencida de que al fin, escucharía las palabras soñadas. Pero él se limitó a llenar el cuarto del hospital de flores chillonas y caricias silenciosas.
Ella se había hinchado y deshinchado sin que su ombligo perdiera ni un milímetro de perfección. Por eso, cuando volvió a casa tras el parto, él quiso dar fe de aquel prodigio desnudándola frente al espejo. Entonces ella volvió a preguntar:
—¿Me quieres?
—¿Pero aún lo dudas? —susurró con la boca enterrada en su cuello— ¿No ves como me tienes?
—¿Entonces, por qué nunca me lo dices? —le separó de su cuerpo.
—¿Pero, para qué quieres que te lo diga si ya sabes que sí?
—Es cierto, ya lo sé —dijo ella poniéndose el camisón.
—¿Entonces? —él intentando desnudarla de nuevo.
—Déjame —le apartó—.Tú también sabes qué hay bajo mi ropa. Ya lo has visto muchas veces. No necesitas que te lo vuelva a enseñar.
Se metió en la cama y apagó la luz. Le sintió deambular mucho rato por la sala, callado, sin nada que argumentar.
Una noche, tras dos semanas de abstinencia, ella le sintió a su espalda dar más vueltas de la cuenta, pero no se volvió ni a preguntar. Al rato notó unos dedos tímidos picándole en el hombro.
—Te quiero… —dijo una voz tan baja que se ahogó en la almohada.
—¿Has dicho algo? —ella volviéndose— es que no te oigo. Habla más alto.
—Te quiero —volvió a repetir bajito, con la cabeza metida en la camisa del pijama.
Entonces ella se incorporó y encendió la luz.
—Repítemelo otra vez —y le levantó la barbilla como a un niño—, por favor.
—Pues eso —dijo un poco más alto mirando al techo —: que te quiero.
Ella se tapó la boca con ambas manos, una sobre la otra. Después los oídos. Tras unos minutos, en los que sólo se escuchó el tic-tac del despertador, ella explotó en una gran carcajada cuyas risas se prolongaron hasta el amanecer.
Desde aquel incidente, hace ya diez años, por los oídos de ella han pasado cinco amantes a los que nunca amó. Le dejaron mil te-quieros que entraron y salieron de sus orejas como el agua clorada de cualquier piscina: limpiando el último los residuos del anterior. Y hoy, como ayer, noche tras noche, sigue dejándose idolatrar por él, frente al espejo. En silencio. Siempre en silencio.
Se casaron tras cinco meses de entusiasmo y trescientas horas de comerse la piel y los adentros. Y en todo ese tiempo, de la boca masculina no se escapó jamás ni un solo te-quiero. Y es que él, a pesar de su locuacidad en lo cultural, en lo amoroso era más bien recogido.
—¿Me quieres? —preguntó ella al despedirse la primera mañana de convivencia.
—Claro, mujer, ¿acaso lo dudas? —y le posó un beso en la frente que ella llevó al trabajo como quien lleva un clavel en la pechera.
No era certeza lo que ella buscaba. Bien sabía de su adoración. Él había mandado colocar un gran espejo en el dormitorio, para que al abrazarla, sus
ojos pudieran adueñarse de su figura por detrás. Pero no haber escuchado nunca en la boca amada ese te-quiero, mil veces imaginado, le hacía sentir incompleta.
—¿Me quieres?— volvió a preguntar ella una noche, desmayada sobre su pecho tras dejarle él entre las piernas la semilla de la maternidad.
—Ya sabes que sí —volvió a responder él acariciándole el pelo.
—Pues yo…, te quiero, te quiero, te quiero… —repitió ella hasta diez veces. Pero no hubo contagio.
Pasaron los nueves meses y él tuvo otro motivo de adoración. Un milagro de carne rosa y ojos grandes que le pareció la niña más hermosa que había dado la humanidad. Ella, exhausta y feliz, le miró desde su lecho de recién parida, convencida de que al fin, escucharía las palabras soñadas. Pero él se limitó a llenar el cuarto del hospital de flores chillonas y caricias silenciosas.
Ella se había hinchado y deshinchado sin que su ombligo perdiera ni un milímetro de perfección. Por eso, cuando volvió a casa tras el parto, él quiso dar fe de aquel prodigio desnudándola frente al espejo. Entonces ella volvió a preguntar:
—¿Me quieres?
—¿Pero aún lo dudas? —susurró con la boca enterrada en su cuello— ¿No ves como me tienes?
—¿Entonces, por qué nunca me lo dices? —le separó de su cuerpo.
—¿Pero, para qué quieres que te lo diga si ya sabes que sí?
—Es cierto, ya lo sé —dijo ella poniéndose el camisón.
—¿Entonces? —él intentando desnudarla de nuevo.
—Déjame —le apartó—.Tú también sabes qué hay bajo mi ropa. Ya lo has visto muchas veces. No necesitas que te lo vuelva a enseñar.
Se metió en la cama y apagó la luz. Le sintió deambular mucho rato por la sala, callado, sin nada que argumentar.
Una noche, tras dos semanas de abstinencia, ella le sintió a su espalda dar más vueltas de la cuenta, pero no se volvió ni a preguntar. Al rato notó unos dedos tímidos picándole en el hombro.
—Te quiero… —dijo una voz tan baja que se ahogó en la almohada.
—¿Has dicho algo? —ella volviéndose— es que no te oigo. Habla más alto.
—Te quiero —volvió a repetir bajito, con la cabeza metida en la camisa del pijama.
Entonces ella se incorporó y encendió la luz.
—Repítemelo otra vez —y le levantó la barbilla como a un niño—, por favor.
—Pues eso —dijo un poco más alto mirando al techo —: que te quiero.
Ella se tapó la boca con ambas manos, una sobre la otra. Después los oídos. Tras unos minutos, en los que sólo se escuchó el tic-tac del despertador, ella explotó en una gran carcajada cuyas risas se prolongaron hasta el amanecer.
Desde aquel incidente, hace ya diez años, por los oídos de ella han pasado cinco amantes a los que nunca amó. Le dejaron mil te-quieros que entraron y salieron de sus orejas como el agua clorada de cualquier piscina: limpiando el último los residuos del anterior. Y hoy, como ayer, noche tras noche, sigue dejándose idolatrar por él, frente al espejo. En silencio. Siempre en silencio.
miércoles 17 de diciembre de 2008
El escritor
lunes 8 de diciembre de 2008
No sé por qué te quiero

Ella está en la cocina preparando el almuerzo. Cebolla, ajo, vino blanco, perejil, sí, mucho perejil. Y azafrán, sí, le pondré azafrán también. Trocea verduras mientras canturrea. Hace calor a pesar de estar en diciembre. Por la ventana abierta se cuela el sonido atronador de los altavoces de un coche que lleva las ventanillas abiertas y está parado en el semáforo. Soy libre, libre, libre… ¡Por fin! Y ahora bailotea por la cocina con el cuchillo en alto, al compás de los acordes que le llegan como viento fresco. ¡Ya no te quiero! Ya no me importas, imbécil, ¡ja, ja, ja! No mereces mi cariño. No tienes clase. Ahora tengo yo el mando. Puedo acallar tu recuerdo con un gesto tan simple como darle al botón de la radio: clic, lic, clic. Y hace el gesto en el aire, una y otra vez mientras da vueltas y vueltas.
De pronto cambian los acordes y deja de bailar. Una voz suave se ha metido entre el fogón y las sartenes: “… no sé por qué te quiero…” Se le cae el cuchillo. Debería cerrar la ventana, sí, tengo que cerrarla ya. Pero no la cierra. Se le ha vuelto a colocar ese nudo en mitad del pecho. Ana Belén y Antonio Banderas cantan a dúo: “… te busco en todos y no te encuentro…” ¿Por cuál recodo se coló esa imagen?: unos ojos brillantes y chiquitos que la contemplan desde arriba, unos labios húmedos, el sabor a menta y a sal en su boca. Se apoya en la pared y cierra los ojos. El frío de los azulejos la traspasa como una lanza. Sigue la música: “… si no me hicieran falta tus besos…” Y sigue el recuerdo: la fuerza de unas manos aprisionando sus caderas, los jadeos bajo su peso. Su olor… Un tequiero, dos, tres… Y la música se aleja: “… me miento tanto que me lo creo…”
¡Maldita cebolla!, dice limpiándose las lágrimas.
viernes 28 de noviembre de 2008
Los vaivenes de la fama

Silvino siempre quiso ser cantante o ser torero. No pudo ser. Lo primero por fallarle con frecuencia el grito; lo segundo tampoco, no por escasez de valentía ni arrojo con el capote, sino por falta de toros, pues era difícil hacer manolinas en aquella tierra gallega donde los únicos cuernos que pastaban eran los de las vacas. Aún así probó en un sinfín de escenarios mientras vendía seguros, aspiradoras, enciclopedias y hasta pienso compuesto para los gatos. En mitad de ese vaivén de trabajos se casó con la Palmira, naciendo sin tardanza, primero la Maripuri y ocho años mas tarde la segunda criatura, el Manolín.
Como faltaba el dinero para tanta boca hambrienta, optó por hacerse minero y olvidar la fama y la gloria porque total… como ya no tenía pelo… Se marchó a Asturias a picar carbón durante un tiempo, sin mucha alegría, eso es verdad, pero con el mismo afán que el primero.
Hasta que un día en Galicia la tía Elvira estiró la pata dejándole para el recuerdo cinco prados, dos loros y una veintena de vacas. Y así fue como Silvino cambió el casco por los cuernos, las boñigas y media docena de gallineros. Total: que se hizo ganadero. Allí anduvo trapicheando un tiempo con los huevos y los bichos. Hasta que un día reencontrose, así, como de repente, con el sueño de alcanzar la gloria, esta vez no coronando su frente, sino a través de su niña, que daba lo mismo, porque a fin de cuentas era alguien de su gente.
Maripuri veía todas los días la tele de seis a diez, tragando merienda y cena frente a los colorines fluorescentes que se colaban por el salón. Repartía aquellas horas entre los mandados del colegio y la necesidad de jugar. Y jugaba. Jugaba a ser cantante empuñando los tenedores con el brío desenfrenado de las estrellas del rock. Así la encontró un día su padre al volver de ordeñar las vacas. Tan fascinado quedó por la escena que ya no pudo cerrar la boca a causa del manantial de baba que le fue cayendo por el labio hasta la ropa.
—Voy a hacer a Maripuri cantante —le dijo Silvino una noche a Palmira después de gravar en video a la nena por delante y por detrás.
—¿Ahora?, ¿con sólo diez años? ¿Y el colegio? —gritó colocando sus manos como una reja en mitad de la boca.
—Tranquila, mujer, pondré un salón de karaoke y desde allí la daré a conocer. Vendrán empresarios buscando talentos y como Maripuri vale mucho…
Y aquella noche se acostó con las manos cruzadas bajo la nuca a contemplar en la oscuridad del techo los proyectos a realizar.
—Estas loco —masculló su mujer arropándose bajo la manta.
Ni caso hizo Silvino a Palmira. Vendió tres prados, seis vacas y hasta un mantón de Manila que le había dejado en herencia su abuela la del cuplé. Tres años canturreó la nena llenando de gorgoritos las paredes de aquel familiar escenario mientras Silvino trastabillaba concursos amañados en los que su lucero dorado jugaba a ser lo más de lo más. Hasta que una primavera le llegó a su niña el revuelo adolescente con sus muchos desvaríos. Y entonces se enamoró. Se enamoró de un quinceañero surtido de granos y larguirucho que puso a Maripuri a vagar fuera de este planeta. Dos años le duró a la nena su paseo por la inopia, los mismos que aguantó Silvino los berridos desafinados de su clientela rumbosa, aguardando, triste y paciente, por ver si la niña de sus ojos volvía a centrar los suyos en los proyectos de papá. A Dios gracias descentrolos del pipiolo a tiempo, pero el escenario y el canto aparcolos para siempre y nunca más.
La culpa de que la niña se olvidara de la escena no fue la voz ni la pena, sino aquel enjambre de moscardones que la entretenían todo el rato. Y es que el paso del tiempo no hizo más que acrecentar aquel brote de hermosura, redondeando curvas y equilibrando proporciones hasta formar el conjunto mas bello que vieran los vecinos de aquella tierra de vacas.
Fue al mirarla desfilando por la improvisada pasarela de una función del instituto, cuando a Silvino le rebrotó la idea, ya casi perdida, de colocar a Maripuri en el pináculo de la fama. Aquella tarde de abril, la joven caminaba erguida sin esfuerzo, con la naturalidad acostumbrada de las diosas. Llevaba un vestido blanco salpicado de estrellas doradas que parecían haberse desprendidas de sus cabellos de sol. Cuando llegó al final del entarimado cambió su trayectoria girando sobre la punta del pie derecho, elevó el cuello altanero y paseó su mirada azul por el público que la contemplaba. Y es que la Maripuri se sabía guapa, por eso sacaba provecho de aquel lote de sinuosidades que con tanto acierto le habían colocados sobre los huesos los genes de sus papás.
Silvino, maravillado volvió a babear sin tregua, corriéndole por la mente mil proyectos para reinstalar en la gloria a la nena.
—Es igualita que mi madre —le dijo a su mujer sin apartar la vista de la criatura— tiene su misma elegancia. Yo haré que llegue muy lejos.
—Ay, Dios, ya empezamos… —replicó Palmira llevándose la mano al pecho.
Aquel mismo día decidió que la niña sería modelo famosa. La subiría al glamour del entarimado donde Maripuri encontraría, sin duda, un conde, un duque o un banquero.
Volvió a correr la euforia por las venas de Silvino quien cambió los altavoces por muestrarios de ropa fina. En el mismo local del karaoke montó una tienda de trapos y de zapatos desde la que organizó desfiles de pasarela. Allí lució ampliamente a su nena publicando los eventos en anuncios en la prensa, en la radio y una vez hasta en la tele. Y Maripuri brilló otros dos años dentro de los ojos de su papá. Tan enfrascado estaba Silvino en el mundo del colorín que a veces hasta se olvidaba de Palmira, de las vacas y del pobre Manolín.
Pero un día ocurrió lo que tenía que ocurrir: se volvió a enamorar la nena. Esta vez el destinatario de tanto ardor no fue un conde ni un banquero, sino un infeliz ganadero, cuadrado como un armario, que la llevó en volandas del entarimado hasta el altar. Y allí se quedó Silvino muerto de pena, cargado con un monte de trapos y sin modelo que moldear.
Tan hundido le dejó la boda que tuvo que ser Palmira, quien haciendo de vendedora, sacara la familia a flote mientras Silvino vegetaba entre trago y trago de orujo y vino. Hasta que un día se le acabaron los licores de emborrachar y hubo de salir a buscarlos a la tasca de la esquina. Allí tropezose con el cajón de un billar donde un joven mozalbete, oculto bajo una gorra, encajaba carambolas con tal soltura que ni siquiera rozaba el tapete.
—¡Dios mío! —gritó Silvino asombrado cuando el chico lanzó la visera al aire tras meter la última bola— pero si este chavalín es mi hijo: ¡es Manolín!
Silvino recobró el mando animoso y volvió a meter a Palmira en casa. Esta vez transformó la tienda en una sala con diez billares. Desde allí organizó trapicheos y campeonatos, con sus bolas y sus tacos, que con gran soltura ganaba, las más de las veces, su criatura. Y así fue como Silvino volvió a ser feliz viendo a su niño tan guapo, con su palo y su pajarita, metiendo bolas a saco.
Ya han pasado tres años desde que Silvino se metió a “billalero”. Palmira de momento calla, pero hace días que lleva perdido el sueño, justo desde que Manolín ha cogido el vicio de vagar por la casa con la expresión embobada que suele pintar Cupido entre la frente y el pecho.
Es la hora de la cena y el joven, tumbada en el sofá de la sala, observa el cielo de plata que se cuela por la ventana. Está así… como ido, como con desgana. Su madre pasa a su lado con una fuente de patatas, la coloca sobre la mesa y al volver le arremanga enfurecida un sonoro coscorrón:
—Deja de mirar la luna, niño, por tu padre te lo pido, deja de mirarla que nos matas.
martes 28 de octubre de 2008
Naderias

Estaban sentados en el banco de un parque, besándose a poquitos bajo la luz amarillenta de una farola, cuando él se empeñó en que le diera algún objeto suyo. Uno que significara mucho para ella, algo que hubiera llevado consigo siempre, muy pegado a su piel, muy íntimo. Ella le dijo que no tenía ninguno. Entonces él señaló el anillo, el que ella siempre llevaba en el anular, un sellito pequeño, infantil.
—Pero vamos a ver, hombre, ¿para qué quieres esta birria de anillo?
—Para tener algo tuyo, cariño. No me importa su valor económico, sino el sentimental.
—Dios, que bobadas dices…
—Venga, ¿qué más te da? —él cogió sus manos con mohín infantil—, yo te lo voy a cuidar bien. Te lo prometo.
—No es eso, cielo —dijo soltándose—, es que no entiendo qué placer sacas de llevar algo mío de acá para allá.
Aquel anillo se lo había regalado su padre cuando cumplió los once años. Siempre que estaba nerviosa, aburrida, preocupada o incluso con el ánimo eufórico, se agarraba a él, le daba vueltas, lo acariciaba, lo recolocaba una y otra vez para situarlo en el centro del dedo. Aquel trajín era más acusado en invierno, cuando el anillo se caía hacia los lados a causa del frío que encogía su piel.
—Es una forma de tenerte conmigo —insistió él—, de sentir que te llevo siempre pegada a mi.
—Pues la verdad, chico, me parece una niñería y una cursilada del copón —como si su anillo, pensó ella, fuera una de esas mantitas que acarrean a veces los niños para sentir que están cerca de su madre.
—Qué poco me quieres —musito entonces él mirando al suelo.
—Por dios santo —dijo ella levantándose del banco—, no me puedo creer que lo digas en serio, que midas el valor de mi cariño con semejante rasero.
—Da igual. Las cosas son lo que son —dijo él mientras revolvía con un pie la gravilla del suelo—. Yo te habría dado lo que me pidieras.
—¡Es que yo no quiero nada tuyo! —exclamó ella abriendo las manos.
Entonces él alzó la vista y la miró con los ojos muy abiertos y la mandíbula descolgada.
—Bueno…, entiéndeme —apresuró ella—, me refiero a que no necesito ningún objeto tuyo para recordarte. No tengo que cargar con un trozo de hierro para sentir que estas cerca de mí. Esa sensación es algo que se percibe en el cerebro. Cuando uno está enamorado ya tiene al ser amado en la cabeza, como una nebulosa que lo va empapando del otro.
—Ya, ya, deja, deja —continuó cabizbajo—, si lo entiendo todo.
—¡No, no lo entiendes, coño, si lo entendieras no pondrías esa cara!
—Vale, vale —dijo él levantando las manos—, no hace falta que grites. Ya sé que es una bobada, pero, precisamente porque es una bobada, es por lo que no comprendo que te niegues a darme ese trocito de “hierro”, como tu dices. Para mí sí tiene un gran valor. Para ti, que no lo tiene, debería ser más fácil desprenderte de él.
—¿Cómo que no tiene valor para mí? —ella con el ceño fruncido—. Me lo regaló mi padre, ¿entiendes? ¡Mi p-a-dr-e! —gritó.
—O sea, que entonces sí tiene valor para ti —apuntó él con su índice.
—Pero, vamos a ver, tío —ella con las manos en jarra—, ¿ahora pretendes que me ponga a elegir entre mi padre y tú?
—No me entiendes —porfió él—, veo que no me acabas de entender.
—Bueno, mira, dejemos el temita, ¿vale? —zanjó irritada—. Ahora tengo que irme ya. Es tarde.
Y se fue. Sin volver la vista.
No volvieron a verse nunca más.
—Pero vamos a ver, hombre, ¿para qué quieres esta birria de anillo?
—Para tener algo tuyo, cariño. No me importa su valor económico, sino el sentimental.
—Dios, que bobadas dices…
—Venga, ¿qué más te da? —él cogió sus manos con mohín infantil—, yo te lo voy a cuidar bien. Te lo prometo.
—No es eso, cielo —dijo soltándose—, es que no entiendo qué placer sacas de llevar algo mío de acá para allá.
Aquel anillo se lo había regalado su padre cuando cumplió los once años. Siempre que estaba nerviosa, aburrida, preocupada o incluso con el ánimo eufórico, se agarraba a él, le daba vueltas, lo acariciaba, lo recolocaba una y otra vez para situarlo en el centro del dedo. Aquel trajín era más acusado en invierno, cuando el anillo se caía hacia los lados a causa del frío que encogía su piel.
—Es una forma de tenerte conmigo —insistió él—, de sentir que te llevo siempre pegada a mi.
—Pues la verdad, chico, me parece una niñería y una cursilada del copón —como si su anillo, pensó ella, fuera una de esas mantitas que acarrean a veces los niños para sentir que están cerca de su madre.
—Qué poco me quieres —musito entonces él mirando al suelo.
—Por dios santo —dijo ella levantándose del banco—, no me puedo creer que lo digas en serio, que midas el valor de mi cariño con semejante rasero.
—Da igual. Las cosas son lo que son —dijo él mientras revolvía con un pie la gravilla del suelo—. Yo te habría dado lo que me pidieras.
—¡Es que yo no quiero nada tuyo! —exclamó ella abriendo las manos.
Entonces él alzó la vista y la miró con los ojos muy abiertos y la mandíbula descolgada.
—Bueno…, entiéndeme —apresuró ella—, me refiero a que no necesito ningún objeto tuyo para recordarte. No tengo que cargar con un trozo de hierro para sentir que estas cerca de mí. Esa sensación es algo que se percibe en el cerebro. Cuando uno está enamorado ya tiene al ser amado en la cabeza, como una nebulosa que lo va empapando del otro.
—Ya, ya, deja, deja —continuó cabizbajo—, si lo entiendo todo.
—¡No, no lo entiendes, coño, si lo entendieras no pondrías esa cara!
—Vale, vale —dijo él levantando las manos—, no hace falta que grites. Ya sé que es una bobada, pero, precisamente porque es una bobada, es por lo que no comprendo que te niegues a darme ese trocito de “hierro”, como tu dices. Para mí sí tiene un gran valor. Para ti, que no lo tiene, debería ser más fácil desprenderte de él.
—¿Cómo que no tiene valor para mí? —ella con el ceño fruncido—. Me lo regaló mi padre, ¿entiendes? ¡Mi p-a-dr-e! —gritó.
—O sea, que entonces sí tiene valor para ti —apuntó él con su índice.
—Pero, vamos a ver, tío —ella con las manos en jarra—, ¿ahora pretendes que me ponga a elegir entre mi padre y tú?
—No me entiendes —porfió él—, veo que no me acabas de entender.
—Bueno, mira, dejemos el temita, ¿vale? —zanjó irritada—. Ahora tengo que irme ya. Es tarde.
Y se fue. Sin volver la vista.
No volvieron a verse nunca más.
miércoles 22 de octubre de 2008
Bajo el paraguas
Yo tenía quince años, comenzaba la primavera y aquel día en la calle llovía sin piedad. Hacía mucho rato que aguardaba en el portón del instituto, abrazada a mis carpetas, esperando a que el cielo se cansara de llorar. Saqué un chicle y me lo metí en la boca para calmar el hambre, o la impaciencia. Si seguía allí terminaría por perder el autobús, así que en un arranque de valentía, y con gran dolor por el descalabro que sufriría mi melena, eché una carrera hasta que me frenó un semáforo. Entonces apareció él, con su mochila colgando del hombro y un inmenso paraguas negro. Se acercó, y sin pedirme permiso me cobijó bajo su enorme ala frenando el aguacero que comenzaba a empapar mi cabeza.
—¿Puedo acompañarte hasta el autobús? —me dijo.
—Eh?… —respondí aturdida.
—Si quieres —matizó.
—Ah, pues sí, claro, claro —me repuse—. Muchas gracias.
Se llamaba Raimundo. Era delgado y alto, muy alto. Hacía tiempo que nos lanzábamos miraditas entre clase y clase y alguna que otra charla con testigos que impedían otras de más hondura.
Echamos a andar calle abajo en silencio, todo lo pegados que nos impuso el paraguas. Yo le miraba a hurtadillas: un mechón de pelo negro le caía de cuando en cuando por la frente hasta taparle los ojos, lo que le llevaba a tener siempre ocupada la mano izquierda en el trajín inútil de despejarse la cara. Otro semáforo nos volvió a parar. Se puso frente a mí, y sin decir nada, posó sus dedos en uno de mis pómulos. Me sobresalté ante el contacto y me alejé un poco.
—¡Tranquila!, que no te voy a pegar —dijo tras una risotada—. Sólo intento secarte la cara.
Aplastó con su pulgar una gota perezosa que aún colgaba en mi piel. Sentí como se me iban encendiendo las mejillas sin que pudiera hacer nada. Agaché la cabeza para que el pelo ocultara mi vergüenza hasta que se fue aplacando el rubor.
Cerca ya de la parada vimos el bus detenido. Bajó una señora de mediana edad con dos niños. Corrimos para alcanzarlo antes de que se pusiera en marcha, pero fue inútil.
—Pues vaya…, jolín, qué por poco… Menos mal que por lo menos aquí no me mojo —Señalé el techo de la marquesina.
—¿No pensarás que te voy a dejar aquí sola y desamparada? —dijo con la voz ahogada por la carrera—. Venga, vamos andando. Te acompaño hasta tu casa.
—No, hombre…, ¿cómo vas a hacer eso? —moví la mano en el aire—. Vivo muy lejos.
—Y qué importa eso, ¿no ves que tenemos tejado? —rió agitando el paraguas.
En realidad yo lo estaba deseando, así que no insistí en la negativa. Por el camino hablamos sin parar de cosas que no recuerdo, saltando de una a la otra en un confuso diálogo causado por mi tonto azoramiento. Tampoco recuerdo si caminamos deprisa o despacio, ni si fuimos por algún atajo o rodeando la ciudad entera. Lo que sí recuerdo fue el gran deseo de que no llegáramos nunca a mi destino. Pero llegamos.
—Bueno…, pues aquí esta mi casa— mostré con risita cursi mi portal.
—Aja —dijo mirando la placa del número—, pues ahora ya sé dónde tengo que venir a buscarte.
—¿A buscarme? —yo nuevamente arrebolada.
—Sí. Bueno…, si tú quieres, claro.
—Esto…, bueno…, vale —dije a la par que estiraba y soltaba sin tregua las gomitas de mi carpeta.
—No pareces muy entusiasmada —encogió su altura inclinando la cabeza para buscar mis ojos.
—Oh, sí, sí. Me gustaría mucho —asentí mientras apretujaba la carpeta para que él no oyera los saltos de mi pecho.
Y entonces sucedió: allí, al cobijo de aquel paraguas, me atrajo hacia él y recibí mi primer beso. Sentí unos labios calientes. Sentí una lengua colándose entre ellos. Sentí el ansia de la mía. ¡Dios mío!: sentí el chicle atrapado entre las dos. ¿Qué hacer con él? Primero lo lancé hacia la esquina izquierda, sobre la muela del juicio, pero su lengua inquieta descubría todos los recovecos de mi boca. Así que no tuve otro remedio que tragármelo. Cerré los ojos y me dejé llevar, dócil, entregada, esponjada por aquella maravilla, pero temiendo a un tiempo que el chicle se me pegara a las tripas.
Ignoro el tiempo que pasamos ocultos bajos aquella noche improvisada por la tela del bendito paraguas, pero cuando volvimos a la realidad, supongo que para respirar, había dejado de llover.
Nos despedimos tras quince o veinte besos más que consiguieron que por fin aflojara mi carpeta. Entré en el portal y cerré la puerta unos segundos. Luego volví a abrirla y lo vi ya de espaldas, balanceando el paraguas con la soltura torpe de quien maneja por primera vez una raqueta.
—¿Puedo acompañarte hasta el autobús? —me dijo.
—Eh?… —respondí aturdida.
—Si quieres —matizó.
—Ah, pues sí, claro, claro —me repuse—. Muchas gracias.
Se llamaba Raimundo. Era delgado y alto, muy alto. Hacía tiempo que nos lanzábamos miraditas entre clase y clase y alguna que otra charla con testigos que impedían otras de más hondura.
Echamos a andar calle abajo en silencio, todo lo pegados que nos impuso el paraguas. Yo le miraba a hurtadillas: un mechón de pelo negro le caía de cuando en cuando por la frente hasta taparle los ojos, lo que le llevaba a tener siempre ocupada la mano izquierda en el trajín inútil de despejarse la cara. Otro semáforo nos volvió a parar. Se puso frente a mí, y sin decir nada, posó sus dedos en uno de mis pómulos. Me sobresalté ante el contacto y me alejé un poco.
—¡Tranquila!, que no te voy a pegar —dijo tras una risotada—. Sólo intento secarte la cara.
Aplastó con su pulgar una gota perezosa que aún colgaba en mi piel. Sentí como se me iban encendiendo las mejillas sin que pudiera hacer nada. Agaché la cabeza para que el pelo ocultara mi vergüenza hasta que se fue aplacando el rubor.
Cerca ya de la parada vimos el bus detenido. Bajó una señora de mediana edad con dos niños. Corrimos para alcanzarlo antes de que se pusiera en marcha, pero fue inútil.
—Pues vaya…, jolín, qué por poco… Menos mal que por lo menos aquí no me mojo —Señalé el techo de la marquesina.
—¿No pensarás que te voy a dejar aquí sola y desamparada? —dijo con la voz ahogada por la carrera—. Venga, vamos andando. Te acompaño hasta tu casa.
—No, hombre…, ¿cómo vas a hacer eso? —moví la mano en el aire—. Vivo muy lejos.
—Y qué importa eso, ¿no ves que tenemos tejado? —rió agitando el paraguas.
En realidad yo lo estaba deseando, así que no insistí en la negativa. Por el camino hablamos sin parar de cosas que no recuerdo, saltando de una a la otra en un confuso diálogo causado por mi tonto azoramiento. Tampoco recuerdo si caminamos deprisa o despacio, ni si fuimos por algún atajo o rodeando la ciudad entera. Lo que sí recuerdo fue el gran deseo de que no llegáramos nunca a mi destino. Pero llegamos.
—Bueno…, pues aquí esta mi casa— mostré con risita cursi mi portal.
—Aja —dijo mirando la placa del número—, pues ahora ya sé dónde tengo que venir a buscarte.
—¿A buscarme? —yo nuevamente arrebolada.
—Sí. Bueno…, si tú quieres, claro.
—Esto…, bueno…, vale —dije a la par que estiraba y soltaba sin tregua las gomitas de mi carpeta.
—No pareces muy entusiasmada —encogió su altura inclinando la cabeza para buscar mis ojos.
—Oh, sí, sí. Me gustaría mucho —asentí mientras apretujaba la carpeta para que él no oyera los saltos de mi pecho.
Y entonces sucedió: allí, al cobijo de aquel paraguas, me atrajo hacia él y recibí mi primer beso. Sentí unos labios calientes. Sentí una lengua colándose entre ellos. Sentí el ansia de la mía. ¡Dios mío!: sentí el chicle atrapado entre las dos. ¿Qué hacer con él? Primero lo lancé hacia la esquina izquierda, sobre la muela del juicio, pero su lengua inquieta descubría todos los recovecos de mi boca. Así que no tuve otro remedio que tragármelo. Cerré los ojos y me dejé llevar, dócil, entregada, esponjada por aquella maravilla, pero temiendo a un tiempo que el chicle se me pegara a las tripas.
Ignoro el tiempo que pasamos ocultos bajos aquella noche improvisada por la tela del bendito paraguas, pero cuando volvimos a la realidad, supongo que para respirar, había dejado de llover.
Nos despedimos tras quince o veinte besos más que consiguieron que por fin aflojara mi carpeta. Entré en el portal y cerré la puerta unos segundos. Luego volví a abrirla y lo vi ya de espaldas, balanceando el paraguas con la soltura torpe de quien maneja por primera vez una raqueta.
lunes 6 de octubre de 2008
La bella durmiente

Según cuenta la leyenda, en un país muy lejano había un rey y una reina que tuvieron, tras muchos años, una niñita muy bella. La princesita, como era de tradición, tenía dos hadas madrinas: una buena y otra un poco pendón, pues las crónicas mal pensantes siempre dijeron que el hada mala y el rey eran amantes.
Llegó el día del bautizo y la reina que no era tonta, y sabía de la traición, dijo que de invitar a la güarra, nada de nada, y que la muy golfa no se zamparía ni un gambón. Este desaire le sentó tan mal a la mala que sin aviso ni nada, entró en el palacio furiosa lanzando su maldición:
—Cuando la nena cumpla los dieciséis se clavará una aguja de tejer lana y morirá, ya lo veréis. Así que de tener nietos, nada de nada —le restregó toda chula a la reina desolada.
El rey lloraba cabizbajo mientras la reina, llena de ira, le insultaba por lo bajo:
—Tuya es la culpa, mal padre, maldito, si no hubieras sido tan cabrito…
—¡Tranquilos! —gritó el hada buena— que yo trucaré el maleficio. La nena no morirá, sólo dormirá quinientos años y luego despertará con el beso de amor que un bello príncipe le dará.
—¡Ja! —dijo la malvada con su risotada de hiel— ocultaré el castillo con tanto follaje que ni el más avispado personaje dará con él.
—Eso ya lo veremos, monina— dijo la buena con voz saltarina.
—Pues claro que lo verás, so tontina.
Entonces el rey, para evitar la maldición, prohibió en todo el reino tejer la lana, ni siquiera por afición. Nadie usó durante aquellos años ningún jersey de rombos ni calcetines con pom-pom. Y así fue como las abuelas, para suplir el vicio de darle al punto pelota, inventaron el bingo, el parchís y los pasos de la jota.
Pasaron los años y la niña crecía mas bella que un sol. Pero un día, en una fiesta en el castillo apareció de repente una doncella con un precioso gorrillo que dejó a todos mirándola sólo a ella.
—Quiero uno igual —dijo la princesita un poco envidiosa— ¿dónde lo puedo comprar?
—Lo siento mucho, princesa, el gorrito no está en venta, me lo tejió mi abuelita con su lana, sus manitas y un montón de paciencia.
—Pues yo quiero una prenda como esa —porfió cabezona la princesa— llévame ante tu vieja, te lo ordeno, deseo que ella me teja otro gorrito, tal cual.
Cuando llegaron al caserón de la anciana la princesa quedó asombrada al ver como la abuela cruzaba los pinchos de donde colgaba una bufanda encarnada.
—Que diver —dijo la princesita— ¿puedo probar yo también?
La abuela que no sabía que la chica era princesa le dejó las agujas sin miedo, y la muy torpe, ¡zas!, se pinchó en el dedo. Sólo un ¡ay! pudo decir, porque luego cayó como fulminada en el suelo desmayada. Inútiles fueron los muchos cachetes que la abuela arreó a sus pálidos mofletes por ver si resucitaba.
—¡Dios mío!, quinientos años dormida —gimió la reina aterrada— moriremos sin tener nietos, y además, la muy desdichada, cuando despierte de repente sólo encontrará a un montón de extraña gente.
En medio de aquel delirio, apareció el hada buena y propuso:
—Yo…, si queréis, os duermo a todos también, y así, cuando despierte la bella, vosotros despertaréis.
—¡Buena idea! —dijeron al unísono, sin preguntar ni a la corte ni a la plebe— durmámonos todos juntos y que la siesta nos sea leve.
Pasaron quinientos años y en la otra punta del planeta, un cantante con coleta, famoso en el mundo entero, y al que todos conocían como “El Príncipe Rokero”, harto de tanta fama, quiso cambiar de aires escapándose por montes y prados en busca de …
—¿De qué? —preguntaron los de su banda crispados.
—De un "no-sé-que" —respondió el joven mirando la luna.
—¿Abandonarás los conciertos así, sin causa ninguna? —porfiaron angustiados el bajo y el batería.
—Sólo por un tiempo, colegas, hasta que se calme esta ansia mía.
—¿Y no puedes calmarla en casa?
—No, he de sosegarme a lo lejos y encontrarme con mi alma.
—Pues entonces te acompañamos —dijeron los de su banda.
Y así lo hicieron. Marcharon sin rumbo fijo, con sus motos e instrumentos hasta que una mañana lluviosa apareció entre gigantescos arbustos la cúpula de un monumento.
—Entremos a ver el castillo —dijo el galán a su panda valiente.
—¡Estas loco!, ahí debe haber hasta fantasmas vivientes.
—Pues iré sólo —dijo resuelto el rokero.
Cerró la cremallera del traje, caló el casco hasta los ojos y se lanzó ilusionado a husmear el palacio encantado. Ya dentro de la estancia, sacó insecticida y un trapo y a golpe de chiscotazos fue matando arañas y escarabajos por almenas y pasillos, donde ronquidos atronadores retumbaban como un eco por los muros del castillo. —¿Hay alguien despierto? —fue preguntando tras cada puerta que abría, pero nadie le respondía.
Anduvo por todo el palacio con el alma acongojada, hasta que de repente, tras una puerta dorada, halló a la princesa encantada. Allí dormía la bella, como un ángel de porcelana, con el cabello de oro desparramado sobre la almohada. La zarandeó por los hombros por ver si la espabilaba, pero nada. Entonces se dijo a sí mismo:
—Aprovéchate chaval, que la niña no está mal y es toda una monada.
Y preso de incontrolada pasión puso, sin más miramientos, un inflamado beso en su boca de fresón. Y…, ¡plof!, de repente, la princesa se despertó.
—¿Quién sois vos? —pestañeó coquetuela.
—¡Eh!… —se apartó atolondrado— yo…, yo…, es que pasaba por aquí y …, como dormías…
Tontearon un poquito, se morrearon a mogollón y se juraron amor eterno tras el décimo achuchón. Fue tras éste cuando se dieron cuenta, que apoyada en balcón, el hada buena muy tierna los miraba sin la menor contención. Les contó el hechizo de la malvaba y la grave situación de por qué los demás habitantes del reino seguían durmiendo sin ton ni son.
—¿Qué haremos ahora? —dijo la enamorada— yo sin el permiso de mi papá no me caso...
—No importa, hermosa mía, nos arrejuntamos y tan campantes —contestó resuelto el galán.
—¡Qué espanto! —dijo la bella ofendida— eso es pecado gordo, vida mía.
—Que no, tontina, que ahora ya no es pecado.
—¿Ah, no? —dijo ella con gesto alelado.
—Pues no, mi ángel de amor. No temas al deshonor, que eso está pasado de moda.
—Pos vale, ¡nada de boda! —dijo ella muy contenta— cuando quieras nos largamos de este zumbido infernal, los ronquidos de tanta gente me están sentando fatal.
La subió a su moto rumbosa, y ella, nada miedosa, soltó su pelo al viento como bella mariposa. Y allá se fue el mozalbete monte abajo ilusionado a mostrarle a sus colegas el lindo botín encontrado.
Ni siquiera habían pasado los lindes de aquel reinado cuando la bella gimió con un grito de dolor: ¡Detén las ruedas, mi amor, que ya no puedo con el mareo! Paró él la moto a la primera y al quitarle el casco a su amada gritó:
—¡Que horror, ¿quién es esta calavera?!
—No te asustes, amado mío, soy yo, debe ser el cambio de aires que ha empalidecido mi color.
—¡Ja-ja-ja¡, qué aires ni que vientos, lo que le pasa a la niña es que tiene años a cientos —rió el hada malvada que apareció de repente en un árbol encaramada— No te la podrás llevar de palacio, como ya ves, pues si la alejas de su influjo se te quedará echa un rebujo.
Apesadumbrado el rokero devolvió la princesa a su palacio donde la tierna doncella se volvió de nuevo joven y bella
—¿Qué podemos hacer? —preguntó el enamorado al hada madrina callada.
—No sé, chaval —contestó ella escaqueada.
—¿Por qué no usas tu poder?
—Yo hago lo que tu quieras, majete, pero mi varita ya tiene edad y temo que si le meto otro paquete nos deje el conjuro partido por la mitad. Tú verás…
—Deja, deja, no la liemos más…
—Tengo una idea brillante —dijo la princesa de repente— montaremos un concierto atronador y lo usaremos como despertador.
Así lo hicieron. Sonaron los instrumentos con toda su marcha estruendosa y al llegar a la cuarta canción, así, como si tal cosa, despertaron todos de sopetón.
—¡Que follón, qué algarabía!, ¿de quien es la mano fría que me palpa el camisón? —dijo la reina enfadada.
—Es la mía, —sonrió el rey guiñándole un ojo— estamos despiertos, regenta mía, y la nena, además, enamorada del príncipe de un reino llamado Rock.
Se abrazaron, rieron y lloraron, luego bailaron, bebieron y comieron perdices y fueron, por otros quinientos años, la mar de felices.
FIN
Llegó el día del bautizo y la reina que no era tonta, y sabía de la traición, dijo que de invitar a la güarra, nada de nada, y que la muy golfa no se zamparía ni un gambón. Este desaire le sentó tan mal a la mala que sin aviso ni nada, entró en el palacio furiosa lanzando su maldición:
—Cuando la nena cumpla los dieciséis se clavará una aguja de tejer lana y morirá, ya lo veréis. Así que de tener nietos, nada de nada —le restregó toda chula a la reina desolada.
El rey lloraba cabizbajo mientras la reina, llena de ira, le insultaba por lo bajo:
—Tuya es la culpa, mal padre, maldito, si no hubieras sido tan cabrito…
—¡Tranquilos! —gritó el hada buena— que yo trucaré el maleficio. La nena no morirá, sólo dormirá quinientos años y luego despertará con el beso de amor que un bello príncipe le dará.
—¡Ja! —dijo la malvada con su risotada de hiel— ocultaré el castillo con tanto follaje que ni el más avispado personaje dará con él.
—Eso ya lo veremos, monina— dijo la buena con voz saltarina.
—Pues claro que lo verás, so tontina.
Entonces el rey, para evitar la maldición, prohibió en todo el reino tejer la lana, ni siquiera por afición. Nadie usó durante aquellos años ningún jersey de rombos ni calcetines con pom-pom. Y así fue como las abuelas, para suplir el vicio de darle al punto pelota, inventaron el bingo, el parchís y los pasos de la jota.
Pasaron los años y la niña crecía mas bella que un sol. Pero un día, en una fiesta en el castillo apareció de repente una doncella con un precioso gorrillo que dejó a todos mirándola sólo a ella.
—Quiero uno igual —dijo la princesita un poco envidiosa— ¿dónde lo puedo comprar?
—Lo siento mucho, princesa, el gorrito no está en venta, me lo tejió mi abuelita con su lana, sus manitas y un montón de paciencia.
—Pues yo quiero una prenda como esa —porfió cabezona la princesa— llévame ante tu vieja, te lo ordeno, deseo que ella me teja otro gorrito, tal cual.
Cuando llegaron al caserón de la anciana la princesa quedó asombrada al ver como la abuela cruzaba los pinchos de donde colgaba una bufanda encarnada.
—Que diver —dijo la princesita— ¿puedo probar yo también?
La abuela que no sabía que la chica era princesa le dejó las agujas sin miedo, y la muy torpe, ¡zas!, se pinchó en el dedo. Sólo un ¡ay! pudo decir, porque luego cayó como fulminada en el suelo desmayada. Inútiles fueron los muchos cachetes que la abuela arreó a sus pálidos mofletes por ver si resucitaba.
—¡Dios mío!, quinientos años dormida —gimió la reina aterrada— moriremos sin tener nietos, y además, la muy desdichada, cuando despierte de repente sólo encontrará a un montón de extraña gente.
En medio de aquel delirio, apareció el hada buena y propuso:
—Yo…, si queréis, os duermo a todos también, y así, cuando despierte la bella, vosotros despertaréis.
—¡Buena idea! —dijeron al unísono, sin preguntar ni a la corte ni a la plebe— durmámonos todos juntos y que la siesta nos sea leve.
Pasaron quinientos años y en la otra punta del planeta, un cantante con coleta, famoso en el mundo entero, y al que todos conocían como “El Príncipe Rokero”, harto de tanta fama, quiso cambiar de aires escapándose por montes y prados en busca de …
—¿De qué? —preguntaron los de su banda crispados.
—De un "no-sé-que" —respondió el joven mirando la luna.
—¿Abandonarás los conciertos así, sin causa ninguna? —porfiaron angustiados el bajo y el batería.
—Sólo por un tiempo, colegas, hasta que se calme esta ansia mía.
—¿Y no puedes calmarla en casa?
—No, he de sosegarme a lo lejos y encontrarme con mi alma.
—Pues entonces te acompañamos —dijeron los de su banda.
Y así lo hicieron. Marcharon sin rumbo fijo, con sus motos e instrumentos hasta que una mañana lluviosa apareció entre gigantescos arbustos la cúpula de un monumento.
—Entremos a ver el castillo —dijo el galán a su panda valiente.
—¡Estas loco!, ahí debe haber hasta fantasmas vivientes.
—Pues iré sólo —dijo resuelto el rokero.
Cerró la cremallera del traje, caló el casco hasta los ojos y se lanzó ilusionado a husmear el palacio encantado. Ya dentro de la estancia, sacó insecticida y un trapo y a golpe de chiscotazos fue matando arañas y escarabajos por almenas y pasillos, donde ronquidos atronadores retumbaban como un eco por los muros del castillo. —¿Hay alguien despierto? —fue preguntando tras cada puerta que abría, pero nadie le respondía.
Anduvo por todo el palacio con el alma acongojada, hasta que de repente, tras una puerta dorada, halló a la princesa encantada. Allí dormía la bella, como un ángel de porcelana, con el cabello de oro desparramado sobre la almohada. La zarandeó por los hombros por ver si la espabilaba, pero nada. Entonces se dijo a sí mismo:
—Aprovéchate chaval, que la niña no está mal y es toda una monada.
Y preso de incontrolada pasión puso, sin más miramientos, un inflamado beso en su boca de fresón. Y…, ¡plof!, de repente, la princesa se despertó.
—¿Quién sois vos? —pestañeó coquetuela.
—¡Eh!… —se apartó atolondrado— yo…, yo…, es que pasaba por aquí y …, como dormías…
Tontearon un poquito, se morrearon a mogollón y se juraron amor eterno tras el décimo achuchón. Fue tras éste cuando se dieron cuenta, que apoyada en balcón, el hada buena muy tierna los miraba sin la menor contención. Les contó el hechizo de la malvaba y la grave situación de por qué los demás habitantes del reino seguían durmiendo sin ton ni son.
—¿Qué haremos ahora? —dijo la enamorada— yo sin el permiso de mi papá no me caso...
—No importa, hermosa mía, nos arrejuntamos y tan campantes —contestó resuelto el galán.
—¡Qué espanto! —dijo la bella ofendida— eso es pecado gordo, vida mía.
—Que no, tontina, que ahora ya no es pecado.
—¿Ah, no? —dijo ella con gesto alelado.
—Pues no, mi ángel de amor. No temas al deshonor, que eso está pasado de moda.
—Pos vale, ¡nada de boda! —dijo ella muy contenta— cuando quieras nos largamos de este zumbido infernal, los ronquidos de tanta gente me están sentando fatal.
La subió a su moto rumbosa, y ella, nada miedosa, soltó su pelo al viento como bella mariposa. Y allá se fue el mozalbete monte abajo ilusionado a mostrarle a sus colegas el lindo botín encontrado.
Ni siquiera habían pasado los lindes de aquel reinado cuando la bella gimió con un grito de dolor: ¡Detén las ruedas, mi amor, que ya no puedo con el mareo! Paró él la moto a la primera y al quitarle el casco a su amada gritó:
—¡Que horror, ¿quién es esta calavera?!
—No te asustes, amado mío, soy yo, debe ser el cambio de aires que ha empalidecido mi color.
—¡Ja-ja-ja¡, qué aires ni que vientos, lo que le pasa a la niña es que tiene años a cientos —rió el hada malvada que apareció de repente en un árbol encaramada— No te la podrás llevar de palacio, como ya ves, pues si la alejas de su influjo se te quedará echa un rebujo.
Apesadumbrado el rokero devolvió la princesa a su palacio donde la tierna doncella se volvió de nuevo joven y bella
—¿Qué podemos hacer? —preguntó el enamorado al hada madrina callada.
—No sé, chaval —contestó ella escaqueada.
—¿Por qué no usas tu poder?
—Yo hago lo que tu quieras, majete, pero mi varita ya tiene edad y temo que si le meto otro paquete nos deje el conjuro partido por la mitad. Tú verás…
—Deja, deja, no la liemos más…
—Tengo una idea brillante —dijo la princesa de repente— montaremos un concierto atronador y lo usaremos como despertador.
Así lo hicieron. Sonaron los instrumentos con toda su marcha estruendosa y al llegar a la cuarta canción, así, como si tal cosa, despertaron todos de sopetón.
—¡Que follón, qué algarabía!, ¿de quien es la mano fría que me palpa el camisón? —dijo la reina enfadada.
—Es la mía, —sonrió el rey guiñándole un ojo— estamos despiertos, regenta mía, y la nena, además, enamorada del príncipe de un reino llamado Rock.
Se abrazaron, rieron y lloraron, luego bailaron, bebieron y comieron perdices y fueron, por otros quinientos años, la mar de felices.
FIN
viernes 3 de octubre de 2008
El raro

Yo tenía quince años y él traspasado los dieciséis. Lo veía todos los domingos delante de la iglesia, siempre en la misma esquina, esperando el momento en que el párroco de aquél templo de pueblo abriera las puertas para entrar a misa. Ignoro si era profundamente religioso o asistía para justificar la asistencia, casi obligatoria, que nos marcaban los dominicos de entonces. Siempre estaba solo, siempre mirando al suelo, con una palidez casi enfermiza cubriendo su cuerpo larguirucho y desmadejado. Me fui enamorando a lo largo de aquel invierno sin saber que era amor el cosquilleo que me invadía. Soñaba cada noche con perder los dedos entre aquel cabello negro y devolverle una vida que parecía escapársele por las ventanas de sus tristes ojos verdes. El comentario de mis amigos; “… ahí está el raro, sujetando la misma pared del domingo pasado..” Y luego reían. Y yo reía porque ellos reían, pero por dentro se me encogía el pecho. No hice nada. Nunca. Eran años adolescentes, inmaduros e influenciables, donde lo importante era estar en el grupo de iguales y ajustar nuestras acciones a las reglas implícitas que regían líderes que nadie había votado. Y así pasó el año, o quizá dos, no lo sé, porque cuando se vive tan intensamente, el tiempo tiene otra medida. Yo me fui a otra ciudad y él se quedó allí mucho tiempo. Pasaron unos cuantos años y mi vida se fue llenando con otras vidas y esos mil quehaceres con los que de adultos justificamos la existencia del día a día. Hasta que otro domingo el azar me hizo volver a pisar aquella iglesia para asistir a una boda. Pregunté por él. Ha muerto, me dijeron. Se había suicidado con una sobredosis de heroína. Murió solo. Nunca le conocieron amigos ni pareja. Ni siquiera llegué a saber si le gustaban las mujeres o los hombres. Eso ya no importa mucho ahora.
Cuando salí de la iglesia miré su esquina y por un instante le volví a ver, mirándome intensamente. Y yo le sonreí, y el me sonrió con sus enormes ojos verdes. Luego desapareció. A lo mejor era otro. O el efecto del sol del mediodía que me cegaba la cara. O fue sólo un sueño. Es mi asignatura pendiente, lo sé, y lo peor de todo es que no hay recuperación en septiembre.
Cuando salí de la iglesia miré su esquina y por un instante le volví a ver, mirándome intensamente. Y yo le sonreí, y el me sonrió con sus enormes ojos verdes. Luego desapareció. A lo mejor era otro. O el efecto del sol del mediodía que me cegaba la cara. O fue sólo un sueño. Es mi asignatura pendiente, lo sé, y lo peor de todo es que no hay recuperación en septiembre.
lunes 29 de septiembre de 2008
Acompañada

Ruge como un avión a punto de aterrizar. Es la señal que le indica el centrifugado final. Se pone en pie y con ojos impacientes sigue los giros del tambor hasta que la lavadora finaliza el programa. Atraviesa el pasillo ladrando y corriendo como una bala.
—Ya, ya lo sé, ya sé que ha parado —ella, en la cocina, termina de lavar las patatas y seca las manos en el delantal—, tranquilo, ahora mismo la tendemos.
Controla cada movimiento de su ama y la precede camino al tendedero. Los fatigados pasos de ella contrastan con el trotecillo ágil del chucho que va y viene de la terraza a los pies de la mujer. Fuera, el sol hace brillar el pelo cobrizo del animal que ahora, tumbado sobre las rojas baldosas, observa atento como ella va colocando pinzas.
—Los calcetines se cuelgan por la puntera, así, ¿lo ves?, para que la pinza no estropee las gomas. Las camisas por abajo, jamás por el cuello...
Minutos mas tarde suena el timbre del horno y el can se yergue de un brinco. Entra disparado en la cocina, mira dos segundos el cristal y vuelve hacia el tendedero ladrando nuevamente.
—Vale, vale…, ya lo he oído. Ahora voy, no seas pesado.
—Ya, ya lo sé, ya sé que ha parado —ella, en la cocina, termina de lavar las patatas y seca las manos en el delantal—, tranquilo, ahora mismo la tendemos.
Controla cada movimiento de su ama y la precede camino al tendedero. Los fatigados pasos de ella contrastan con el trotecillo ágil del chucho que va y viene de la terraza a los pies de la mujer. Fuera, el sol hace brillar el pelo cobrizo del animal que ahora, tumbado sobre las rojas baldosas, observa atento como ella va colocando pinzas.
—Los calcetines se cuelgan por la puntera, así, ¿lo ves?, para que la pinza no estropee las gomas. Las camisas por abajo, jamás por el cuello...
Minutos mas tarde suena el timbre del horno y el can se yergue de un brinco. Entra disparado en la cocina, mira dos segundos el cristal y vuelve hacia el tendedero ladrando nuevamente.
—Vale, vale…, ya lo he oído. Ahora voy, no seas pesado.
domingo 28 de septiembre de 2008
Calles sin calle
Fui delincuente porque crecí en un mundo sin calles. Las viviendas se desperdigaban a los pies de la ladera sin sol de una montaña silenciosa. Mi casa tenía enfrente un camino de tierra y piedras marrones, agrietado en verano y fangoso en invierno. Callejeábamos sin tener calle, cubriendo nuestra inocencia con los churretes que la suciedad y el sudor iban tornando en incipiente criminalidad. A los diez años, todas mis posesiones cabían en mis bolsillos: en el derecho, tres canicas de acero, cuatro de cristal y cinco de barro cocido; en el izquierdo una peonza y tres chapas plateadas; y en el de atrás, el tesoro mas preciado: mi tirachinas. Me lo construyó mi hermano Luis cuando cumplí los siete años. El mango, brillante, suave, barnizado por el uso de hacer diana en mil ramas, latas abolladas y guerras pandilleras. La munición, siempre a mano, inagotable, alfombrando agresiva todo el campo de batalla. Fue en una de aquellas contiendas donde mi ensayada puntería destripó el ojo izquierdo del “Chato”.
Durante los siguientes cinco años volví a vivir entre las calles sin calle de tres correccionales sin piedras, donde aprendí que por los suelos llanos era mejor caminar arrastrando los dos pies.
Durante los siguientes cinco años volví a vivir entre las calles sin calle de tres correccionales sin piedras, donde aprendí que por los suelos llanos era mejor caminar arrastrando los dos pies.
domingo 2 de septiembre de 2007
Carta a los Reyes Magos
Queridos Reyes Magos de Oriente: Este año mis padres me dicen que sea yo quien os escriba para pediros los regalos de toda la familia, porque dice mamá que así se ahorra papel y todo eso.
Yo sólo quiero dos cosas: un traje de Superman y un balón de reglamento.
Mi hermana Silvia sigue queriendo un novio guapo y un cheque-sin-fondo (creo que dijo así), para comprarse ropa en una tienda que se llama Zara. Como tiene el armario lleno, yo le dije que pidiera otra cosa, pero ella me contestó que yo no entiendo y que vosotros ya sabéis que ella no-tiene-nada-que-ponerse. Eso dijo.
Mamá sólo quiere que Silvia ordene sus trapos (mamá siempre llama “trapos” a la ropa de Silvia), y que papá la lleve más veces a cenar y a bailar. Ya le dije yo que vosotros sólo traéis regalos de los que se envuelven con un lazo, pero ella dijo que no quería más batidoras ni más cacharros para la cocina.
Papá sólo quiere un coche grande, grande, con las ruedas muy gordas y que gaste como un mechero. Esto del mechero no lo entiendo muy bien, porque papá ya no fuma, pero supongo que vosotros como sois magos lo entendéis.
La abuela Leonor es la que no quiere nada de nada. Dice que ya es muy vieja y que a los viejos ya no les gustan los regalos. Yo creo que es por lo que pasó el año pasado con el teléfono móvil que le trajisteis en casa de tía Laura, la hermana de mamá.
Creo que a la abuela no le gustó mucho aquel regalo, porque cuando lo vio no puso las manos en la cara y dijo. ¡Oh que bonito, mil gracias! (ella siempre dice mil gracias cuando le gusta mucho algo). Puso la misma cara que pone cuando la vecina del segundo le dice que está echa una jovencita y ella le dice gracias como de mentira, porque ya está arrugada. Aquel día todos querían explicarle como funcionaba. Todos a la vez. Y ella no entendía nada. Y mamá se lo volvía a explicar cada vez más alto. Y entonces tía Laura dijo que así no lo iba a entender, que lo mejor era empezar sólo con la agenda, y que se olvidara de la lucecita azul de las llamadas perdidas y que sólo pulsara la tecla verde para llamar y la roja para colgar. Pero la abuela seguía poniendo cara de no entender. Entonces papá cogió el móvil y dijo que mi tía no hacía más que liar a la abuela con las luces, y que lo que había que hacer era arreglarlo para que la abuela sólo tocara el uno y el dos, porque eso lo había hecho él con mi otra abuela (su madre) porque ellas eran muy tarugas y no entendían palabras como activar ó desactivar. Entonces tía Laura dijo que taruga sería su madre de él y que no le consentía a papá, por muy cuñado que fuera, que a la abuela Leonor se le faltara al respeto. Entonces papá, muy enfadado, le dio el móvil a Silvia y dijo que estaba harto de tanta listilla estirada. Entonces mamá dijo que para listilla tu hermana (la de papá). Entonces la abuela, muy pálida, cogió el móvil y lo tiró por el balcón.
De todos modos, queridos Reyes, yo creo que a la abuela si le trajerais una toquilla y un collar de bolas como los que ella lleva al bingo, le iban a gustar mucho, porque esos regalos no tienen papeles de instrucciones.
Muchas gracias y un beso muy fuerte.
Firmado: Sergio.
Yo sólo quiero dos cosas: un traje de Superman y un balón de reglamento.
Mi hermana Silvia sigue queriendo un novio guapo y un cheque-sin-fondo (creo que dijo así), para comprarse ropa en una tienda que se llama Zara. Como tiene el armario lleno, yo le dije que pidiera otra cosa, pero ella me contestó que yo no entiendo y que vosotros ya sabéis que ella no-tiene-nada-que-ponerse. Eso dijo.
Mamá sólo quiere que Silvia ordene sus trapos (mamá siempre llama “trapos” a la ropa de Silvia), y que papá la lleve más veces a cenar y a bailar. Ya le dije yo que vosotros sólo traéis regalos de los que se envuelven con un lazo, pero ella dijo que no quería más batidoras ni más cacharros para la cocina.
Papá sólo quiere un coche grande, grande, con las ruedas muy gordas y que gaste como un mechero. Esto del mechero no lo entiendo muy bien, porque papá ya no fuma, pero supongo que vosotros como sois magos lo entendéis.
La abuela Leonor es la que no quiere nada de nada. Dice que ya es muy vieja y que a los viejos ya no les gustan los regalos. Yo creo que es por lo que pasó el año pasado con el teléfono móvil que le trajisteis en casa de tía Laura, la hermana de mamá.
Creo que a la abuela no le gustó mucho aquel regalo, porque cuando lo vio no puso las manos en la cara y dijo. ¡Oh que bonito, mil gracias! (ella siempre dice mil gracias cuando le gusta mucho algo). Puso la misma cara que pone cuando la vecina del segundo le dice que está echa una jovencita y ella le dice gracias como de mentira, porque ya está arrugada. Aquel día todos querían explicarle como funcionaba. Todos a la vez. Y ella no entendía nada. Y mamá se lo volvía a explicar cada vez más alto. Y entonces tía Laura dijo que así no lo iba a entender, que lo mejor era empezar sólo con la agenda, y que se olvidara de la lucecita azul de las llamadas perdidas y que sólo pulsara la tecla verde para llamar y la roja para colgar. Pero la abuela seguía poniendo cara de no entender. Entonces papá cogió el móvil y dijo que mi tía no hacía más que liar a la abuela con las luces, y que lo que había que hacer era arreglarlo para que la abuela sólo tocara el uno y el dos, porque eso lo había hecho él con mi otra abuela (su madre) porque ellas eran muy tarugas y no entendían palabras como activar ó desactivar. Entonces tía Laura dijo que taruga sería su madre de él y que no le consentía a papá, por muy cuñado que fuera, que a la abuela Leonor se le faltara al respeto. Entonces papá, muy enfadado, le dio el móvil a Silvia y dijo que estaba harto de tanta listilla estirada. Entonces mamá dijo que para listilla tu hermana (la de papá). Entonces la abuela, muy pálida, cogió el móvil y lo tiró por el balcón.
De todos modos, queridos Reyes, yo creo que a la abuela si le trajerais una toquilla y un collar de bolas como los que ella lleva al bingo, le iban a gustar mucho, porque esos regalos no tienen papeles de instrucciones.
Muchas gracias y un beso muy fuerte.
Firmado: Sergio.
Ocaso
No eres alguien que merezca mi pena. No eres quien yo creía. No me has defraudado tú, sino mi forma equivocada de elevarte a las alturas. Ya no te admiro. Tampoco te quiero, porque me es difícil amar a quien no es capaz de mantenerme vivo el intelecto. No eres mas que un infeliz palurdo que se creyó el ombligo del mundo cuando notó que alguien de mi categoría posaba los ojos en tu minúscula persona. No has sabido mantenerte en la cima, pobre idiota. El vértigo de tu insolencia y las trampas infantiles, te han despeñado montaña abajo, y ahora estas en la base, cubierto por el barro que se te fue pegando mientras caías.
Estreñimiento
—Cogeré unos frutos de esos a ver si logro atajar este estreñimiento tan grande que tengo —me largó señalando una montaña de kiwis— Llevo más de veinte días sin ir al retrete.
—Ah —respondí perpleja.
Mi coche aguardaba en doble fila y mis niños en el portón del colegio cuando la sexagenaria desconocida me abordó en el supermercado.
—Estoy fatal —continuó mientras desplegaba la bolsita para la fruta.
—Pues eso es mucho tiempo, debería ir al médico —le respondí escapándome hacia la otra punta del stand.
—Sí, sí, si ya fui al médico. Me dio de todo, pero nada, sigo igual —continuó tras de mi con su plástico vacío.
—Pues eso es peligroso —le dije sin mirarla mientras pesaba unas ciruelas.
—Sí, sí, ¿no ve? Mire, mire como tengo la cara de hinchada —dijo manoseándose el rostro azulado de ojeras.
—Ya, ya veo, ya. No me extraña —respondí concentrándome en palpar un melón.
—Pues sí, hija, sí. Estoy fatal, fatal. Voy a ver si cojo un poco de esa fruta que me dijo mi prima Luisa que era muy buena para esto mío —pero seguía con la bolsa vacía detrás de mi, incansable, como una mosca de playa.
—Pues no sé yo, señora…, no creo que el kiwi logre solucionarle ese problemón. Debería usted volver al médico, o ir a otro. Le va a dar algo —o a mí si no se calla, pensé— ¿a ver si va a tener una obstrucción intestinal?
—No, no, que va, el médico me dijo que no me pasaba nada —contestó entonces en tono alegre, como si de repente ya hubiera defecado lo de todo el mes.
—Pues no sé, señora, pero eso no es normal, oiga. Veinte días sin evacuar es un barbaridad —seguí alejándome a paso largo hacia las cajas de salida.
—No, si yo siempre fui muy estreñida. De toda la vida. Pero claro tantos días sin hacer, como ahora, sólo me pasó una vez, cuando aún vivía mi Antonio y…
—Ya, ya, pues vaya —le corté dándole la espalda en la cola de la caja. Y ella tras de mi, dale que dale, balanceando como un globo su bolsa de plástico.
—Ya le digo, fatal, estoy fatal, pero aquella vez, él me llevó a ...
—Ya, ya, pero ale, mujer, vaya a coger los kiwis, que fijo que la ayudan —¡socorro!, que alguien me la quite de encima, ¡por favor!— grite para mis adentros.
Por fin, como si algún ser poderoso hubiera oído mi súplica, otra señora de su edad se acercó a saludarla y se le enganchó como a un flotador en alta mar.
—Ah —respondí perpleja.
Mi coche aguardaba en doble fila y mis niños en el portón del colegio cuando la sexagenaria desconocida me abordó en el supermercado.
—Estoy fatal —continuó mientras desplegaba la bolsita para la fruta.
—Pues eso es mucho tiempo, debería ir al médico —le respondí escapándome hacia la otra punta del stand.
—Sí, sí, si ya fui al médico. Me dio de todo, pero nada, sigo igual —continuó tras de mi con su plástico vacío.
—Pues eso es peligroso —le dije sin mirarla mientras pesaba unas ciruelas.
—Sí, sí, ¿no ve? Mire, mire como tengo la cara de hinchada —dijo manoseándose el rostro azulado de ojeras.
—Ya, ya veo, ya. No me extraña —respondí concentrándome en palpar un melón.
—Pues sí, hija, sí. Estoy fatal, fatal. Voy a ver si cojo un poco de esa fruta que me dijo mi prima Luisa que era muy buena para esto mío —pero seguía con la bolsa vacía detrás de mi, incansable, como una mosca de playa.
—Pues no sé yo, señora…, no creo que el kiwi logre solucionarle ese problemón. Debería usted volver al médico, o ir a otro. Le va a dar algo —o a mí si no se calla, pensé— ¿a ver si va a tener una obstrucción intestinal?
—No, no, que va, el médico me dijo que no me pasaba nada —contestó entonces en tono alegre, como si de repente ya hubiera defecado lo de todo el mes.
—Pues no sé, señora, pero eso no es normal, oiga. Veinte días sin evacuar es un barbaridad —seguí alejándome a paso largo hacia las cajas de salida.
—No, si yo siempre fui muy estreñida. De toda la vida. Pero claro tantos días sin hacer, como ahora, sólo me pasó una vez, cuando aún vivía mi Antonio y…
—Ya, ya, pues vaya —le corté dándole la espalda en la cola de la caja. Y ella tras de mi, dale que dale, balanceando como un globo su bolsa de plástico.
—Ya le digo, fatal, estoy fatal, pero aquella vez, él me llevó a ...
—Ya, ya, pero ale, mujer, vaya a coger los kiwis, que fijo que la ayudan —¡socorro!, que alguien me la quite de encima, ¡por favor!— grite para mis adentros.
Por fin, como si algún ser poderoso hubiera oído mi súplica, otra señora de su edad se acercó a saludarla y se le enganchó como a un flotador en alta mar.
Amnesia selectiva
A ella no podía pasarle. A ella no. Eso ocurría en el cine, en los culebrones de la tele, no a las personas de la vida real. “Tiene que venir a reconocer el cadáver de su marido”. Así, con esas mismas palabras se lo pidieron dos policías tras comunicarle la muerte de Juan. Lo habían encontrado boca abajo en la piscina de un hotel de Segovia, desnudo y solo, donde la frialdad de su amante le había dejado con el corazón roto y las ganas de vivir agotadas. Se había suicidado por el desamor de otro amor que no era el suyo. Eso decía la nota que encontraron en su cuarto del hotel. Había huido de la vida y de ella, dejándole rota el alma y aturdida la razón.
¿Cómo se reconoce el cadáver de un ser querido?, ¿acaso lo había visto antes? No, nunca había visto la cara de su marido con ese disfraz. Se reconoce lo que antes ya se ha visto, no lo que es nuevo. Qué ironía… nuevo, un cadáver nuevo… Aquella manera de razonar no era coherente. Sintió mucho antes el desconcierto que el dolor, por eso no lloró. Sentía la boca seca y no podía tragar saliva. Sentía la cabeza hueca. Sentía las manos frías.
Sentía que no sentía.
Y estaba sola. No tenían hijos y su familia vivía lejos de Madrid. Debía ser ella quien reconociera el cadáver de Juan.
La llevaron en volandas desde su casa al coche policial y de éste al tanatorio, como si fuera un ser de cartón, con los ojos secos y la mirada en el vacío. Hasta que lo vio allí, sobre un lecho de mármol, cubierto por una sábana azul. Un cuerpo con la estructura ósea de su marido, con sus manos, las mismas manos que la habían acariciado mil veces, las mismas que le habían sujetado fuertemente las caderas en las noches en que el deseo les encendía la piel. Era él, sí. Era él y en aquel momento le odió. Le odió para poder seguir viviendo. El odio rellenó su cerebro e hizo volver la humedad a su boca. Ya podía tragar saliva, ya podía gritar, ya podía maldecir su nombre.
Volvió a su casa y rasgó sus trajes, acuchilló zapatos, camisas y hasta su almohada. Luego buscó todas sus fotografías, las metió en la bañera y les prendió fuego hasta que no quedó imagen alguna de su huella en aquel hogar mancillado.
Pasó toda la noche excitada, con los ojos desorbitados de quien vive instalado en la locura. Las llamas hacían brillar su piel sudorosa y las carcajadas histéricas se iban mezclando con la tos que el humo le provocaba. Hacia las seis de la madrugada, apagado ya el fuego del alma y de la bañera, arrastró su cuerpo hasta la cama donde tanto se habían amado y durmió con el deseo de borrar de su mente el rostro de Juan. Para siempre. Olvidar sus gestos y su voz, impedirle a su imagen protagonizar su recuerdo. Estaba convencida de que sólo así cesaría el dolor.
Despertó cuatro horas mas tarde con el pecho dolorido y los ojos inflamados. Intentó recordar alguna expresión de su marido. No pudo. De Juan ya sólo podía visualizar un cuerpo sin rostro, sólo una cabeza vacía. Ni un solo gesto, ni el color de sus ojos, ni el grosor de sus labios o la forma de su nariz. Nada era capaz encontrar en su memoria. Una amnesia selectiva había eliminado definitivamente el semblante de Juan de su cerebro.
Cuando pasó una semana la imagen aterradora de aquel ser sin cara comenzó a volverse obsesiva. La perseguía como un fantasma, como si necesitara estar completo para su descanso en el mas allá. Aquella laguna en su memoria la torturaba cada día y las noches en vela amenazaban peligrosamente su cordura. Fue entonces cuando se dio cuenta de que para calmar su dolor necesitaba posarlo en algún recuerdo donde el tiempo podría hacer su labor de mitigar las penas.
Revolvió la casa entera arrepentida de haber quemado todas las fotografías. Preguntó a familiares, amigos y compañeros de trabajo y ninguno le pudo dar imagen alguna donde reconocer el rostro de Juan. La mayoría eran instantáneas tomadas hacía mucho tiempo, donde aparecía de niño o adolescente, y por tanto, irreconocible para su ceguera. Fueron pasando las noches sin que la situación mejorase. Elvira entretenía las horas con ejercicios de concentración por ver si algún detalle lograba traspasar aquel muro sin fisuras en que se había convertido su memoria.
Una mañana, después de tres meses de agonía, sonó el teléfono. Una llamada de la tintorería le recordó que una prenda de caballero colgaba de sus perchas sin que nadie la reclamase. Era una americana de Juan que se le había olvidado recoger. Cuando fue a buscarla la empleada le entregó, junto a la factura, dos pequeñas fotografías que habían encontrado en uno de los bolsillos. Estaban tomadas con una cámara de fotomatón y en ellas aparecían dos hombres en actitud cariñosa: abrazados y sonriendo en la primera y besándose apasionadamente en la segunda.
Estaba segura de no haberlos visto en su vida, pero supo cual de los dos era Juan porque el reloj que llevaba uno de ellos en su muñeca era el mismo que ella le había regalado en su último aniversario de boda. No sintió nada al verlo, salvo la sorpresa de saber que su rival no había sido otra mujer. Era la imagen de un desconocido, y por tanto sin el poder evocador que tiene mirar un rostro que ya se ha visto en movimiento, sin esa señal que es capaz de hacernos ver mucho más de lo que muestra una fotografía.
Recortó al otro hombre y mandó ampliar el resto de la imagen que colgó en su dormitorio.
Ha pasado más de un año y cada noche, al acostarse, y también al amanecer, observa la imagen de su marido para que el cuerpo sin rostro no le persiga el sueño. La paz y el sosiego han vuelto lentamente a su vida, y a lo largo de este tiempo casi ha llegado a olvidarse de que la mano que acaricia el rostro de Juan, no es la suya.
¿Cómo se reconoce el cadáver de un ser querido?, ¿acaso lo había visto antes? No, nunca había visto la cara de su marido con ese disfraz. Se reconoce lo que antes ya se ha visto, no lo que es nuevo. Qué ironía… nuevo, un cadáver nuevo… Aquella manera de razonar no era coherente. Sintió mucho antes el desconcierto que el dolor, por eso no lloró. Sentía la boca seca y no podía tragar saliva. Sentía la cabeza hueca. Sentía las manos frías.
Sentía que no sentía.
Y estaba sola. No tenían hijos y su familia vivía lejos de Madrid. Debía ser ella quien reconociera el cadáver de Juan.
La llevaron en volandas desde su casa al coche policial y de éste al tanatorio, como si fuera un ser de cartón, con los ojos secos y la mirada en el vacío. Hasta que lo vio allí, sobre un lecho de mármol, cubierto por una sábana azul. Un cuerpo con la estructura ósea de su marido, con sus manos, las mismas manos que la habían acariciado mil veces, las mismas que le habían sujetado fuertemente las caderas en las noches en que el deseo les encendía la piel. Era él, sí. Era él y en aquel momento le odió. Le odió para poder seguir viviendo. El odio rellenó su cerebro e hizo volver la humedad a su boca. Ya podía tragar saliva, ya podía gritar, ya podía maldecir su nombre.
Volvió a su casa y rasgó sus trajes, acuchilló zapatos, camisas y hasta su almohada. Luego buscó todas sus fotografías, las metió en la bañera y les prendió fuego hasta que no quedó imagen alguna de su huella en aquel hogar mancillado.
Pasó toda la noche excitada, con los ojos desorbitados de quien vive instalado en la locura. Las llamas hacían brillar su piel sudorosa y las carcajadas histéricas se iban mezclando con la tos que el humo le provocaba. Hacia las seis de la madrugada, apagado ya el fuego del alma y de la bañera, arrastró su cuerpo hasta la cama donde tanto se habían amado y durmió con el deseo de borrar de su mente el rostro de Juan. Para siempre. Olvidar sus gestos y su voz, impedirle a su imagen protagonizar su recuerdo. Estaba convencida de que sólo así cesaría el dolor.
Despertó cuatro horas mas tarde con el pecho dolorido y los ojos inflamados. Intentó recordar alguna expresión de su marido. No pudo. De Juan ya sólo podía visualizar un cuerpo sin rostro, sólo una cabeza vacía. Ni un solo gesto, ni el color de sus ojos, ni el grosor de sus labios o la forma de su nariz. Nada era capaz encontrar en su memoria. Una amnesia selectiva había eliminado definitivamente el semblante de Juan de su cerebro.
Cuando pasó una semana la imagen aterradora de aquel ser sin cara comenzó a volverse obsesiva. La perseguía como un fantasma, como si necesitara estar completo para su descanso en el mas allá. Aquella laguna en su memoria la torturaba cada día y las noches en vela amenazaban peligrosamente su cordura. Fue entonces cuando se dio cuenta de que para calmar su dolor necesitaba posarlo en algún recuerdo donde el tiempo podría hacer su labor de mitigar las penas.
Revolvió la casa entera arrepentida de haber quemado todas las fotografías. Preguntó a familiares, amigos y compañeros de trabajo y ninguno le pudo dar imagen alguna donde reconocer el rostro de Juan. La mayoría eran instantáneas tomadas hacía mucho tiempo, donde aparecía de niño o adolescente, y por tanto, irreconocible para su ceguera. Fueron pasando las noches sin que la situación mejorase. Elvira entretenía las horas con ejercicios de concentración por ver si algún detalle lograba traspasar aquel muro sin fisuras en que se había convertido su memoria.
Una mañana, después de tres meses de agonía, sonó el teléfono. Una llamada de la tintorería le recordó que una prenda de caballero colgaba de sus perchas sin que nadie la reclamase. Era una americana de Juan que se le había olvidado recoger. Cuando fue a buscarla la empleada le entregó, junto a la factura, dos pequeñas fotografías que habían encontrado en uno de los bolsillos. Estaban tomadas con una cámara de fotomatón y en ellas aparecían dos hombres en actitud cariñosa: abrazados y sonriendo en la primera y besándose apasionadamente en la segunda.
Estaba segura de no haberlos visto en su vida, pero supo cual de los dos era Juan porque el reloj que llevaba uno de ellos en su muñeca era el mismo que ella le había regalado en su último aniversario de boda. No sintió nada al verlo, salvo la sorpresa de saber que su rival no había sido otra mujer. Era la imagen de un desconocido, y por tanto sin el poder evocador que tiene mirar un rostro que ya se ha visto en movimiento, sin esa señal que es capaz de hacernos ver mucho más de lo que muestra una fotografía.
Recortó al otro hombre y mandó ampliar el resto de la imagen que colgó en su dormitorio.
Ha pasado más de un año y cada noche, al acostarse, y también al amanecer, observa la imagen de su marido para que el cuerpo sin rostro no le persiga el sueño. La paz y el sosiego han vuelto lentamente a su vida, y a lo largo de este tiempo casi ha llegado a olvidarse de que la mano que acaricia el rostro de Juan, no es la suya.
viernes 31 de agosto de 2007
Cama de matrimonio
Una mujer joven y hermosa se perfuma y cepilla el pelo en el cuarto de baño mientras habla consigo misma:
“Hoy no me voy a poner la empalagosa crema nutritiva. ¡A la porra la prevención de arrugas! El placer de verle sufrir lo merece”.
Al poco rato entra en el dormitorio vestida sólo con unas sensuales bragas de encaje blanco. Enciende la luz y un hombre adormilado se sobresalta dentro de la cama. El fogonazo le obliga a cerrar los ojos como si le hubieran salpicado las chispas de un soplete.
—¡Ho!, perdón, ¿te he despertado? —se disculpa ella en tono inocente mientras se contonea como una putilla.
—No importa —responde él empequeñeciendo los ojos para evitar el escozor.
La mujer revuelve los cajones inferiores del armario inclinando el torso sin doblar las piernas, quedando sus glúteos, altaneros y firmes, frente a la cara del hombre que la mira cerrando un ojo.
—¿Se te ha perdido algo?
—No, nada, es que no encuentro mi pijama azul.
Después de un rato de fingir la búsqueda saca un minúsculo camisón rojo con un escote por detrás que casi le llega a las nalgas. Se lo pone con movimientos pausados y, como una diosa altiva, da cuatro o cinco vueltas por el cuarto antes de meterse en la cama. Él, ya con los dos ojos abiertos, finge indiferencia mirando al techo.
Ella apaga la luz y vuelve a su monólogo interior :
“Míralo, que manera de hacerse el duro. ¡Pues va listo!, si cree que me voy a ablandar es que no me conoce ni un tris. Estoy de muerte con este camisón, tan sedoso, con sus tirantes finitos que se me escurren al menor roce. Sé que le vuelven loco”.
—Buenas noches Mario.
—Buenas noches Eva —responde él en un tono casi inaudible.
Dos minutos mas tarde, la chica enciende la lamparita de su mesilla.
—Perdona otra vez, pero es que mi despertador no anda bien, ¿puedo coger el tuyo?
—Si, si, claro.
Se inclina sobre la cara del joven alargando el brazo para sincronizar el despertador. Hurga los botones en una maniobra lenta que hace resbalar uno de los tirantes. Parte del pecho queda al descubierto y casi roza la nariz del hombre. Éste vuelve a mirar al techo y traga saliva mientras tapa con una mano su entrepierna. Con la otra se agarra a la sábana y aprieta las mandíbulas sin decir nada.
Ella vuelve a subir el tirante con gesto sensual, sacude la melena y apaga la luz. Se coloca boca abajo, separa la piernas y restriega la pelvis contra el colchón hasta acomodar su postura.
Una tanda de anuncios paraliza la escena. Son las doce de la noche y Paco lleva más de una hora viendo la televisión metido en la cama. Concha, plancha ropa en la cocina.
“Pero qué putón y qué retorcida que es la Eva. Qué manera de vengarse del infeliz Mario. A mí, ¡já!, a mí se me iba a poner a tiro una mujer así y no trincarla allí mismo. ¡Que dignidad ni qué niño quemao!”
—¡Conchaaaa, chatina, ¿vienes a la cama ya?
—Enseguida voy, Paco —responde su mujer desde la cocina.
“Dios…, con el sueño que tengo y ése aún despierto ¿Qué coño hará que no se duerme de una vez? Seguro que hoy quiere juerga. Precisamente hoy. ¡Hoy, que estas cervicales me tienen destrozá! Claro, como ahora está jubilao y holgazanea todo el día… Qué razón tenía mi madre cuando aquella vez le contaba a tía Marcela que había noches en que hubiera preferido limpiar toda la casa que ponerse a la faena sin ganas. ¡Si lo sabré yo! … Y todas… Pero claro, a ver quien es la chula que le dice a mi Paco que ya no me hace tilín. Pobrecillo…,es tan bueno… “
—¡Conchaaaaaa!, ¿pero que coño haces que no vienes ya a la cama?
—Ya voy, Paco, ya. Estoy acabando de planchar, no te preocupes hombre, tú duérmete que termino en un plis-plas.
“Pero,… esta mujer…, ¿no se ha puesto a planchar ahora? ¡Coño, pero si son las 12 de la noche!”
Concha se entretiene un rato más por la cocina, ordenando trapos y cacharros.
“¡Pesado es, madre!… En fin, me meteré en el purgatorio, a fin de cuentas no sé si es peor sentirlo manoseándome con disimulo o enfrentarme al toro ya mentalizá. Total…, sólo es un ratito de nada: me abro de patas, doy cuatro o cinco grititos y le dejo más contento que unas pascuas. Y además es bueno para la próstata, que sólo por eso ya merece la pena el sacrificio. No vaya a pasarle como al marido de mi prima Charo, que menudo problemón… Destrozaito está el pobre, porque de sexo ya…, na de na. Y para nunca jamás, porque le han quitao no se que cosa de dentro... Pobre. Pero no hay duda de que a ella le ha tocao la lotería. ¡Pero si hasta ha engordao y todo! Claro,¿cómo no iba a engordar, si ahora duerme a pata suelta?. Y es que su marido la tenía descentraita todas las noches, con su manía de despertarla en mitad del sueño, lo mismo a las dos que a las cuatro de la madrugada. ¡Por Dios santo! Por lo menos mi Paco tiene las ganas con horario fijo. Claro que el horario de mañana se las trae, porque anda que no me da rabia ni na sentirlo tascándoseme al culo cuando estoy en el mejor sueño. ¡Dios…, que coraje! Claro que debe ser genético, porque recuerdo yo cuando justo una semana antes de casarnos mi suegra me dejó caer el comentario, así, como quien no quiere la cosa: “… pues sí hija, sí, que a los hombres hay que complacerlos, que si no luego se buscan el placer fuera de casa y luego vienen los líos, porque ya se sabe…, que siempre tienen ganas, incluso los hay que se les antoja el meneito na mas despertar…” Pobrecilla. Seguro que ella también tenía a un mañanero en la cama. Claro que viendo a mi pobre suegro, tan cascaito…, no lo imagino con los cuatro pelillos alborotaos, coloradito y pidiéndole guerra el cuerpo a esas horas.
—¡Conchaaaaaa!, mujer… ¿Vienes o no?
—Ya voy, Paco, ya voy…“¡Dios mío, qué trabajo!”
“Hoy no me voy a poner la empalagosa crema nutritiva. ¡A la porra la prevención de arrugas! El placer de verle sufrir lo merece”.
Al poco rato entra en el dormitorio vestida sólo con unas sensuales bragas de encaje blanco. Enciende la luz y un hombre adormilado se sobresalta dentro de la cama. El fogonazo le obliga a cerrar los ojos como si le hubieran salpicado las chispas de un soplete.
—¡Ho!, perdón, ¿te he despertado? —se disculpa ella en tono inocente mientras se contonea como una putilla.
—No importa —responde él empequeñeciendo los ojos para evitar el escozor.
La mujer revuelve los cajones inferiores del armario inclinando el torso sin doblar las piernas, quedando sus glúteos, altaneros y firmes, frente a la cara del hombre que la mira cerrando un ojo.
—¿Se te ha perdido algo?
—No, nada, es que no encuentro mi pijama azul.
Después de un rato de fingir la búsqueda saca un minúsculo camisón rojo con un escote por detrás que casi le llega a las nalgas. Se lo pone con movimientos pausados y, como una diosa altiva, da cuatro o cinco vueltas por el cuarto antes de meterse en la cama. Él, ya con los dos ojos abiertos, finge indiferencia mirando al techo.
Ella apaga la luz y vuelve a su monólogo interior :
“Míralo, que manera de hacerse el duro. ¡Pues va listo!, si cree que me voy a ablandar es que no me conoce ni un tris. Estoy de muerte con este camisón, tan sedoso, con sus tirantes finitos que se me escurren al menor roce. Sé que le vuelven loco”.
—Buenas noches Mario.
—Buenas noches Eva —responde él en un tono casi inaudible.
Dos minutos mas tarde, la chica enciende la lamparita de su mesilla.
—Perdona otra vez, pero es que mi despertador no anda bien, ¿puedo coger el tuyo?
—Si, si, claro.
Se inclina sobre la cara del joven alargando el brazo para sincronizar el despertador. Hurga los botones en una maniobra lenta que hace resbalar uno de los tirantes. Parte del pecho queda al descubierto y casi roza la nariz del hombre. Éste vuelve a mirar al techo y traga saliva mientras tapa con una mano su entrepierna. Con la otra se agarra a la sábana y aprieta las mandíbulas sin decir nada.
Ella vuelve a subir el tirante con gesto sensual, sacude la melena y apaga la luz. Se coloca boca abajo, separa la piernas y restriega la pelvis contra el colchón hasta acomodar su postura.
Una tanda de anuncios paraliza la escena. Son las doce de la noche y Paco lleva más de una hora viendo la televisión metido en la cama. Concha, plancha ropa en la cocina.
“Pero qué putón y qué retorcida que es la Eva. Qué manera de vengarse del infeliz Mario. A mí, ¡já!, a mí se me iba a poner a tiro una mujer así y no trincarla allí mismo. ¡Que dignidad ni qué niño quemao!”
—¡Conchaaaa, chatina, ¿vienes a la cama ya?
—Enseguida voy, Paco —responde su mujer desde la cocina.
“Dios…, con el sueño que tengo y ése aún despierto ¿Qué coño hará que no se duerme de una vez? Seguro que hoy quiere juerga. Precisamente hoy. ¡Hoy, que estas cervicales me tienen destrozá! Claro, como ahora está jubilao y holgazanea todo el día… Qué razón tenía mi madre cuando aquella vez le contaba a tía Marcela que había noches en que hubiera preferido limpiar toda la casa que ponerse a la faena sin ganas. ¡Si lo sabré yo! … Y todas… Pero claro, a ver quien es la chula que le dice a mi Paco que ya no me hace tilín. Pobrecillo…,es tan bueno… “
—¡Conchaaaaaa!, ¿pero que coño haces que no vienes ya a la cama?
—Ya voy, Paco, ya. Estoy acabando de planchar, no te preocupes hombre, tú duérmete que termino en un plis-plas.
“Pero,… esta mujer…, ¿no se ha puesto a planchar ahora? ¡Coño, pero si son las 12 de la noche!”
Concha se entretiene un rato más por la cocina, ordenando trapos y cacharros.
“¡Pesado es, madre!… En fin, me meteré en el purgatorio, a fin de cuentas no sé si es peor sentirlo manoseándome con disimulo o enfrentarme al toro ya mentalizá. Total…, sólo es un ratito de nada: me abro de patas, doy cuatro o cinco grititos y le dejo más contento que unas pascuas. Y además es bueno para la próstata, que sólo por eso ya merece la pena el sacrificio. No vaya a pasarle como al marido de mi prima Charo, que menudo problemón… Destrozaito está el pobre, porque de sexo ya…, na de na. Y para nunca jamás, porque le han quitao no se que cosa de dentro... Pobre. Pero no hay duda de que a ella le ha tocao la lotería. ¡Pero si hasta ha engordao y todo! Claro,¿cómo no iba a engordar, si ahora duerme a pata suelta?. Y es que su marido la tenía descentraita todas las noches, con su manía de despertarla en mitad del sueño, lo mismo a las dos que a las cuatro de la madrugada. ¡Por Dios santo! Por lo menos mi Paco tiene las ganas con horario fijo. Claro que el horario de mañana se las trae, porque anda que no me da rabia ni na sentirlo tascándoseme al culo cuando estoy en el mejor sueño. ¡Dios…, que coraje! Claro que debe ser genético, porque recuerdo yo cuando justo una semana antes de casarnos mi suegra me dejó caer el comentario, así, como quien no quiere la cosa: “… pues sí hija, sí, que a los hombres hay que complacerlos, que si no luego se buscan el placer fuera de casa y luego vienen los líos, porque ya se sabe…, que siempre tienen ganas, incluso los hay que se les antoja el meneito na mas despertar…” Pobrecilla. Seguro que ella también tenía a un mañanero en la cama. Claro que viendo a mi pobre suegro, tan cascaito…, no lo imagino con los cuatro pelillos alborotaos, coloradito y pidiéndole guerra el cuerpo a esas horas.
—¡Conchaaaaaa!, mujer… ¿Vienes o no?
—Ya voy, Paco, ya voy…“¡Dios mío, qué trabajo!”
Yo y yo misma
—Venga, no seas vaga, tienes que describir ese lugar.
—¡Déjame en paz!, ahora no me apetece.
—Todo es ponerse, mujer. A ver: lugar donde pasas el mayor tiempo del día. Piensa, piensa…, ¿dónde crees que lo pasas?
—No seas pesada, yo que sé, nunca lo cronometro. Siempre estoy saltando de un lugar a otro. Tendría que ir sumando minutos de aquí y de allá y ver donde acumulo más horas. No sé… Supongo que ese lugar es la cama.
—Pues habla de tu cuarto.
—No. Eso me aburre. Preferiría hablar de mi almohada.
—Pero la almohada no es un lugar, sólo es un objeto.
—Bueno, da igual, para mí es un lugar.
—Vale, pues si es un lugar descríbelo a ver que te sale.
—¡Déjame en paz!, ya te dije que estoy cansada.
—¿Lo ves? ya estás dándote disculpas.
—No me apetece escribir de nada, ¿me oyes?, ¡de na-da!
—Ya. Lo que te pasa es que vives encorsetada, agarrotada. Por eso no tienes voz narrativa. Sólo eres un papagayo que repite palabras pomposas, rocambolescas y artificiales. Frases o ideas que has escuchado a otros. Por eso estas afónica. Tanto tiempo hablándole a tus adentros te han dejado muda. ¡Escribe, coño, escribe de una vez!
—Mi almohada es…, es…
—Sigue. ¿¡Es qué!?
—Es baja, blandita…
—Sigue. No te pares ahora.
—Está hecha de espuma, de trocitos multicolores, deformable, para que se doblegue cuando la abrazo. Me muevo a un lado y a otro y la llevo conmigo, volteándonos al compás. ¿Te acuerdas?, fue ella quien me enseño a hacer punto de cruz?
—Sí, ya lo sé.
—Cruzaba hilos en el aire y…
—Sigue. ¿por qué te paras ahora?
—¿Lo ves?, ya no puedo seguir. Cuando intento atrapar una idea se me va la inspiración y me bloqueo, dejo de ser yo y quiero ser otra. Otra con una voz más florida, más culta, y al final todo me parece simplón, sin gracia, y entonces dejo de escribir.
—Pues sé tu misma, vuélcalo según te viene a la cabeza, sin pararte. Venga, sigue contando lo del punto de cruz.
—La festividad del Día de la Madre estaba próxima, yo tenía nueve años y en el colegio me había pasado cuatro tardes enhebrando hilos verdes y rojos en un intento vano de bordarle a mamá un mantel como regalo. Y no me salía. El gran momento se acercaba y mi labor seguía intacta. Hasta que una madrugada, despierta y con los ojos cerrados, comencé a dar puntadas en el aire, cruzando hilos con la mente. Haciendo y deshaciendo sin tijeras ni dedal. A las tres de la madrugada me levanté, cogí el trapo que descansaba sobre la mesilla y, bajo el coco de luz de mi lamparita de payaso, bordé cuatro cuadros con ocho pasadas de aguja: perfectos, impecables. Al día siguiente ya no pude parar y terminé el mantel en dos tardes y tres noches de insomnio voluntario. Aún recuerdo los ojos de mi madre, tambaleantes, intentando sujetar dos lagrimones dentro de los párpados. Todavía lo conserva, protegido por un papel amarillento que hace años era blanco.
—Bueno…, en fin…, has logrado teclear algo. Es un churro, pero algo es algo, ¿no?
—Claro, otra mierda más, pero como no paras de comerme la cabeza…Y lo peor es que se me fue el tiempo y al final no describí el lugar que me proponía. Otro día de fracaso.
—No es cierto. Lo has intentando. Y los intentos son avances.
—Bah, claro, lo que tu digas. Ahora déjame, hoy ya no voy a escribir más. Estoy cansada. Muy cansada.
—¿Seguro que es cansancio?
—¡Que me dejes en paz, coño!
—¡Déjame en paz!, ahora no me apetece.
—Todo es ponerse, mujer. A ver: lugar donde pasas el mayor tiempo del día. Piensa, piensa…, ¿dónde crees que lo pasas?
—No seas pesada, yo que sé, nunca lo cronometro. Siempre estoy saltando de un lugar a otro. Tendría que ir sumando minutos de aquí y de allá y ver donde acumulo más horas. No sé… Supongo que ese lugar es la cama.
—Pues habla de tu cuarto.
—No. Eso me aburre. Preferiría hablar de mi almohada.
—Pero la almohada no es un lugar, sólo es un objeto.
—Bueno, da igual, para mí es un lugar.
—Vale, pues si es un lugar descríbelo a ver que te sale.
—¡Déjame en paz!, ya te dije que estoy cansada.
—¿Lo ves? ya estás dándote disculpas.
—No me apetece escribir de nada, ¿me oyes?, ¡de na-da!
—Ya. Lo que te pasa es que vives encorsetada, agarrotada. Por eso no tienes voz narrativa. Sólo eres un papagayo que repite palabras pomposas, rocambolescas y artificiales. Frases o ideas que has escuchado a otros. Por eso estas afónica. Tanto tiempo hablándole a tus adentros te han dejado muda. ¡Escribe, coño, escribe de una vez!
—Mi almohada es…, es…
—Sigue. ¿¡Es qué!?
—Es baja, blandita…
—Sigue. No te pares ahora.
—Está hecha de espuma, de trocitos multicolores, deformable, para que se doblegue cuando la abrazo. Me muevo a un lado y a otro y la llevo conmigo, volteándonos al compás. ¿Te acuerdas?, fue ella quien me enseño a hacer punto de cruz?
—Sí, ya lo sé.
—Cruzaba hilos en el aire y…
—Sigue. ¿por qué te paras ahora?
—¿Lo ves?, ya no puedo seguir. Cuando intento atrapar una idea se me va la inspiración y me bloqueo, dejo de ser yo y quiero ser otra. Otra con una voz más florida, más culta, y al final todo me parece simplón, sin gracia, y entonces dejo de escribir.
—Pues sé tu misma, vuélcalo según te viene a la cabeza, sin pararte. Venga, sigue contando lo del punto de cruz.
—La festividad del Día de la Madre estaba próxima, yo tenía nueve años y en el colegio me había pasado cuatro tardes enhebrando hilos verdes y rojos en un intento vano de bordarle a mamá un mantel como regalo. Y no me salía. El gran momento se acercaba y mi labor seguía intacta. Hasta que una madrugada, despierta y con los ojos cerrados, comencé a dar puntadas en el aire, cruzando hilos con la mente. Haciendo y deshaciendo sin tijeras ni dedal. A las tres de la madrugada me levanté, cogí el trapo que descansaba sobre la mesilla y, bajo el coco de luz de mi lamparita de payaso, bordé cuatro cuadros con ocho pasadas de aguja: perfectos, impecables. Al día siguiente ya no pude parar y terminé el mantel en dos tardes y tres noches de insomnio voluntario. Aún recuerdo los ojos de mi madre, tambaleantes, intentando sujetar dos lagrimones dentro de los párpados. Todavía lo conserva, protegido por un papel amarillento que hace años era blanco.
—Bueno…, en fin…, has logrado teclear algo. Es un churro, pero algo es algo, ¿no?
—Claro, otra mierda más, pero como no paras de comerme la cabeza…Y lo peor es que se me fue el tiempo y al final no describí el lugar que me proponía. Otro día de fracaso.
—No es cierto. Lo has intentando. Y los intentos son avances.
—Bah, claro, lo que tu digas. Ahora déjame, hoy ya no voy a escribir más. Estoy cansada. Muy cansada.
—¿Seguro que es cansancio?
—¡Que me dejes en paz, coño!
3006 después de Cristo
Pues sí, Pepi, lo que yo te digo, que esta ciudad está hecha una mierda. Hoy me encontré un abuelo en la basura, al lado del contenedor. Seguramente que no cabía dentro y lo dejaron al lado para que los basureros lo recogieran. La verdad es que no sé cómo la gente deja los trastos grandes en los contenedores de la basura menuda. Para eso están los servicios de recogida especiales, pero claro, la gente es tan comodona… Porque vamos a ver, ¿qué cuesta informarse del día y la hora en que toca recoger por nuestro barrio? Nada. Una simple llamada y ya está. Pero no, aquí cada uno va a lo suyo sin darse cuenta de que esas basuras estorban a los viandantes y sobre todo ensucian y afean la ciudad. Eso sin contar con el mal olor que pueden llegar a desprender algunos. Porque claro, cuando deciden deshacerse de ese tipo de trastos, dejan de cuidarlos. Y eso lo entiendo, ¿para qué gastar tiempo si total ya no sirven para nada? Normal. Pero sigo pensando que no cuesta tanto sacarlos a la basura cuando toque en cada barrio, en su día y a su hora. Seamos civilizados, leñe, que a nadie nos gusta tropezarse con la basura del vecino cuando salimos a la calle.
Pero hay gente para todo, porque a la media hora miré por la ventana y vi como un indigente se llevaba al viejo. Y es que es lo que yo digo, esa gente debe tener la casa echa una mierda. Se llevan cualquier trasto a su hogar. Porque vamos a ver, si no tienen dinero, ¿por qué caramba meten otra boca en casa? Pero claro, la culpa no es de ellos, si no los educaron bien, ni les enseñaron jamás a controlar sus emociones… Así les luce, que van por la vida asilvestrados, encariñándose con cualquiera al que ven haciendo pucheros. Y es que es lo que yo digo, caramba, que no se puede estar viviendo como en la prehistoria.
Pero hay gente para todo, porque a la media hora miré por la ventana y vi como un indigente se llevaba al viejo. Y es que es lo que yo digo, esa gente debe tener la casa echa una mierda. Se llevan cualquier trasto a su hogar. Porque vamos a ver, si no tienen dinero, ¿por qué caramba meten otra boca en casa? Pero claro, la culpa no es de ellos, si no los educaron bien, ni les enseñaron jamás a controlar sus emociones… Así les luce, que van por la vida asilvestrados, encariñándose con cualquiera al que ven haciendo pucheros. Y es que es lo que yo digo, caramba, que no se puede estar viviendo como en la prehistoria.
Sin ella, sin A
Estoy despierto y un sol inútil, como un estorbo, envuelve mi cuerpo como un cobertor. Trece meses que merodeo en medio de este encierro. Trece meses que no me recibe el húmedo goce de su sexo. El sueño no me viene si no es por medio del fuego de esos licores inmundos con los que me enveneno en el sopor nocturno. Beber. Beber y dormir es lo único que puedo permitirme. No tengo deberes, no necesito dinero, por eso pierdo el tiempo quieto, muy quieto, y miro el cielo, siempre negro, sin temor. Como poco y bebo mucho porque siempre siento el pecho seco. Vivo sin deseos excepto el de dormir. Dormir, dormir, dormir... Mi cuerpo sólo conoce el hielo del suyo, un frío que rellenó mi mente de recuerdos inútiles.
Fue un bochornoso domingo del mes de julio. No quise detenerme, quise morir como los toros que lidié: embistiendo fiero, cubierto de sudor y con el gesto chulo de quien se siente poderoso. Solté el estoque y enfrenté los violentos pitones. Cerré los ojos y escuché un público enfebrecido, sus vítores unidos en un mismo coro. Y pensé en Esther, justo en el momento en que el bicho penetró mi pecho muerto. Pero no tuve suerte.
Noto sus ojos en mi frente, rencorosos. No puedo verlos, pero sé que Esther me sonríe sin reír y me miente sin pudor. No me quiere, lo sé, pero no me duele. Lo que me duele es seguir viviendo en este encierro de invidente inútil.
Fue un bochornoso domingo del mes de julio. No quise detenerme, quise morir como los toros que lidié: embistiendo fiero, cubierto de sudor y con el gesto chulo de quien se siente poderoso. Solté el estoque y enfrenté los violentos pitones. Cerré los ojos y escuché un público enfebrecido, sus vítores unidos en un mismo coro. Y pensé en Esther, justo en el momento en que el bicho penetró mi pecho muerto. Pero no tuve suerte.
Noto sus ojos en mi frente, rencorosos. No puedo verlos, pero sé que Esther me sonríe sin reír y me miente sin pudor. No me quiere, lo sé, pero no me duele. Lo que me duele es seguir viviendo en este encierro de invidente inútil.
Retratos
—Oye, cari, ¿quién es este señor de la foto?
—¿Qué foto?
—Ésta que está aquí, en el fondo del tercer cajón de tu escritorio.
—Ah, esa…, es mi abuelo, el padre de mi padre.
—Pues en veinte años que llevamos casados es la primera vez que lo veo. Es el que dieron por ahogado, ¿verdad?
—Sí, sí, eso es.
—Pobre abuela, ¿no?, quedarse así, viuda sin tener certeza de serlo.
—Pues sí. Venga, déjala donde estaba y vámonos.
—¿Qué te pasa, porqué estas tan nervioso, hombre?
—No estoy nervioso, es que es tarde.
—Qué casualidades tiene la vida, ¿verdad? Tu padre y tu abuelo, desaparecidos del mismo modo. ¡Que cosas! Pobrecilla, tu madre, aún está convencida de que la desaparición de los dos fue producto de una maldición familiar.
—Quien sabe…, a lo mejor es cierta y un día desaparezco yo también, así, de la noche a la mañana.
—¡Anda ya, hombre!, no me digas que crees en semejante bobada.
—Venga, deja ya de husmear en mis cajones.
—Espera, déjame leer lo que pone por detrás.
—¡Que lo dejes, leñe, vámonos de una vez!
— “David, hijo mío, recuerda: saca y escapa cuando notes que te secas. Brasil, 1960”. Qué dedicatoria mas rara ¿David era tu padre, ¿verdad?
—Sí, eso es. Venga, déjalo ya.
—¿Qué quiso decirle con esta frase?
—Yo que sé, el abuelo era un poco raro.
—Qué extraño…, la fecha de la foto…, 1960…, pero, ¿tu abuelo no desapareció en 1957?
—Eh…, pues no sé…, será un error del abuelo. ¡Venga, vámonos, deja ya de hurgar en mis cajones!
—Espera, llevémosle la foto a tu madre, seguro que le gustará verla.
—¡No, no, déjala ahí y no se te ocurra mencionarla!, ¿me oyes?!
—Vale, vale, no grites, no entiendo por qué te alteras de ese modo. Ahora la guardo.
—¡Venga, vámonos de una vez!
—Oye, Jorge, aquí hay otra foto, creo que es tu padre el que aparece en ella, fechada en 1980, ¿tampoco podemos enseñársela a tu madre?
—¡No, no y no, deja ya las malditas fotos!
—Vale, valeeeeeeee, ya las dejo. ¡Por Dios, que modales! Sólo una pregunta más: ¿de dónde es esta llave que guardas al lado de las fotos?
—
—¿Qué foto?
—Ésta que está aquí, en el fondo del tercer cajón de tu escritorio.
—Ah, esa…, es mi abuelo, el padre de mi padre.
—Pues en veinte años que llevamos casados es la primera vez que lo veo. Es el que dieron por ahogado, ¿verdad?
—Sí, sí, eso es.
—Pobre abuela, ¿no?, quedarse así, viuda sin tener certeza de serlo.
—Pues sí. Venga, déjala donde estaba y vámonos.
—¿Qué te pasa, porqué estas tan nervioso, hombre?
—No estoy nervioso, es que es tarde.
—Qué casualidades tiene la vida, ¿verdad? Tu padre y tu abuelo, desaparecidos del mismo modo. ¡Que cosas! Pobrecilla, tu madre, aún está convencida de que la desaparición de los dos fue producto de una maldición familiar.
—Quien sabe…, a lo mejor es cierta y un día desaparezco yo también, así, de la noche a la mañana.
—¡Anda ya, hombre!, no me digas que crees en semejante bobada.
—Venga, deja ya de husmear en mis cajones.
—Espera, déjame leer lo que pone por detrás.
—¡Que lo dejes, leñe, vámonos de una vez!
— “David, hijo mío, recuerda: saca y escapa cuando notes que te secas. Brasil, 1960”. Qué dedicatoria mas rara ¿David era tu padre, ¿verdad?
—Sí, eso es. Venga, déjalo ya.
—¿Qué quiso decirle con esta frase?
—Yo que sé, el abuelo era un poco raro.
—Qué extraño…, la fecha de la foto…, 1960…, pero, ¿tu abuelo no desapareció en 1957?
—Eh…, pues no sé…, será un error del abuelo. ¡Venga, vámonos, deja ya de hurgar en mis cajones!
—Espera, llevémosle la foto a tu madre, seguro que le gustará verla.
—¡No, no, déjala ahí y no se te ocurra mencionarla!, ¿me oyes?!
—Vale, vale, no grites, no entiendo por qué te alteras de ese modo. Ahora la guardo.
—¡Venga, vámonos de una vez!
—Oye, Jorge, aquí hay otra foto, creo que es tu padre el que aparece en ella, fechada en 1980, ¿tampoco podemos enseñársela a tu madre?
—¡No, no y no, deja ya las malditas fotos!
—Vale, valeeeeeeee, ya las dejo. ¡Por Dios, que modales! Sólo una pregunta más: ¿de dónde es esta llave que guardas al lado de las fotos?
—
Identidad
No sé por qué lo hice. No sé por qué metí su muñeca Barby dentro del retrete. Había que verla gritar. Como una histérica llamando a mamá. Lo mejor de todo fue cuando la sacaron chorreando, llena de orines y mierda. Y Laura vomitando, y a mamá dándole arcadas. Las dos muertas de asco, como dos locas. Y luego lo de siempre, mi padre dándome el sermón:
—¿Por qué haces esas cosas, Diego? ¿No te das cuenta que ya tienes doce años? Pobre Laurita. Tú, como hermano mayor, deberías cuidarla y no estar todo el día machacándola. ¿No te das cuenta?
Y bla, bla, bla… Castigado sin televisión una semana.
Bah, como si me importase mucho. Total…, todos los programas que dan son una mierda… Que se queden allí, las dos juntitas viendo la tele en el cuarto de mamá todas las noches. Mejor. Así no tengo que aguantar cada día el rollo de mi madre:
—Diegito, cielo, este programa es de chicas, ¿por qué no vas a ver el fútbol en la tele grande del salón, con papá?
Odio el fútbol, y él no para de darme el coñazo con ese deporte de mierda. A mi me gusta patinar. Pero él ni me escucha. Había que verle el otro día..., cómo se puso porque quise ver el patinaje artístico. Que si es de niñitas, que si eso son mariconadas… Qué sabrá él lo que es bueno.
Todo el día igual: que si mira que eres raro, que si mira a tu primo Jorge, que si bla, bla, bla…. Jorge. Otro gilipollas, el tontaina de Jorge. Con sus notas brillantes, con su deporte, sus amigos…, tan listo, tan perfecto, tan…. Tan pelota, tan imbécil. Seguro que copia todo en el colegio. Y luego va de bueno delante de sus padres. Había que verle ayer, cuando vino con mis tíos a casa para ver el fútbol con mi padre y el suyo. Allí, en medio de los dos. Los tres dando gritos porque metieron un gol. Abrazándose como idiotas.
Bueno, mejor. Mejor que se quedaran allí, mirando la pelota, así no me dieron la plasta con que si tengo que salir con Jorge…, que si por qué no quedo con amigos…, que si mira Jorge cuantos amigos tiene, que si tú estás todo el día metido en casa haciendo trastadas…
El otro día se empeñaron en que fuera con mi primo y su pandilla al cine. Fuimos a ver una peli llena de marcianos ridículos y efectos especiales malísimos. Un asco. Luego, cuando salimos, mas de lo mismo. Todo el tiempo hablando de bichos y de fútbol. Sé que les caigo mal. A todos. También a Jorge. Mejor. Cómo si a mi me importase mucho que no me hablaran, ya ves…, total…, son todos imbéciles…
Y mi padre el peor. Tan orgulloso de sus trofeos. Mostrando siempre sus vitrinas de copas. Tiene copas de todo: de escalador, de piragüismo, de tenis…Cómo se puso aquel día porque usé una para beber la Coca-Cola. El grito que pegó cuando la vio metida en el lavaplatos. Como una fiera se puso. ¡Por favor…!, ¡oh, no, no, cuidado, sus trofecitos que no se constipen…! Pues que se los meta por donde le quepan. El muy imbécil… Siempre igual:
—Yo a tu edad, ya tenía tres copas de tenis, dos medallas con el equipo de fútbol del colegio y otras dos en natación.
¿Y a mi qué? Plomazo de tío, oye. Contando siempre el mismo rollo:
—Si tu quisieras, Dieguito, yo podría hablar con mi amigo Gerardo para que te metiera en el equipo de Jorge. Que ya sabes que es el mejor. Que este curso llegan a campeones, fijo. No entiendo por qué prefieres estar aquí todo el día, encerrado en tu cuarto, con tus juegos de mesa y metido en casa como un anciano. Siempre sólo.
Y mi madre otra pesada. Siempre a vueltas con los estudios, el orden, los deberes, el orden, los deberes… Había que verla el domingo, cuando vinieron mis abuelos, mas inflada que un globo, hablando todo el rato de lo lista que es la tontaina de mi hermana:
—Laurita, tesoro, enséñales tus notas a los yayos.
Y allí estaban todos, dándole besos y mimitos. ¡Puaf!, para vomitar.
Y luego la empollona ahí, restregándome su asquerosa muñeca de premio. Como si a mi me diera envidia, ya ves tú.
Mis padres están empeñados en llevarme al psicólogo. Que no soy normal, dicen. Y total, sólo porque suspendí cinco asignaturas. Todo el tiempo están igual: que si no me esfuerzo, que si soy un vago, que si este mes te quedas sin paga, sin tele, sin juegos, sin…¡Una mierda! Y yo que culpa tengo si me tienen manía los profesores. Ellos igual que en casa. Todo el rato con lo mismo: que si qué diferente eres de tu hermana, que si ella es tan estudiosa, tan ordenada, tan… Como mi primo Jorge. Igual. Los dos igual de pelotas y de imbéciles.
Bah, y a mi que me importa. ¡Que se vayan todos a la mierda!
Es mejor así. Yo lejos de casa, para no estorbarles. Seguro que ahora que no estoy están todos mas contentos. Mejor para ellos. Total…, a mi que me importa. Nada. Nada…
Seguro que ni me llaman. O me llaman para preguntar por Jorge. Yo que sé…
Que me dejen en paz. No les necesito. ¡No os necesito!, ¿entendéis?…, no os necesito…
Si. Estoy mucho mejor aquí, en este asiento, yo solo, delante del todo, junto al chofer, viendo pasar los árboles a toda velocidad. Así tengo mejor vista y no tengo que aguantar a los imbéciles de mis compañeros. Míralos ahí, cantando todo el tiempo como idiotas. Riéndose de tonterías. Un asco. Estoy mejor aquí, yo solo, pilotando el autocar como si fuera una nave.
Me han obligado a venir a esta excursión de fin de curso. Yo no quería, pero ¿me preguntaron?, No. Nunca me preguntan. Ellos sólo ordenan:
—Es bueno que te vayas de excursión, a ver si haces amigos y te despabilas de una vez.
¡Que asco de vida! ¿Es que nunca me van a dejar en paz?
Qué forma de hacer el indio. Y todo porque están las chicas mirándoles. Incluso Paula. Paula está muy guapa hoy. Sí, sí que lo está. Pero es una presumida, como sabe que todos andan detrás de ella… Pero yo paso. Me ponen nervioso, ella y sus amigas, con sus risitas bobas. Como el otro día cuando se acercó para ver mi móvil nuevo y se me cayo de la mano cuando se lo enseñaba. No sé que me pasó. No quiero que me hable ninguna, ni que se acerquen a mí. Son una panda de tontas. Pero Paula es…, es tan guapa…
—¿Por qué haces esas cosas, Diego? ¿No te das cuenta que ya tienes doce años? Pobre Laurita. Tú, como hermano mayor, deberías cuidarla y no estar todo el día machacándola. ¿No te das cuenta?
Y bla, bla, bla… Castigado sin televisión una semana.
Bah, como si me importase mucho. Total…, todos los programas que dan son una mierda… Que se queden allí, las dos juntitas viendo la tele en el cuarto de mamá todas las noches. Mejor. Así no tengo que aguantar cada día el rollo de mi madre:
—Diegito, cielo, este programa es de chicas, ¿por qué no vas a ver el fútbol en la tele grande del salón, con papá?
Odio el fútbol, y él no para de darme el coñazo con ese deporte de mierda. A mi me gusta patinar. Pero él ni me escucha. Había que verle el otro día..., cómo se puso porque quise ver el patinaje artístico. Que si es de niñitas, que si eso son mariconadas… Qué sabrá él lo que es bueno.
Todo el día igual: que si mira que eres raro, que si mira a tu primo Jorge, que si bla, bla, bla…. Jorge. Otro gilipollas, el tontaina de Jorge. Con sus notas brillantes, con su deporte, sus amigos…, tan listo, tan perfecto, tan…. Tan pelota, tan imbécil. Seguro que copia todo en el colegio. Y luego va de bueno delante de sus padres. Había que verle ayer, cuando vino con mis tíos a casa para ver el fútbol con mi padre y el suyo. Allí, en medio de los dos. Los tres dando gritos porque metieron un gol. Abrazándose como idiotas.
Bueno, mejor. Mejor que se quedaran allí, mirando la pelota, así no me dieron la plasta con que si tengo que salir con Jorge…, que si por qué no quedo con amigos…, que si mira Jorge cuantos amigos tiene, que si tú estás todo el día metido en casa haciendo trastadas…
El otro día se empeñaron en que fuera con mi primo y su pandilla al cine. Fuimos a ver una peli llena de marcianos ridículos y efectos especiales malísimos. Un asco. Luego, cuando salimos, mas de lo mismo. Todo el tiempo hablando de bichos y de fútbol. Sé que les caigo mal. A todos. También a Jorge. Mejor. Cómo si a mi me importase mucho que no me hablaran, ya ves…, total…, son todos imbéciles…
Y mi padre el peor. Tan orgulloso de sus trofeos. Mostrando siempre sus vitrinas de copas. Tiene copas de todo: de escalador, de piragüismo, de tenis…Cómo se puso aquel día porque usé una para beber la Coca-Cola. El grito que pegó cuando la vio metida en el lavaplatos. Como una fiera se puso. ¡Por favor…!, ¡oh, no, no, cuidado, sus trofecitos que no se constipen…! Pues que se los meta por donde le quepan. El muy imbécil… Siempre igual:
—Yo a tu edad, ya tenía tres copas de tenis, dos medallas con el equipo de fútbol del colegio y otras dos en natación.
¿Y a mi qué? Plomazo de tío, oye. Contando siempre el mismo rollo:
—Si tu quisieras, Dieguito, yo podría hablar con mi amigo Gerardo para que te metiera en el equipo de Jorge. Que ya sabes que es el mejor. Que este curso llegan a campeones, fijo. No entiendo por qué prefieres estar aquí todo el día, encerrado en tu cuarto, con tus juegos de mesa y metido en casa como un anciano. Siempre sólo.
Y mi madre otra pesada. Siempre a vueltas con los estudios, el orden, los deberes, el orden, los deberes… Había que verla el domingo, cuando vinieron mis abuelos, mas inflada que un globo, hablando todo el rato de lo lista que es la tontaina de mi hermana:
—Laurita, tesoro, enséñales tus notas a los yayos.
Y allí estaban todos, dándole besos y mimitos. ¡Puaf!, para vomitar.
Y luego la empollona ahí, restregándome su asquerosa muñeca de premio. Como si a mi me diera envidia, ya ves tú.
Mis padres están empeñados en llevarme al psicólogo. Que no soy normal, dicen. Y total, sólo porque suspendí cinco asignaturas. Todo el tiempo están igual: que si no me esfuerzo, que si soy un vago, que si este mes te quedas sin paga, sin tele, sin juegos, sin…¡Una mierda! Y yo que culpa tengo si me tienen manía los profesores. Ellos igual que en casa. Todo el rato con lo mismo: que si qué diferente eres de tu hermana, que si ella es tan estudiosa, tan ordenada, tan… Como mi primo Jorge. Igual. Los dos igual de pelotas y de imbéciles.
Bah, y a mi que me importa. ¡Que se vayan todos a la mierda!
Es mejor así. Yo lejos de casa, para no estorbarles. Seguro que ahora que no estoy están todos mas contentos. Mejor para ellos. Total…, a mi que me importa. Nada. Nada…
Seguro que ni me llaman. O me llaman para preguntar por Jorge. Yo que sé…
Que me dejen en paz. No les necesito. ¡No os necesito!, ¿entendéis?…, no os necesito…
Si. Estoy mucho mejor aquí, en este asiento, yo solo, delante del todo, junto al chofer, viendo pasar los árboles a toda velocidad. Así tengo mejor vista y no tengo que aguantar a los imbéciles de mis compañeros. Míralos ahí, cantando todo el tiempo como idiotas. Riéndose de tonterías. Un asco. Estoy mejor aquí, yo solo, pilotando el autocar como si fuera una nave.
Me han obligado a venir a esta excursión de fin de curso. Yo no quería, pero ¿me preguntaron?, No. Nunca me preguntan. Ellos sólo ordenan:
—Es bueno que te vayas de excursión, a ver si haces amigos y te despabilas de una vez.
¡Que asco de vida! ¿Es que nunca me van a dejar en paz?
Qué forma de hacer el indio. Y todo porque están las chicas mirándoles. Incluso Paula. Paula está muy guapa hoy. Sí, sí que lo está. Pero es una presumida, como sabe que todos andan detrás de ella… Pero yo paso. Me ponen nervioso, ella y sus amigas, con sus risitas bobas. Como el otro día cuando se acercó para ver mi móvil nuevo y se me cayo de la mano cuando se lo enseñaba. No sé que me pasó. No quiero que me hable ninguna, ni que se acerquen a mí. Son una panda de tontas. Pero Paula es…, es tan guapa…
El regreso
Como cada aniversario desde la desaparición de Sofía, hace ya tres años, Justo Romero lanzó al agua un ramillete de margaritas, las flores preferidas de su mujer. Luego, como si pudiera timonearlo con la vista, lo condujo con sus ojos río abajo sin moverse de la orilla.
Pero ayer el ramo se quedó enganchado entre las piedras unos metros mas abajo. Romero se acercó para empujarlo de nuevo al centro del río y en ese momento lo vio. Boca abajo estaba el cuerpo inmóvil de una mujer. A Justo le dio un vuelco el corazón. Lo sacó del agua sin saber de dónde le salieron las fuerzas, lo giró tembloroso y … ¡Díos mío!, exclamó conmocionado, ¡es ella, es ella…!, ¡es Sofía, Sofía!. Le tomó el pulso. No latía. ¡Está muerta!, gritó con desesperación. Acudieron tres pescadores que faenando mas arriba oyeron los gritos del hombre. Lograron calmar a Romero, cubrieron el cuerpo de la mujer y llamaron a la Policía. Y mientras aguardaban frente al río no dejaron de observar a Justo que, con la vista clavada en el agua, repetía sin cesar: “… es ella, es ella, es ella…”
Justo y Sofía eran un matrimonio bien avenido y modesto, sin mas lujos que alguna cena en fechas especiales, unos días al año en Benidorm y poco mas. A Romero le gustaba ir de pesca y llevarse con él a la bella Sofía. Era celoso, y ella, por no contrariarle le acompañaba todos los domingos desde que se habían casado, hacía ya seis años. Su mujer era inquieta y no aguantaba mucho tiempo sujetando inmóvil la caña. Prefería vagabundear por la montaña buscando moras, arándanos y escenas silvestres para fotografiar mientras su marido aguardaba paciente escuchando la radio a través de los cascos para no espantar a los peces.
Fue al mediodía de uno de aquellos domingos cuando Romero comenzó a sentirse inquieto. Su mujer hacía tres horas que se había alejado por entre los matorrales montaña arriba. Romero la buscó desesperado por los alrededores y el pueblo vecino. Gritó mil veces su nombre sin hallar otra respuesta que el silencio. A las cuatro de la tarde llamó a la Policía y juntos peinaron el lugar sin que de Sofía obtuvieran noticia alguna. En el fondo del río sólo encontraron su cámara de fotos y entre el ramaje de la orilla izquierda uno de sus zapatos de lona. La policía no lo confirmó por escrito, pero oficiosamente la dieron por ahogada.
Hoy, la policía le acaba de confirmar a Justo la muerte que tres años antes había quedado pendiente y le entrega una copia del informe forense junto con sus pertenencias: un reloj de oro macizo, unos zarcillos de brillantes y una sortija de rubíes con la siguiente inscripción: Te quiero. Roberto. Justo Romero deja caer las joyas mientras clava sus ojos en el siguiente párrafo del informe: “… fallecida por estrangulamiento seis horas antes de ser hallado el cadáver…”
(¿Continuará…?)
Pero ayer el ramo se quedó enganchado entre las piedras unos metros mas abajo. Romero se acercó para empujarlo de nuevo al centro del río y en ese momento lo vio. Boca abajo estaba el cuerpo inmóvil de una mujer. A Justo le dio un vuelco el corazón. Lo sacó del agua sin saber de dónde le salieron las fuerzas, lo giró tembloroso y … ¡Díos mío!, exclamó conmocionado, ¡es ella, es ella…!, ¡es Sofía, Sofía!. Le tomó el pulso. No latía. ¡Está muerta!, gritó con desesperación. Acudieron tres pescadores que faenando mas arriba oyeron los gritos del hombre. Lograron calmar a Romero, cubrieron el cuerpo de la mujer y llamaron a la Policía. Y mientras aguardaban frente al río no dejaron de observar a Justo que, con la vista clavada en el agua, repetía sin cesar: “… es ella, es ella, es ella…”
Justo y Sofía eran un matrimonio bien avenido y modesto, sin mas lujos que alguna cena en fechas especiales, unos días al año en Benidorm y poco mas. A Romero le gustaba ir de pesca y llevarse con él a la bella Sofía. Era celoso, y ella, por no contrariarle le acompañaba todos los domingos desde que se habían casado, hacía ya seis años. Su mujer era inquieta y no aguantaba mucho tiempo sujetando inmóvil la caña. Prefería vagabundear por la montaña buscando moras, arándanos y escenas silvestres para fotografiar mientras su marido aguardaba paciente escuchando la radio a través de los cascos para no espantar a los peces.
Fue al mediodía de uno de aquellos domingos cuando Romero comenzó a sentirse inquieto. Su mujer hacía tres horas que se había alejado por entre los matorrales montaña arriba. Romero la buscó desesperado por los alrededores y el pueblo vecino. Gritó mil veces su nombre sin hallar otra respuesta que el silencio. A las cuatro de la tarde llamó a la Policía y juntos peinaron el lugar sin que de Sofía obtuvieran noticia alguna. En el fondo del río sólo encontraron su cámara de fotos y entre el ramaje de la orilla izquierda uno de sus zapatos de lona. La policía no lo confirmó por escrito, pero oficiosamente la dieron por ahogada.
Hoy, la policía le acaba de confirmar a Justo la muerte que tres años antes había quedado pendiente y le entrega una copia del informe forense junto con sus pertenencias: un reloj de oro macizo, unos zarcillos de brillantes y una sortija de rubíes con la siguiente inscripción: Te quiero. Roberto. Justo Romero deja caer las joyas mientras clava sus ojos en el siguiente párrafo del informe: “… fallecida por estrangulamiento seis horas antes de ser hallado el cadáver…”
(¿Continuará…?)
La huida
Me dejaste una herida tan profunda en el alma que aún me duele cuando la traspasa el aire. Así comenzaba aquel poema de amor que la niña de sus ojos escribió en la página final de su cuaderno de lengua. Alberto Reguera aún recuerda la sonrisa burlona que le provocó la frase, y sin embargo hoy ninguna otra expresión podría plasmar con mas acierto lo que siente desde que su hija se fue.
Cada noche desde la muerte de Inés y mientras su mujer emborracha la pena con las imágenes de algún serial televisivo, entra como un ladrón en el cuarto de su hija. Sus libros aún permanecen ordenados meticulosamente sobre el escritorio, tal y como ella los dejó hace ya casi dos años. Algunos días, como hoy, coge alguno y lo abre por cualquier página, luego observa los subrayados y las notas marginales donde aparecen salpicados decenas de corazones con el nombre de Miguel en su interior. Aún se le enciende el odio cuando los mira.
Mientras acaricia las páginas que ella leyó, Alberto cierra los ojos para que el recuerdo le lleva a encontrar los de Inés, brillantes, redondos y alegres. Tan presente está en su memoria que aún puede verla, inclinada sobre la mesa de estudio, mordisqueando el capuchón del bolígrafo mientras repasa sus lecciones al atardecer con la música a todo volumen.
No supo en qué momento empezó a dejar de comer, pero sí la causa que robó a su niña los deseos de vivir. “Estas gorda”, le había dicho Miguel una tarde de verano mientras relamía el segundo helado de turrón. No fueron sus palabras el comienzo de su final, sino el rechazo que leyó en los ojos del ser a quien tanto amaba. Tenía quince años y aquel día su mundo cambió de proporciones. “Estas gorda..., estas gorda..., estas gorda...”, le repetía una voz interior que comenzó a dirigirle el pensamiento. Y entonces quiso huir, alejarse de aquélla voz que no la dejaba soñar.
“No volveré a comer”, se dijo una mañana en que el insomnio trastocó su razón. Así fue como empezó a entretener las comidas con cortes pequeños y bocados ínfimos que terminaban digeridos por las tuberías del retrete.
Y la niña de sus ojos fue huyendo de su cuerpo a través del espejo, y encerró sus ilusiones al otro lado del cristal. Ya no le colmaba ver la admiración en los de Miguel, quien había dejado de ser su motivo. Era la voz interior quien ahora gobernaba su cordura. .
Y poco a poco la niña de sus ojos comenzó a quedarse etérea, silenciosa. No sólo no hablaba, sino que se movía como si caminara de puntillas por la vida, como si el aire le cruzara el interior llevándole las fuerzas y las ganas. Hasta que sus huesos se fueron perdiendo entre las sábanas de aquel hospital.
Y entonces él quiso vengar a la niña de sus ojos en el causante de su ceguera. Y salió a buscarle tras dejarla en el mármol frío de su última morada. Llegó a la casa de Miguel con un cuchillo bajo el abrigo y el llanto reseco en sus ojos de fuego. “Que salga ese mal nacido”, le gritó a la mujer que le abrió la puerta asustada. “Mi hijo no está en casa, váyase o llamo a la Policía”, le contestó intentando cerrar la puerta. “Quítate de en medio, gorda asquerosa, si no quieres que también te raje a ti”, le respondió empujándola embravecido. La mujer cayó al suelo indefensa, cerró los ojos y aguardó la primer cuchillada, pero no ocurrió. Sólo escucho un sonido de metal golpeando el suelo y la voz del hombre que, alejándose escaleras abajo repetía entre sollozos: “gorda asquerosa…, gorda asquerosa..., perdóname niña mía, yo también…, yo también soy culpable”.
Cada noche desde la muerte de Inés y mientras su mujer emborracha la pena con las imágenes de algún serial televisivo, entra como un ladrón en el cuarto de su hija. Sus libros aún permanecen ordenados meticulosamente sobre el escritorio, tal y como ella los dejó hace ya casi dos años. Algunos días, como hoy, coge alguno y lo abre por cualquier página, luego observa los subrayados y las notas marginales donde aparecen salpicados decenas de corazones con el nombre de Miguel en su interior. Aún se le enciende el odio cuando los mira.
Mientras acaricia las páginas que ella leyó, Alberto cierra los ojos para que el recuerdo le lleva a encontrar los de Inés, brillantes, redondos y alegres. Tan presente está en su memoria que aún puede verla, inclinada sobre la mesa de estudio, mordisqueando el capuchón del bolígrafo mientras repasa sus lecciones al atardecer con la música a todo volumen.
No supo en qué momento empezó a dejar de comer, pero sí la causa que robó a su niña los deseos de vivir. “Estas gorda”, le había dicho Miguel una tarde de verano mientras relamía el segundo helado de turrón. No fueron sus palabras el comienzo de su final, sino el rechazo que leyó en los ojos del ser a quien tanto amaba. Tenía quince años y aquel día su mundo cambió de proporciones. “Estas gorda..., estas gorda..., estas gorda...”, le repetía una voz interior que comenzó a dirigirle el pensamiento. Y entonces quiso huir, alejarse de aquélla voz que no la dejaba soñar.
“No volveré a comer”, se dijo una mañana en que el insomnio trastocó su razón. Así fue como empezó a entretener las comidas con cortes pequeños y bocados ínfimos que terminaban digeridos por las tuberías del retrete.
Y la niña de sus ojos fue huyendo de su cuerpo a través del espejo, y encerró sus ilusiones al otro lado del cristal. Ya no le colmaba ver la admiración en los de Miguel, quien había dejado de ser su motivo. Era la voz interior quien ahora gobernaba su cordura. .
Y poco a poco la niña de sus ojos comenzó a quedarse etérea, silenciosa. No sólo no hablaba, sino que se movía como si caminara de puntillas por la vida, como si el aire le cruzara el interior llevándole las fuerzas y las ganas. Hasta que sus huesos se fueron perdiendo entre las sábanas de aquel hospital.
Y entonces él quiso vengar a la niña de sus ojos en el causante de su ceguera. Y salió a buscarle tras dejarla en el mármol frío de su última morada. Llegó a la casa de Miguel con un cuchillo bajo el abrigo y el llanto reseco en sus ojos de fuego. “Que salga ese mal nacido”, le gritó a la mujer que le abrió la puerta asustada. “Mi hijo no está en casa, váyase o llamo a la Policía”, le contestó intentando cerrar la puerta. “Quítate de en medio, gorda asquerosa, si no quieres que también te raje a ti”, le respondió empujándola embravecido. La mujer cayó al suelo indefensa, cerró los ojos y aguardó la primer cuchillada, pero no ocurrió. Sólo escucho un sonido de metal golpeando el suelo y la voz del hombre que, alejándose escaleras abajo repetía entre sollozos: “gorda asquerosa…, gorda asquerosa..., perdóname niña mía, yo también…, yo también soy culpable”.
Maletas
—Y tómate las pastillas. Y no fumes, ya sabes lo que te dijo el médico, que luego te duelen las piernas y no puedes ni moverte… —Genaro asiente con una sonrisa triste mientras su hijo le da un beso. Coge su maleta y sube con torpeza al autocar. Recorre cansinamente el estrecho pasillo, apoyándose en los sillones hasta llegar a su asiento, junto a la “ventanilla de socorro”. Lee la frase y sonríe melancólico mientras piensa cuanto le gustaría poder abrirla para gritar “¡auxilio, sáquenme de aquí!”.
Ha llegado el primero y el autocar aún está vacío. No es que adore la puntualidad, pero su hijo tenía prisa por llegar a su oficina. Le dice adiós desde el cristal mientras lo ve marchar con paso ligero. Siempre anda deprisa, corriendo de un lado a otro. “Pobre hijo mío —piensa Genaro— aún está en esa edad en que cree que tiene la vida y el tiempo en sus manos”.
Poco a poco van llegando pasajeros al andén. Se fija en un chavalillo que no tendrá más de diez años, está abrazado a una mujer joven que probablemente es su madre. Desde la ventanilla no puede oír lo que le dice, pero deduce, por la expresión, que son instrucciones a las que el niño no parece prestar mucha atención. La mujer, mete un par de maletas en el portaequipajes y entran los dos en el autocar. La madre va delante con el billete en la mano buscando el asiento. Es justo el contiguo al de Genaro. El niño protesta porque desea estar en el lado de la ventanilla.
—¿Le importaría mucho cambiarle el sitio al niño? —le pregunta la mujer en tono amable a Genaro —ya sabe como son los críos.
—No, no, que va, a mi me da igual, pasa, pasa, hijo. Si quiere le cambio mi sitio por el suyo para que vaya usted junto a él.
—No, no, yo no voy, el niño viaja solo. Su padre lo recoge en Madrid.
—Ah, vaya, pues que chavalote más responsable. Todo un hombre —le sonríe Genaro mientras cede el asiento al niño que le da las gracias con gesto adusto.El autocar está completo y uno de los chóferes va revisando los billetes y rogando a las personas que no vayan a viajar que desalojen el autocar. La madre del pequeño sale la última después de besarle una docena de veces y lanzarle otra retahíla de recomendaciones que el chaval vuelve a ignorar.
El motor comienza su ronroneo y el olor a gasóleo invade el aire. Algunos acompañantes, desde fuera, tiran besos o dicen adiós con la mano. La madre del chico sonríe en una mueca forzada mientras le brillan los ojos y traga saliva continuamente. El muchacho está callado, con el ceño fruncido, de pie, mirando a su madre fijamente. Cuando arranca el autocar y lentamente va saliendo del andén, el niño, en un sobresalto, clava las manos en el cristal y dice un ¡mamá!, suplicante, como entre dientes, que conmueve profundamente a Genaro.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta el anciano intentando distraer al chaval que mirando al suelo y con los brazos cruzados ha soltado el gesto de enfado y está a punto de echarse a llorar.
—Jorge.
—Yo me llamo Genaro.
—¿Y cuantos años tienes?
—Diez, y tú?
—¿Yo?, yo ya los tengo todos, hijo.
Jorge sonríe. Es la primera vez que lo hace desde que entró en el andén.
—¿Y qué?, ¿vas de vacaciones con tu padre?
—No, es que ahora me toca vivir con él. En verano vivo con mi padre, y en invierno con mi madre, aquí en Oviedo.
—Vaya, entonces casi como yo. Yo vivo cuatro meses con un hijo, otros cuatro con otro y otros cuatro con otra.
Jorge se queda pensando un rato.
—Pues si tuvieras doce hijos podrías vivir un mes con cada uno. Y… si tuvieras veinticuatro entonces viajarías cada dos semanas. Y… si tuvieras cuarenta y ocho hijos viajarías todas las semanas. Bueno, casi todas.
—¡Caramba, qué agilidad para calcular! Seguro que te gustan mucho las matemáticas, ¿a que sí?
—Bueno, sí. Aprobé todo —dice mientras se estira en el asiento con gesto de suficiencia.
Jorge saca de su mochila una maquinita de juegos. Sus dedos finos y tersos se mueven ágiles, acompasando pitidos intermitentes. El viejo le observa sin que pueda captar la mecánica del juego. El niño gana una partida y le ofrece el artilugio para que el anciano lo intente también. El viejo se coloca las gafas de cerca y empieza un nuevo juego. Los marcianitos se le escapan antes de que pueda reaccionar. El niño ríe mientras observa las manos del anciano, grandes, expandidas como una raqueta de tenis, con los huesos dibujados en la piel seca.
—Caramba, qué complicado es esto. No doy ni una.
—Eso es porque tienes los dedos muy gordos y tocas todas las teclas a la vez.
—Uf, sí, sí. Creo que mis manos están muy torpes para esto.
El niño guarda la maquinita en la mochila, se estira en el asiento y cruza las manos sobre el regazo. Genaro mete sus lentes en la funda y observa al pequeño que, callado y quieto, mantiene la mirada fija en el suelo. Tras un rato de silencio el anciano posa suavemente su mano sobre las de Jorge.
—A ver, cuéntame, ¿tienes muchos amigos?
—Si —responde el chaval con la voz mas cantarina— aquí en Oviedo, tengo muchos, en Madrid, sólo tengo dos primos. Pero mis abuelos me llevan a la piscina y allí hago amigos nuevos. ¿Y tú?, tú tienes amigos en Madrid?
—No hijo, no, no me da tiempo, como estoy sólo cuatro meses en cada lado...
—¿Y en Madrid también vas a la piscina?
—Pues no. Y es una pena, si tuviera unos primos como tú, también iría.
—¿Pero no puedes ir con tus nietos?
—Bueno…, es que mis nietos ya son mayores y van solos.
El niño se queda un rato pensando y luego le dice muy alegre:
—Ya sé lo que haremos. Cuando lleguemos a Madrid, te vienes conmigo y con mis primos a la piscina, ¿quieres?
—Vaya, gracias, eres muy amable, lo voy a pensar, ¿vale? —responde Genaro palmoteando dulcemente las manos infantiles.
Jorge sonríe feliz mientras el viejo traga saliva y esconde los ojos brillantes en su bolso de viaje.
Ya han pasado dos horas desde que dejaron Oviedo y Jorge lleva un trecho sin muchas ganas de hablar. El sueño está a punto de vencer sus energías y Genaro deja de preguntarle cosas para que el niño pueda dormir un rato. “Pobre niño —piensa mientras lo mira con ternura— va de un lado a otro como un fardo militar, cumpliendo órdenes sin derecho a protestar”. Él no tiene sueño pero cierra los ojos igual, para ver si logra dormir y olvidarse, por unas horas, de que él también es otra maleta.
Ha llegado el primero y el autocar aún está vacío. No es que adore la puntualidad, pero su hijo tenía prisa por llegar a su oficina. Le dice adiós desde el cristal mientras lo ve marchar con paso ligero. Siempre anda deprisa, corriendo de un lado a otro. “Pobre hijo mío —piensa Genaro— aún está en esa edad en que cree que tiene la vida y el tiempo en sus manos”.
Poco a poco van llegando pasajeros al andén. Se fija en un chavalillo que no tendrá más de diez años, está abrazado a una mujer joven que probablemente es su madre. Desde la ventanilla no puede oír lo que le dice, pero deduce, por la expresión, que son instrucciones a las que el niño no parece prestar mucha atención. La mujer, mete un par de maletas en el portaequipajes y entran los dos en el autocar. La madre va delante con el billete en la mano buscando el asiento. Es justo el contiguo al de Genaro. El niño protesta porque desea estar en el lado de la ventanilla.
—¿Le importaría mucho cambiarle el sitio al niño? —le pregunta la mujer en tono amable a Genaro —ya sabe como son los críos.
—No, no, que va, a mi me da igual, pasa, pasa, hijo. Si quiere le cambio mi sitio por el suyo para que vaya usted junto a él.
—No, no, yo no voy, el niño viaja solo. Su padre lo recoge en Madrid.
—Ah, vaya, pues que chavalote más responsable. Todo un hombre —le sonríe Genaro mientras cede el asiento al niño que le da las gracias con gesto adusto.El autocar está completo y uno de los chóferes va revisando los billetes y rogando a las personas que no vayan a viajar que desalojen el autocar. La madre del pequeño sale la última después de besarle una docena de veces y lanzarle otra retahíla de recomendaciones que el chaval vuelve a ignorar.
El motor comienza su ronroneo y el olor a gasóleo invade el aire. Algunos acompañantes, desde fuera, tiran besos o dicen adiós con la mano. La madre del chico sonríe en una mueca forzada mientras le brillan los ojos y traga saliva continuamente. El muchacho está callado, con el ceño fruncido, de pie, mirando a su madre fijamente. Cuando arranca el autocar y lentamente va saliendo del andén, el niño, en un sobresalto, clava las manos en el cristal y dice un ¡mamá!, suplicante, como entre dientes, que conmueve profundamente a Genaro.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta el anciano intentando distraer al chaval que mirando al suelo y con los brazos cruzados ha soltado el gesto de enfado y está a punto de echarse a llorar.
—Jorge.
—Yo me llamo Genaro.
—¿Y cuantos años tienes?
—Diez, y tú?
—¿Yo?, yo ya los tengo todos, hijo.
Jorge sonríe. Es la primera vez que lo hace desde que entró en el andén.
—¿Y qué?, ¿vas de vacaciones con tu padre?
—No, es que ahora me toca vivir con él. En verano vivo con mi padre, y en invierno con mi madre, aquí en Oviedo.
—Vaya, entonces casi como yo. Yo vivo cuatro meses con un hijo, otros cuatro con otro y otros cuatro con otra.
Jorge se queda pensando un rato.
—Pues si tuvieras doce hijos podrías vivir un mes con cada uno. Y… si tuvieras veinticuatro entonces viajarías cada dos semanas. Y… si tuvieras cuarenta y ocho hijos viajarías todas las semanas. Bueno, casi todas.
—¡Caramba, qué agilidad para calcular! Seguro que te gustan mucho las matemáticas, ¿a que sí?
—Bueno, sí. Aprobé todo —dice mientras se estira en el asiento con gesto de suficiencia.
Jorge saca de su mochila una maquinita de juegos. Sus dedos finos y tersos se mueven ágiles, acompasando pitidos intermitentes. El viejo le observa sin que pueda captar la mecánica del juego. El niño gana una partida y le ofrece el artilugio para que el anciano lo intente también. El viejo se coloca las gafas de cerca y empieza un nuevo juego. Los marcianitos se le escapan antes de que pueda reaccionar. El niño ríe mientras observa las manos del anciano, grandes, expandidas como una raqueta de tenis, con los huesos dibujados en la piel seca.
—Caramba, qué complicado es esto. No doy ni una.
—Eso es porque tienes los dedos muy gordos y tocas todas las teclas a la vez.
—Uf, sí, sí. Creo que mis manos están muy torpes para esto.
El niño guarda la maquinita en la mochila, se estira en el asiento y cruza las manos sobre el regazo. Genaro mete sus lentes en la funda y observa al pequeño que, callado y quieto, mantiene la mirada fija en el suelo. Tras un rato de silencio el anciano posa suavemente su mano sobre las de Jorge.
—A ver, cuéntame, ¿tienes muchos amigos?
—Si —responde el chaval con la voz mas cantarina— aquí en Oviedo, tengo muchos, en Madrid, sólo tengo dos primos. Pero mis abuelos me llevan a la piscina y allí hago amigos nuevos. ¿Y tú?, tú tienes amigos en Madrid?
—No hijo, no, no me da tiempo, como estoy sólo cuatro meses en cada lado...
—¿Y en Madrid también vas a la piscina?
—Pues no. Y es una pena, si tuviera unos primos como tú, también iría.
—¿Pero no puedes ir con tus nietos?
—Bueno…, es que mis nietos ya son mayores y van solos.
El niño se queda un rato pensando y luego le dice muy alegre:
—Ya sé lo que haremos. Cuando lleguemos a Madrid, te vienes conmigo y con mis primos a la piscina, ¿quieres?
—Vaya, gracias, eres muy amable, lo voy a pensar, ¿vale? —responde Genaro palmoteando dulcemente las manos infantiles.
Jorge sonríe feliz mientras el viejo traga saliva y esconde los ojos brillantes en su bolso de viaje.
Ya han pasado dos horas desde que dejaron Oviedo y Jorge lleva un trecho sin muchas ganas de hablar. El sueño está a punto de vencer sus energías y Genaro deja de preguntarle cosas para que el niño pueda dormir un rato. “Pobre niño —piensa mientras lo mira con ternura— va de un lado a otro como un fardo militar, cumpliendo órdenes sin derecho a protestar”. Él no tiene sueño pero cierra los ojos igual, para ver si logra dormir y olvidarse, por unas horas, de que él también es otra maleta.
No conozco la tristeza
No sé qué es la tristeza. Yo siento cosas diferentes, por ejemplo: me siento inútil cuando sé que jamás podré hacer nada de lo que él se sienta orgulloso. Insignificante cuando delante de nuestros amigos me dice: “mejor te callas que no entiendes nada”. Rechazada cuando intento besarle y él aparta su cara. Ignorada cuando le hablo y nunca me escucha. Vencida siempre que discutimos y él me deja sin argumentos. Abusada cuando mi jornada laboral continúa en casa mientras él mira la TV. Desamparada cuando estoy enferma y solo se le ocurre llamar a mi madre. Apenada cuando veo la pobreza, las guerras y la injusticia mundial. Miserable cuando mi jefe me paga el sueldo. Triturada cuando los compañeros se adueñan de mis ideas para medrar a mi costa. Humillada cuando mi mejor amiga lanza a los cuatro vientos algún secreto mío. Amargada porque mi úlcera me apuñala todos los días. Desesperanzada, porque mi médico dice que mis males son producto de mi carácter. Abatida cuando en el Foro ignoran mi relato. Pesimista cuando compruebo que el hoy es igual que ayer y lo será igual mañana. Apática cuando lo mismo me da vivir que morir. Resignada, cuando sigo adelante aún sabiendo que nada cambiará jamás.
Estoy deprimida, es cierto, pero no conozco la tristeza.
Estoy deprimida, es cierto, pero no conozco la tristeza.
Solas, una vez más
En la ducha, mientras el agua arrastraba el semen nauseabundo, recordé las palabras de mi madre: «… las mujeres de ahora no aguantáis nada…, ante cualquier tontería ya estáis pidiendo el divorcio…, lo importante son los hijos…, los niños han de tener al alcance de su mano a los dos padres…». Pobre mamá, ¿al alcance de los dos? Todas en casa habíamos estado al alcance de las manos de aquel padre agresivo que golpeó nuestra infancia en nombre de la autoridad.
Sequé mi piel con suavidad, el roce mas liviano contra los hematomas y arañazos me hacía saltar de dolor. Observé las dentelladas en mis pechos blancos y oculté mi cuerpo bajo un camisón limpio. Fuera, la noche fría y lluviosa propiciaba un sueño del que yo hacía tiempo carecía.
¡Julio era tan encantador…!, mis padres le adoraban. Era con ellos, servicial y cariñoso, atento siempre a solucionarles cualquier problema que tuvieran. ¡Qué suerte hemos tenido! —decían—, a nuestra hija no le faltará de nada a su lado. Él me había prejubilado con la magnífica pensión del matrimonio, ¿qué mas podía pedir?
Ya en el salón, encendí un cigarrillo y dejé vagar mi pensamiento a través del humo. El recuerdo de Isabel volvía a ocupar su espacio. ¡Pobre hermana! Desapareció una mañana de abril junto a su pequeña y dos maletas. Tres años ya sin dar señales de vida. Si me hubiera avisado…, si al menos llamara alguna vez…Toda la culpa fue de aquel cabrón de marido. ¿Y qué hicieron nuestros padres? Nada. Lo peor de todo, el comentario del gran patriarca: «Algo habrá hecho para que él la trate así…, las mujeres tenéis a veces una lengua de víbora…, habría que cortárosla de raíz».
Entré en el cuarto de Daniel que dormía profundamente. Cogí su diario y como todas las noches, leí su contenido:
Jueves2:
«Sigo preocupado por mamá. Hoy ha vuelto a llorar. Me dijo que no lloraba, que era la cebolla que la hacía llorar, pero a mi no me engaña. Se que es mentira, porque la tortilla no tenía cebolla. Ella sabe que no me gusta».
Viernes 3:
«Hoy ayudé a mamá a recoger la mesa para que no esté cansada, porque papá se enfada mucho cuando llega a casa por la noche y ella le dice que está cansada. Me da miedo cuando él grita y rompe cosas».
Sábado 4:
«Esta noche volví a mojar la cama, pero dijo mamá que no tenga miedo, no se lo dirá a papá para que no me pegue. Ella dice que pronto seré mayor y se me pasará».
¡Pobre hijo mío!, sólo nueve años y tanto miedo acumulado.
Dejé el diario y entré en la cocina. Sentía mi cuerpo dolorido. Sólo hacía dos horas que Julio me había violado, esta vez, sobre la mesa de la cocina donde luego quedó dormido. Reviví el terror silencioso…, los cuchillos junto a su mano…, los envites interminables golpeando mi cabeza contra el mármol frío. Ahogando mis gritos para no despertar a Daniel.
Julio seguía acostado boca abajo en la mesa. El alcohol le había sumido en un sueño anestesiado y roncaba levemente. En un intento de acomodar su postura, se dio la vuelta y cayó al suelo. El golpe tornó el sueño en inconsciencia. Le tomé el pulso deseando que no latiera, pero latía. Estaba indefenso y podía vengarme. No lo pensé mucho. Si existía algún dios encargado de mi destino, él sería, y sólo él, el culpable de lo que estaba a punto de hacer. Agarré su cabeza y la golpeé contra el terrazo del suelo. Sólo necesité dos golpes secos y contundentes. Abrió los ojos horrorizado, quiso gritar, pero un chasquido seco en la nuca quebró sus palabras. Volví a tomar su pulso. Nada. Acerqué mi oído al pecho. Nada.
Le observé largo rato intentando buscar en aquel rostro abotargado la magia que diez años antes me había enamorado. Acaricié sus manos aún calientes y rememoré con nostalgia las sensaciones vividas la primera vez que recorrieron mi piel bajo la blusa. Cuando salía de la cocina, un hilo de sangre comenzaba a fluir por la comisura izquierda de su boca.
Volví al cuarto de Daniel y me acosté a su lado. Sentí la humedad de las sábanas pero no me importó. Estaba segura que sería la última vez.
Sequé mi piel con suavidad, el roce mas liviano contra los hematomas y arañazos me hacía saltar de dolor. Observé las dentelladas en mis pechos blancos y oculté mi cuerpo bajo un camisón limpio. Fuera, la noche fría y lluviosa propiciaba un sueño del que yo hacía tiempo carecía.
¡Julio era tan encantador…!, mis padres le adoraban. Era con ellos, servicial y cariñoso, atento siempre a solucionarles cualquier problema que tuvieran. ¡Qué suerte hemos tenido! —decían—, a nuestra hija no le faltará de nada a su lado. Él me había prejubilado con la magnífica pensión del matrimonio, ¿qué mas podía pedir?
Ya en el salón, encendí un cigarrillo y dejé vagar mi pensamiento a través del humo. El recuerdo de Isabel volvía a ocupar su espacio. ¡Pobre hermana! Desapareció una mañana de abril junto a su pequeña y dos maletas. Tres años ya sin dar señales de vida. Si me hubiera avisado…, si al menos llamara alguna vez…Toda la culpa fue de aquel cabrón de marido. ¿Y qué hicieron nuestros padres? Nada. Lo peor de todo, el comentario del gran patriarca: «Algo habrá hecho para que él la trate así…, las mujeres tenéis a veces una lengua de víbora…, habría que cortárosla de raíz».
Entré en el cuarto de Daniel que dormía profundamente. Cogí su diario y como todas las noches, leí su contenido:
Jueves2:
«Sigo preocupado por mamá. Hoy ha vuelto a llorar. Me dijo que no lloraba, que era la cebolla que la hacía llorar, pero a mi no me engaña. Se que es mentira, porque la tortilla no tenía cebolla. Ella sabe que no me gusta».
Viernes 3:
«Hoy ayudé a mamá a recoger la mesa para que no esté cansada, porque papá se enfada mucho cuando llega a casa por la noche y ella le dice que está cansada. Me da miedo cuando él grita y rompe cosas».
Sábado 4:
«Esta noche volví a mojar la cama, pero dijo mamá que no tenga miedo, no se lo dirá a papá para que no me pegue. Ella dice que pronto seré mayor y se me pasará».
¡Pobre hijo mío!, sólo nueve años y tanto miedo acumulado.
Dejé el diario y entré en la cocina. Sentía mi cuerpo dolorido. Sólo hacía dos horas que Julio me había violado, esta vez, sobre la mesa de la cocina donde luego quedó dormido. Reviví el terror silencioso…, los cuchillos junto a su mano…, los envites interminables golpeando mi cabeza contra el mármol frío. Ahogando mis gritos para no despertar a Daniel.
Julio seguía acostado boca abajo en la mesa. El alcohol le había sumido en un sueño anestesiado y roncaba levemente. En un intento de acomodar su postura, se dio la vuelta y cayó al suelo. El golpe tornó el sueño en inconsciencia. Le tomé el pulso deseando que no latiera, pero latía. Estaba indefenso y podía vengarme. No lo pensé mucho. Si existía algún dios encargado de mi destino, él sería, y sólo él, el culpable de lo que estaba a punto de hacer. Agarré su cabeza y la golpeé contra el terrazo del suelo. Sólo necesité dos golpes secos y contundentes. Abrió los ojos horrorizado, quiso gritar, pero un chasquido seco en la nuca quebró sus palabras. Volví a tomar su pulso. Nada. Acerqué mi oído al pecho. Nada.
Le observé largo rato intentando buscar en aquel rostro abotargado la magia que diez años antes me había enamorado. Acaricié sus manos aún calientes y rememoré con nostalgia las sensaciones vividas la primera vez que recorrieron mi piel bajo la blusa. Cuando salía de la cocina, un hilo de sangre comenzaba a fluir por la comisura izquierda de su boca.
Volví al cuarto de Daniel y me acosté a su lado. Sentí la humedad de las sábanas pero no me importó. Estaba segura que sería la última vez.
Así fue
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, imperturbable y paciente, esperándole para tragárselo como a un insecto. El hambre y el cansancio le habían sumido en un sueño ligero, lleno de sobresaltos y pesadillas, tan reales como la visión, hacía ya nueve horas, del cuerpo desmayado de Kadox entre las enormes mandíbulas del gigantesco animal. Midar, refugiado en una cueva, vigilaba desde un minúsculo orificio al exterior los movimientos torpes de la fiera, sobre todo su lengua, extraordinariamente larga, que una y otra vez intentaba colarse por el estrecho hueco de entrada a la cueva.
Él y su compañero habían salido de Sirión hacía ya más de un año con la misión de investigar otras galaxias, pero un fallo en el programador de la nave les había llevado hacia algún milenio prehistórico del planeta Tierra para el que no iban equipados. Tras un complicado aterrizaje, salieron a tomar datos del extraño lugar. Un cielo limpio y una vegetación frondosa hacían, junto al silencio, el territorio más bello que jamás habían experimentado sus sentidos. Tan absortos estaban contemplando tal maravilla que no la sintieron llegar. Apareció de repente, por entre dos rocas, la bestia descomunal que aprovechando el asombro de los dos tripulantes apresó con la lengua a su compañero Kadox.
Al intercomunicador de su casco no llegaban las señales de la base debido a los golpes que recibió durante la aterradora huída hacia la cueva. No tenía herramientas con qué arreglarlo y Midar seguía paralizado, mirando la escafandra sin saber por donde tirar. Mientras la contemplaba se dio cuenta que de cuando en cuando emitía unos ruidos que él interpretó como algún cable desconectado o algo similar. Nerviosamente pulsó los cinco botones por ver si lograba contactar con la base, pero nadie respondía. Sin embargo advirtió que cada vez que pulsaba el botón naranja que conectaba su casco al de Kadox la fiera emitía unos terribles alaridos. Midar cayó entonces en la cuenta de que probablemente el minúsculo artilugio estuviera intacto alojado en el intestino del animal. Comenzó a pulsarlo de forma intermitente mientras observaba a la bestia restregándose contra las rocas en un intento de calmar el terrible dolor que le quemaba las entrañas. Dos horas más tarde el dinosaurio, con el cuerpo ensangrentado lanzó un gemido agónico y se desplomó en medio de una gran polvareda.
Midar se acercó sigiloso al animal y comprobó que no respiraba. Entró en la nave, contactó con la base, reprogramó el destino del vuelo y emprendió el viaje de regreso a casa.
Cuando llegó a Sirión, informó de lo ocurrido y entusiasmó con su relato a las autoridades que pronto vieron un filón sin explotar. Enviaron miles de naves cargadas de cuerpos artificiales con minúsculos transmisores alojados en su interior y los desperdigaron por todo el planeta para que las bestias que lo poblaban los devorasen. Luego desde una plataforma central los fueron activando para destruirlos del mismo modo que había hecho Midar en su primer viaje. Millones de dinosaurios fueron muriendo de modo encadenado: unos porque tragaron el cebo y otros porque iban devorando los cadáveres y pasando de un intestino al otro los mortíferos manjares.
La magnitud de la carga empleada en los minúsculos destructores, junto a la velocidad de propagación en tan corto espacio de tiempo, fueron cargando el aire de partículas radiacivas y electricidad descontrolada que envolvieron la atmósfera del codiciado planeta hasta que un meteorito que flotaba a su alrededor, atraído como un imán, se estrelló contra la esfera. Una descomunal bola de fuego tornó el bello paraje en un lugar calcinado que se fue resquebrajando poco a poco, a lo largo de milenios de oscuridad y desolación.
Él y su compañero habían salido de Sirión hacía ya más de un año con la misión de investigar otras galaxias, pero un fallo en el programador de la nave les había llevado hacia algún milenio prehistórico del planeta Tierra para el que no iban equipados. Tras un complicado aterrizaje, salieron a tomar datos del extraño lugar. Un cielo limpio y una vegetación frondosa hacían, junto al silencio, el territorio más bello que jamás habían experimentado sus sentidos. Tan absortos estaban contemplando tal maravilla que no la sintieron llegar. Apareció de repente, por entre dos rocas, la bestia descomunal que aprovechando el asombro de los dos tripulantes apresó con la lengua a su compañero Kadox.
Al intercomunicador de su casco no llegaban las señales de la base debido a los golpes que recibió durante la aterradora huída hacia la cueva. No tenía herramientas con qué arreglarlo y Midar seguía paralizado, mirando la escafandra sin saber por donde tirar. Mientras la contemplaba se dio cuenta que de cuando en cuando emitía unos ruidos que él interpretó como algún cable desconectado o algo similar. Nerviosamente pulsó los cinco botones por ver si lograba contactar con la base, pero nadie respondía. Sin embargo advirtió que cada vez que pulsaba el botón naranja que conectaba su casco al de Kadox la fiera emitía unos terribles alaridos. Midar cayó entonces en la cuenta de que probablemente el minúsculo artilugio estuviera intacto alojado en el intestino del animal. Comenzó a pulsarlo de forma intermitente mientras observaba a la bestia restregándose contra las rocas en un intento de calmar el terrible dolor que le quemaba las entrañas. Dos horas más tarde el dinosaurio, con el cuerpo ensangrentado lanzó un gemido agónico y se desplomó en medio de una gran polvareda.
Midar se acercó sigiloso al animal y comprobó que no respiraba. Entró en la nave, contactó con la base, reprogramó el destino del vuelo y emprendió el viaje de regreso a casa.
Cuando llegó a Sirión, informó de lo ocurrido y entusiasmó con su relato a las autoridades que pronto vieron un filón sin explotar. Enviaron miles de naves cargadas de cuerpos artificiales con minúsculos transmisores alojados en su interior y los desperdigaron por todo el planeta para que las bestias que lo poblaban los devorasen. Luego desde una plataforma central los fueron activando para destruirlos del mismo modo que había hecho Midar en su primer viaje. Millones de dinosaurios fueron muriendo de modo encadenado: unos porque tragaron el cebo y otros porque iban devorando los cadáveres y pasando de un intestino al otro los mortíferos manjares.
La magnitud de la carga empleada en los minúsculos destructores, junto a la velocidad de propagación en tan corto espacio de tiempo, fueron cargando el aire de partículas radiacivas y electricidad descontrolada que envolvieron la atmósfera del codiciado planeta hasta que un meteorito que flotaba a su alrededor, atraído como un imán, se estrelló contra la esfera. Una descomunal bola de fuego tornó el bello paraje en un lugar calcinado que se fue resquebrajando poco a poco, a lo largo de milenios de oscuridad y desolación.
Cambios
Tenía que hacerlo. Ya era hora de dar el gran paso. Su hermana estaría ahí para apoyarla. Los niños ya eran grandes: A Pablo, metido en la adolescencia, le resultaría más fácil asimilarlo, y Sara, con sus doce años, ya la entendería como mujer. Quedaba el problema con su madre. Tendría que escucharla una vez más: “¿Cómo vas a hacer eso? ¿Es que no piensas en el desconcierto de tus hijos? Los niños sufrirán, no lo dudes. ¿Y tu marido?, él ya está hecho a ello, ¿a qué correr ese riesgo a estas alturas de tu vida?”. Pensó en Martín, zapeando indiferente ante el televisor noche tras noche. No le prestaba atención hacía ya mucho tiempo: la miraba como se mira un armario de la casa. Había llegado el momento y hoy sería el gran día.
Se quitó el delantal, barrió las migas del desayuno y se fue hacia el baño. Se metió en la ducha, se lavó concienzuda la cabeza y ya frente al espejo por fin lo hizo: se cambió de lado la raya del pelo. Luego salió a la calle, sacudió la melena y con paso firme se enfrentó al mundo.
Se quitó el delantal, barrió las migas del desayuno y se fue hacia el baño. Se metió en la ducha, se lavó concienzuda la cabeza y ya frente al espejo por fin lo hizo: se cambió de lado la raya del pelo. Luego salió a la calle, sacudió la melena y con paso firme se enfrentó al mundo.
Infierno
Julita Rivera no volvió a dormir boca abajo desde aquel día en que sor Jacinta les explicó como era el infierno: “… es un sitio donde estaríais quemando sin parar. Como si tuvierais vuestro cuerpo tumbado boca abajo sobre la chapa candente de la cocina. Y así para siempre, … Siempre, … SIEMpre,… SIEMPREEEE¡¡¡…..
Miopes
Uso gafas desde los ocho años y ya entonces me di cuenta que cuando no las llevaba puestas no sólo veía el mundo borroso sino que la ceguera alcanzaba también a los sonidos. No es que no los oyera, sino que perdía la concentración necesaria para captar la realidad, haciéndome vivir en un mundo aparte. Me acostumbré, en la infancia, a quitármelas para no oír las riñas de mi madre, para que me dejaran en paz en la adolescencia o para escaparme de las quejas de mi familia o de mi jefe en el trabajo. Mi hijo también es miope y mi mujer no entiende por qué razón le impido quitarse las gafas mientras le regaño por sus notas.
Tanto él como yo sabemos el motivo, pero los dos callamos.
Tanto él como yo sabemos el motivo, pero los dos callamos.
Trazos
Llegas a mi vida con paso firme, me besas levemente y al momento te elevas voluptuosa y soñadora para dejar en mi cielo inquietudes y fantasías. Allá en lo alto te arqueas, te expandes, sueñas un tiempo fugaz que sin embargo da sentido a mi existencia vacía. Luego, sin darme cuenta, te dejas caer en picado, atraviesas mi realidad sin detenerte y te clavas en la profundidad de mis entrañas, en ese lugar donde rigen los instintos y se anula la razón. Allí despiertas mis pasiones y deseos mas ocultos, y antes de que pueda atrapar tu esencia vuelves a elevarte, sinuosa y feliz, para continuar tu camino, mezclada con el resto de tu gente, cogida de sus manos o caminando suelta, pero siempre hacia el mismo destino.Te veo alejarte, pero es sólo una ilusión, pues te has grabado para siempre en la superficie de mi piel blanca.
A veces irrumpes con la fuerza de la agresividad punzante y litigiosa que traspasa mi alma indefensa. Otras, te paseas estilizada y fría, con la perfección distante de los seres inalcanzables. Pero son los días como hoy, cuando la armonía de tus formas consigue la plenitud, cuando mi amor por ti aumenta.
¡Oh! mi letra bonita, mi “f” adorada, la mas completa entre las bellas, la única que es capaz de fundirse en mí, este humilde papel, y construir juntos las palabras mas hermosas: “foro”, “felicidad” y “fantasía”.
A veces irrumpes con la fuerza de la agresividad punzante y litigiosa que traspasa mi alma indefensa. Otras, te paseas estilizada y fría, con la perfección distante de los seres inalcanzables. Pero son los días como hoy, cuando la armonía de tus formas consigue la plenitud, cuando mi amor por ti aumenta.
¡Oh! mi letra bonita, mi “f” adorada, la mas completa entre las bellas, la única que es capaz de fundirse en mí, este humilde papel, y construir juntos las palabras mas hermosas: “foro”, “felicidad” y “fantasía”.
El favorito
Acabo de llegar de la calle donde un temporal de agua helada agita su furia como si odiara a la humanidad. Entrar en casa ha sido como un abrazo materno. Me despojo de lanas y encorsetados y me acurruco en tu blandura tibia. Envuelves mi cuerpo con mimo y lentamente vas destensando las rigideces que se me han ido pegando durante el día. Y entonces me pongo a pensar sobre quién es mi favorito. Me disperso en un barullo de imágenes sin que pueda decidirme por ninguna. Hasta que caigo en la cuenta de que eres tú, siempre tú, mi preferido, aunque el deterioro que recubre tus adentros me obligue a cambiarte de cuando en cuando tu envoltura exterior.
Eres alguien muy especial para mi, no porque seas un tipo excepcional, pero me gusta ese color tuyo, de cereza madura, y ese grueso cordón bicolor con el que intentas inútilmente cuadrangular tu anatomía redondeada.
Te quiero porque eres tú quien recoge mi cansancio nocturno, las tristezas que a veces me clava la vida o la melancolía que me provoca la lluvia en las tardes de algún domingo de encierro.
Es a ti a quien hecho de menos cuando viajo, tras la comida, en esas horas en que el sopor va desterrando lentamente a la vigilia. Es entonces cuando más añoro las ondulaciones suaves de tu particular anatomía, cuando necesito desconectar la mente y solazar mi hechura cansada de patear los caminos de otras ciudades que no son la mía.
Me gusta que seas silencioso, sin ese quejido delator que tus congéneres de piel curtida propagan al aire cuando alguien osa desplomarse indolente sobre ellos.
Sobre tus ondulaciones he planeado viajes, soñado imposibles o urdido venganzas que el amanecer del nuevo día convirtió en perdones. Abrazada a ti he reído y llorado emociones que alguna película me ha colocado en mitad del salón. Juntos hemos soportado dolores musculares, agujetas, torceduras y las fiebres de algún invierno inclemente que me han permitido vaguear sin dejarme instalada la culpa en la conciencia.
Por todo ello, y por algo más que seguramente hoy se me escapa, es por lo que estoy convencida de que eres tú, mi adorado sofá, el rey de mis objetos favoritos.
Eres alguien muy especial para mi, no porque seas un tipo excepcional, pero me gusta ese color tuyo, de cereza madura, y ese grueso cordón bicolor con el que intentas inútilmente cuadrangular tu anatomía redondeada.
Te quiero porque eres tú quien recoge mi cansancio nocturno, las tristezas que a veces me clava la vida o la melancolía que me provoca la lluvia en las tardes de algún domingo de encierro.
Es a ti a quien hecho de menos cuando viajo, tras la comida, en esas horas en que el sopor va desterrando lentamente a la vigilia. Es entonces cuando más añoro las ondulaciones suaves de tu particular anatomía, cuando necesito desconectar la mente y solazar mi hechura cansada de patear los caminos de otras ciudades que no son la mía.
Me gusta que seas silencioso, sin ese quejido delator que tus congéneres de piel curtida propagan al aire cuando alguien osa desplomarse indolente sobre ellos.
Sobre tus ondulaciones he planeado viajes, soñado imposibles o urdido venganzas que el amanecer del nuevo día convirtió en perdones. Abrazada a ti he reído y llorado emociones que alguna película me ha colocado en mitad del salón. Juntos hemos soportado dolores musculares, agujetas, torceduras y las fiebres de algún invierno inclemente que me han permitido vaguear sin dejarme instalada la culpa en la conciencia.
Por todo ello, y por algo más que seguramente hoy se me escapa, es por lo que estoy convencida de que eres tú, mi adorado sofá, el rey de mis objetos favoritos.
Como una línea recta
Mi idea de la perfección es el orden, la puntualidad, las colecciones completas, la pulcritud en los papeles, los perfumes sin estridencias, los sonidos que no son ruido, los sabores neutros, la piel limpia, el aire con 23 º, las horas sin huecos, lo homogéneo, lo simétrico…
En resumen: una monotonía de mierda.
En resumen: una monotonía de mierda.
Caperucita
Cuando Caperucita entró en el cuarto, la abuelita no estaba allí. La puerta y la ventana estaban cerradas. Únicamente halló abierta la boca del enorme cocodrilo de mazapán que le había llevado por Navidad.
99 formas de contar
LA FAMILIA
Somos una familia muy unida. Siempre que tenemos ocasión de comer juntos aprovechamos para contarnos las anécdotas y los problemas que nos preocupan. Hoy por ejemplo, a mi padre, que es abogado, le expulsaron de la Sala por defender a un cliente de forma poco ajustada a la ética del juez de turno. Mi hermano Luis se lamentaba del injusto suspenso que le han puesto en matemáticas. Laura está de morros con su novio; no logran ponerse de acuerdo sobre donde ir de vacaciones. A Carlos le han abollado la moto y le fastidia ir a la facultad en autobús. Mamá hace mucho tiempo que ya no cuenta nada; ni bueno ni malo. Pero hoy, le insistí tanto a que lo hiciera que al final nos dijo: “yo también he tenido un mal día; debe ser cosa de familia; rajé sin darme cuenta los guantes de goma cuando limpiaba el pescado; una pena…, los acababa de estrenar”. Todos callamos. La mirada clavada en el plato de la sopa nos sirvió de refugio momentáneo.
Telegrama
Comida familiar hoy. Componentes intercambiamos información cotidiana. Stop. Padre abogado expulsado juicio. Desacato juez. Stop. Hermano Luis rabioso. Suspenso injusto. Stop. Hermana Laura enfado novio. Desacuerdo lugar vacaciones. Stop. Hermano Carlos moto plaff. Cabreo. Odia autobús. Stop. Madre silenciosa. Hoy habló apenada. Día negro. Rompió guantes goma. No intencionalidad. Stop. Información materna causa silencio generalizado. Stop. Firmado Yo.
Arco Iris
No somos una familia gris. Nos gusta, cuando hay ocasión, comer juntos y pintar el mantel blanco con los colores de nuestra vida cotidiana. Hoy, un juez intransigente puso verde a mi padre, que es abogado, expulsándole de la Sala naranja donde pleiteaba por un cliente. Mi hermano Luis llegó triste y pálido. No entiende el negro suspenso que le han puesto en matemáticas. La falta de acuerdo donde pasar las vacaciones, ha tornado en verdoso el rosado idilio de Laura y su novio. A Carlos le abollaron su moto azul y está rojo de ira por tener que ir a la facultad en el autobús granate. Mamá hace tiempo que no saca sus pinceles. Hoy le insistí tanto para que hablara que al final nos dijo: ¡qué mala suerte!, ciertamente hoy ha sido un día negro para todos. Rajé mis guantes amarillos mientras limpiaba el pescado azul. Una pena…, los acababa de estrenar. Todos callamos ocultando nuestros marrones ojos en la sopa descolorida.
Contrato
En mi casa, a las catorce horas treinta minutos de un día cualquiera.
REUNIDOS:
De una parte, mis padres y hermanos en torno a la mesa del almuerzo familiar.
De la otra, el bagaje cotidiano de los días rellenados.
Ambas partes, con la capacidad de diálogo que manifiestan y se reconocen tener, suficiente para el intercambio de experiencias y emociones, libre y espontáneamente relatan y DICEN:
PRIMERO.- Que mi padre, abogado de profesión, hoy ha sido expulsado del juicio que pleiteaba por no ajustar su exposición a la norma establecida.
SEGUNDO.- Que mi hermano Luis se ha hecho acreedor, en su instituto, de una injusta y ultrajante insuficiencia matemática.
TERCERO.- Que mi hermana Laura ha establecido un desacuerdo temporal con su novio sobre el destino vacacional pactado, sin que por el momento hallan fijado plazo de finalización.
CUARTO.- Que mi hermano Carlos denuncia el destrozo sufrido en su vehículo de motor, obligándole este hecho a desplazarse en transporte urbano a la facultad.
QUINTO.- Que mi madre, últimamente en exceso silenciosa, informa (tras reiteradas peticiones por mi parte a que lo haga) sobre la desafortunada rotura, ajena a su voluntad, de los guantes de caucho que, recientemente estrenados, le eran indispensables en su tarea de limpiar pescado.
SEXTO.- Que todos los participantes diluyen el consiguiente silencio y sus particulares reflexiones, en el caldo templado de la sopa.
Y en prueba de conformidad, firman todos los intervinientes el presente informe cotidiano en el lugar y hora al principio indicados.
Firmado: La Familia.
Somos una familia muy unida. Siempre que tenemos ocasión de comer juntos aprovechamos para contarnos las anécdotas y los problemas que nos preocupan. Hoy por ejemplo, a mi padre, que es abogado, le expulsaron de la Sala por defender a un cliente de forma poco ajustada a la ética del juez de turno. Mi hermano Luis se lamentaba del injusto suspenso que le han puesto en matemáticas. Laura está de morros con su novio; no logran ponerse de acuerdo sobre donde ir de vacaciones. A Carlos le han abollado la moto y le fastidia ir a la facultad en autobús. Mamá hace mucho tiempo que ya no cuenta nada; ni bueno ni malo. Pero hoy, le insistí tanto a que lo hiciera que al final nos dijo: “yo también he tenido un mal día; debe ser cosa de familia; rajé sin darme cuenta los guantes de goma cuando limpiaba el pescado; una pena…, los acababa de estrenar”. Todos callamos. La mirada clavada en el plato de la sopa nos sirvió de refugio momentáneo.
Telegrama
Comida familiar hoy. Componentes intercambiamos información cotidiana. Stop. Padre abogado expulsado juicio. Desacato juez. Stop. Hermano Luis rabioso. Suspenso injusto. Stop. Hermana Laura enfado novio. Desacuerdo lugar vacaciones. Stop. Hermano Carlos moto plaff. Cabreo. Odia autobús. Stop. Madre silenciosa. Hoy habló apenada. Día negro. Rompió guantes goma. No intencionalidad. Stop. Información materna causa silencio generalizado. Stop. Firmado Yo.
Arco Iris
No somos una familia gris. Nos gusta, cuando hay ocasión, comer juntos y pintar el mantel blanco con los colores de nuestra vida cotidiana. Hoy, un juez intransigente puso verde a mi padre, que es abogado, expulsándole de la Sala naranja donde pleiteaba por un cliente. Mi hermano Luis llegó triste y pálido. No entiende el negro suspenso que le han puesto en matemáticas. La falta de acuerdo donde pasar las vacaciones, ha tornado en verdoso el rosado idilio de Laura y su novio. A Carlos le abollaron su moto azul y está rojo de ira por tener que ir a la facultad en el autobús granate. Mamá hace tiempo que no saca sus pinceles. Hoy le insistí tanto para que hablara que al final nos dijo: ¡qué mala suerte!, ciertamente hoy ha sido un día negro para todos. Rajé mis guantes amarillos mientras limpiaba el pescado azul. Una pena…, los acababa de estrenar. Todos callamos ocultando nuestros marrones ojos en la sopa descolorida.
Contrato
En mi casa, a las catorce horas treinta minutos de un día cualquiera.
REUNIDOS:
De una parte, mis padres y hermanos en torno a la mesa del almuerzo familiar.
De la otra, el bagaje cotidiano de los días rellenados.
Ambas partes, con la capacidad de diálogo que manifiestan y se reconocen tener, suficiente para el intercambio de experiencias y emociones, libre y espontáneamente relatan y DICEN:
PRIMERO.- Que mi padre, abogado de profesión, hoy ha sido expulsado del juicio que pleiteaba por no ajustar su exposición a la norma establecida.
SEGUNDO.- Que mi hermano Luis se ha hecho acreedor, en su instituto, de una injusta y ultrajante insuficiencia matemática.
TERCERO.- Que mi hermana Laura ha establecido un desacuerdo temporal con su novio sobre el destino vacacional pactado, sin que por el momento hallan fijado plazo de finalización.
CUARTO.- Que mi hermano Carlos denuncia el destrozo sufrido en su vehículo de motor, obligándole este hecho a desplazarse en transporte urbano a la facultad.
QUINTO.- Que mi madre, últimamente en exceso silenciosa, informa (tras reiteradas peticiones por mi parte a que lo haga) sobre la desafortunada rotura, ajena a su voluntad, de los guantes de caucho que, recientemente estrenados, le eran indispensables en su tarea de limpiar pescado.
SEXTO.- Que todos los participantes diluyen el consiguiente silencio y sus particulares reflexiones, en el caldo templado de la sopa.
Y en prueba de conformidad, firman todos los intervinientes el presente informe cotidiano en el lugar y hora al principio indicados.
Firmado: La Familia.
Yo, en cambio...
Él, siempre duerme a pierna suelta. Yo, en cambio, paso las noches intentando acompasar el tic-tac del reloj con el “agg-psss” de sus ronquidos.
Él, come lo que le place y no recuerda la indigestión. Yo, en cambio, aún dudo si me duele más el estómago que la grasa de las caderas.
Él, no conoce el dolor de cabeza ni distingue el abdomen del tórax. Yo, en cambio, se muy bien donde tengo cada neurona dolorida y cada órgano disfuncionado.
Él, es dueño de una vista amplia y transparente. Yo, en cambio, lo soy de dos cámaras borrosas que cada día me enseñan un mundo más diminuto.
No sé si es rabia, enojo o resentimiento, pero que sus últimos análisis apunten un exceso de colesterol me hace sentir menos rencor.
Él, come lo que le place y no recuerda la indigestión. Yo, en cambio, aún dudo si me duele más el estómago que la grasa de las caderas.
Él, no conoce el dolor de cabeza ni distingue el abdomen del tórax. Yo, en cambio, se muy bien donde tengo cada neurona dolorida y cada órgano disfuncionado.
Él, es dueño de una vista amplia y transparente. Yo, en cambio, lo soy de dos cámaras borrosas que cada día me enseñan un mundo más diminuto.
No sé si es rabia, enojo o resentimiento, pero que sus últimos análisis apunten un exceso de colesterol me hace sentir menos rencor.
Usurpación
Desde el mismo día que nos casamos decidimos, mi marido y yo, que él sería el hombre de la casa y yo la dueña de la misma. Y así nos fue yendo la vida, equilibrada y sin interponerse querella alguna entre ambos puestos de responsabilidad. Hasta que jubilaron a Juan. Decidió, él por su cuenta, que había llegado el momento de mi liberación. Se metió tan a fondo en mi territorio que ahora soy yo la prejubilada. No me deja hacer la compra, “te pesa mucho cariño”, “te engañan, te sisan”, “no aprovechas las ofertas”. Desde que él cocina ha engordado diez kilos y otros tantos llevo yo. Me va pisando los talones por toda la casa, reordenando armarios y repasando cuanto suelo barro o plato friego. Mañana mismo me apunto a clase de gaita, en horario de seis a siete, justo en medio de la de aeróbic y pintura.
Tio Andres
Mi tío Andrés es muy divertido. Como no trabaja nunca, siempre tiene tiempo de jugar conmigo y llevarme por ahí. Tiene treinta años y vive en casa de mis abuelos. Papá dice que es un vampiro, pero yo nunca le vi beber sangre.
Hace una semana nos metimos juntos en una máquina de fotomatón y nos hicimos muchas fotos poniendo caras raras. ¡Qué risa! Pero cuando las estábamos mirando mi tío se puso muy blanco y empezó a temblar. Dijo que estaba un poco malo y que teníamos que ir para casa. Cuando íbamos en el ascensor no paraba de mirarse en el espejo y tocarse la cara, y decía todo el rato: ¡no me veo!…, ¡no me veo!… Luego se desmayó.
Desde ese día no sale de casa y está muy triste. Ya no juega nunca conmigo. Creo que mientras no tome un poco de sangre no va a ponerse bueno.
Hace una semana nos metimos juntos en una máquina de fotomatón y nos hicimos muchas fotos poniendo caras raras. ¡Qué risa! Pero cuando las estábamos mirando mi tío se puso muy blanco y empezó a temblar. Dijo que estaba un poco malo y que teníamos que ir para casa. Cuando íbamos en el ascensor no paraba de mirarse en el espejo y tocarse la cara, y decía todo el rato: ¡no me veo!…, ¡no me veo!… Luego se desmayó.
Desde ese día no sale de casa y está muy triste. Ya no juega nunca conmigo. Creo que mientras no tome un poco de sangre no va a ponerse bueno.
Sarai
Vinimos por el mar, en un barco marrón y verde. Por el día tenía que estar muy callada, y muy quieta, en un cuartito allá abajo del todo. Pero por las noches nos dejaban salir un rato. Pero a mi me daba miedo ver el agua negra. Por la noche el agua del mar es negra, porque el cielo se mezcla con ella y la pone oscura. Luego por el día se vuelve azul. Me gusta más cuando es azul.
Cuando vi el mar por primera vez tuve miedo. Había mucha agua, mucha, y llegaba hasta el final de la raya, una raya muy recta, muy recta. La otra mitad era cielo. La mitad de abajo estaba llena de agua y la mitad de arriba de la raya era cielo. Mientras esperábamos a nuestro barco vimos uno blanco muy grande, colocado encima de la raya. Lo estuvimos mirando mucho rato, pero luego desapareció. Yo pensé que se había caído de la raya, pero no. Los barcos no se caen porque siempre hay más agua, y más allá está Guinea, y la casa de mi abuela. Mamá dice que ahora sí tendré que ir a la escuela. Cuando estaba en Madrid no iba, porque mamá decía que no teníamos papeles. Aunque yo tenía libretas, pero esos papeles no valían. Allí vivíamos solas. Papá no. Papá se murió. Se cayó de la barca y las olas se lo llevaron cuando íbamos a España. Yo no me acuerdo de él, ni de las olas, porque era un bebé, pero papá me quería mucho. Yo me llamo Sarai, pero mamá dice que él me llamaba “granito de café”.
Ahora vivo aquí, en Guinea, en casa de mi abuela, con mis tíos y muchos primos. Hay muchos niños. Todos delgados, y negros, como yo. Pero tienen la tripa más grande que la mía, igual de abultada que la de Sawinia cuando estaba esperando a su bebe. Hablan igual que me hablaba mi mamá a mi cuando estábamos solas allá en Madrid. Lo paso bien aquí, pero la casa me da asco. Hay pocos juguetes y todo está sucio y pegajoso. Y todo huele a leche. Odio la leche. En la casa de mi abuela hay muchas moscas. Odio las moscas. Se posan en la leche que hay por el suelo, por las tazas. Todo es leche, y moscas, muchas moscas. Y mis primos siempre tienen mocos. Verdes y amarillos. Y también se pegan las moscas a los mocos de ellos.
Mamá dice que algún día nos iremos a una casa mas bonita. Limpia y blanca. Y sin escaleras. No me gustan las escaleras de madera, porque se oyen pasos. Por las noches hay pasos de fantasmas. No se ven. Los fantasmas no se pueden ver, pero se oyen los pasos en las escaleras de madera, porque la madera cruje cuando se pisa. Aunque se pise despacio cruje. Y los fantasmas pisan despacio, y no pesan, pero cruje igual. La casa de Madrid tenía escaleras y me daba miedo Cuando mamá volvía por la noche del trabajo se oían las pisadas de ellos. De los fantasmas. Y se metían en el cuarto de mamá, y gemían. Pero mamá decía que no los oía, pero yo sí. Sí que los oía.
Tuvimos que venir a Guinea porque un día uno de los hombres blancos quería acostarse en mi cama. Yo me asusté mucho porque pensé que era un fantasma y grité muy fuerte, y entonces mamá le pegó con una botella. Y había sangre. Mucha sangre. Y yo grité y mamá temblaba mucho. Y el hombre no se movía. Mamá dijo que había que irse muy rápido y en silencio. Y nos fuimos a buscar el barco marrón y verde que nos trajo a Guinea. Y el hombre se quedó allí. Sin moverse. Mamá dijo que dormía.
Cuando vi el mar por primera vez tuve miedo. Había mucha agua, mucha, y llegaba hasta el final de la raya, una raya muy recta, muy recta. La otra mitad era cielo. La mitad de abajo estaba llena de agua y la mitad de arriba de la raya era cielo. Mientras esperábamos a nuestro barco vimos uno blanco muy grande, colocado encima de la raya. Lo estuvimos mirando mucho rato, pero luego desapareció. Yo pensé que se había caído de la raya, pero no. Los barcos no se caen porque siempre hay más agua, y más allá está Guinea, y la casa de mi abuela. Mamá dice que ahora sí tendré que ir a la escuela. Cuando estaba en Madrid no iba, porque mamá decía que no teníamos papeles. Aunque yo tenía libretas, pero esos papeles no valían. Allí vivíamos solas. Papá no. Papá se murió. Se cayó de la barca y las olas se lo llevaron cuando íbamos a España. Yo no me acuerdo de él, ni de las olas, porque era un bebé, pero papá me quería mucho. Yo me llamo Sarai, pero mamá dice que él me llamaba “granito de café”.
Ahora vivo aquí, en Guinea, en casa de mi abuela, con mis tíos y muchos primos. Hay muchos niños. Todos delgados, y negros, como yo. Pero tienen la tripa más grande que la mía, igual de abultada que la de Sawinia cuando estaba esperando a su bebe. Hablan igual que me hablaba mi mamá a mi cuando estábamos solas allá en Madrid. Lo paso bien aquí, pero la casa me da asco. Hay pocos juguetes y todo está sucio y pegajoso. Y todo huele a leche. Odio la leche. En la casa de mi abuela hay muchas moscas. Odio las moscas. Se posan en la leche que hay por el suelo, por las tazas. Todo es leche, y moscas, muchas moscas. Y mis primos siempre tienen mocos. Verdes y amarillos. Y también se pegan las moscas a los mocos de ellos.
Mamá dice que algún día nos iremos a una casa mas bonita. Limpia y blanca. Y sin escaleras. No me gustan las escaleras de madera, porque se oyen pasos. Por las noches hay pasos de fantasmas. No se ven. Los fantasmas no se pueden ver, pero se oyen los pasos en las escaleras de madera, porque la madera cruje cuando se pisa. Aunque se pise despacio cruje. Y los fantasmas pisan despacio, y no pesan, pero cruje igual. La casa de Madrid tenía escaleras y me daba miedo Cuando mamá volvía por la noche del trabajo se oían las pisadas de ellos. De los fantasmas. Y se metían en el cuarto de mamá, y gemían. Pero mamá decía que no los oía, pero yo sí. Sí que los oía.
Tuvimos que venir a Guinea porque un día uno de los hombres blancos quería acostarse en mi cama. Yo me asusté mucho porque pensé que era un fantasma y grité muy fuerte, y entonces mamá le pegó con una botella. Y había sangre. Mucha sangre. Y yo grité y mamá temblaba mucho. Y el hombre no se movía. Mamá dijo que había que irse muy rápido y en silencio. Y nos fuimos a buscar el barco marrón y verde que nos trajo a Guinea. Y el hombre se quedó allí. Sin moverse. Mamá dijo que dormía.
Prejubilado
Se sigue despertando a las cinco de la mañana. Media vida de madrugones le han trastocado el sueño. Se levanta y deambula por la casa con la desoladora certeza de ser un inútil, un estorbo, una maleta abierta en mitad del pasillo tras las vacaciones. Abre el balcón de la sala, se acoda en la barandilla y envuelto en una manta espera que llegue el día. Hace dos años que aguarda así los amaneceres que durante treinta años recibía en la negrura de la mina, mientras compartía humedad, polvo y compañerismo. Aún le desvela no saber en qué empleará el resto de su vida. ¿Qué puede hacer él, si sólo supo arrancarle carbón a las entrañas de la tierra?. A lo largo de la mañana va rellenando las horas de alcohol y recuerdos en la taberna de la esquina. Habla lo justo, come poco y bebe más de lo necesario. A las tres de la tarde hace la siesta y a las cinco abre los ojos sintiendo la boca seca y angustia en el pecho.
Desde que le prejubilaron ya no ha vuelto a despertarse con el cuerpo liviano y el deseo de Marta. Y se repite, como cada día, que mañana no volverá a dormir la siesta.
Desde que le prejubilaron ya no ha vuelto a despertarse con el cuerpo liviano y el deseo de Marta. Y se repite, como cada día, que mañana no volverá a dormir la siesta.
¿Por qué, madre?
Querida madre, tengo miedo. Están ocurriendo cosas extrañas en la casa. Esta noche me encontré en el baño con una mujer joven. Cuando le pregunté quien era y qué hacía allí me dio un beso en la frente y me llevó a la cama. Volví a dormirme convencido de que soñaba.
Pero esta mañana, mientras bajaba en el ascensor, de pronto vi en el espejo a un anciano que me miraba con expresión de asombro, me volví, pero no había nadie. Estaba yo solo. Abandoné tembloroso el ascensor y corrí a tu lado para contártelo, pero tú me dijiste que no eras mi madre, que eras la portera. ¡Estoy muy asustado!
Cuando dejaba el portal, dos vecinas quedaban chismorreando que un tal D. Genaro ya no debería salir sólo a la calle.
¿Quién es D. Genaro madre? Se llama como yo, pero no le conozco.
Pero esta mañana, mientras bajaba en el ascensor, de pronto vi en el espejo a un anciano que me miraba con expresión de asombro, me volví, pero no había nadie. Estaba yo solo. Abandoné tembloroso el ascensor y corrí a tu lado para contártelo, pero tú me dijiste que no eras mi madre, que eras la portera. ¡Estoy muy asustado!
Cuando dejaba el portal, dos vecinas quedaban chismorreando que un tal D. Genaro ya no debería salir sólo a la calle.
¿Quién es D. Genaro madre? Se llama como yo, pero no le conozco.
Mujeres
Supe que mi niña había dejado de serlo, cuando aquella primavera exclamó frente a su armario: «¡Dios mío… no tengo nada que ponerme!»
Ingratitud
Estoy orgulloso. Esta mañana hice un buen trabajo. Cuido mi casa como nadie y cualquiera que se acerque a ella ya sabe lo que le espera (o debería saberlo). Desde pequeño me han enseñado a defender a los míos y hoy no iba a defraudarles. Esta vez fui mas rápido que mi enemigo. ¡Él se lo ha buscado! Ese vecino estaba peligrosamente cerca con su guadaña. Si no llego a estar alerta lo mismo entra en mi propiedad y…, ¡vete tu a saber qué habría pasado! Antes de que se diera cuenta salté la tapia y ¡zas! Vamos, que ese ya no vuelve a usar la guadaña en su vida. Con un poco de suerte tampoco podrá levantarse de la cama en mucho tiempo.
Pero hay algo que no entiendo: ¿qué hago en la perrera municipal? ¿Acaso mis amos no han visto el gran trabajo que hice hoy? Creo que son unos desagradecidos.
Pero hay algo que no entiendo: ¿qué hago en la perrera municipal? ¿Acaso mis amos no han visto el gran trabajo que hice hoy? Creo que son unos desagradecidos.
Erecciones condicionadas
Algo mas de dos años duró mi romance con Teresa. Nos separaban trescientos kilómetros y durante ese tiempo nuestra relación sexual fue exclusivamente telefónica. Su voz dulce, su respiración entrecortada, sus jadeos. Los orgasmos sublimes. Tal era el poder de aquellas llamadas, que nada más sentir el pitido del móvil la excitación era instantánea. Hasta tal punto quedé condicionado, que cuando lo dejamos tuve que cambiar el sonido del teléfono para evitar las erecciones incontrolables que regían mi entrepierna cada vez que alguien llamaba.
Hace tres años que estoy casado con Inés y somos muy felices. Cada noche vuelvo a cambiar el timbre del móvil y pido a mi mujer que lo haga sonar desde el cuarto de al lado. Temo por mis erecciones, pues dice estar harta de tener que llamar cada vez que nos acostamos.
Hace tres años que estoy casado con Inés y somos muy felices. Cada noche vuelvo a cambiar el timbre del móvil y pido a mi mujer que lo haga sonar desde el cuarto de al lado. Temo por mis erecciones, pues dice estar harta de tener que llamar cada vez que nos acostamos.
El golpe
Son las diecinueve cuarenta y cinco, la misma hora de ayer, el mismo instante en que comenzó su pesadilla. Hoy se siente terriblemente cansado, es un cansancio de viejo a pesar de sus cincuenta y tres años. Le pesa el maletín como si llevara piedras dentro. Hace casi treinta años que Justo Manso sube los mismos peldaños, exactamente cuarenta y dos losetas de mármol gris, hollado por mil pisadas juveniles que diariamente transitan por el viejo instituto. “Debería coger el ascensor”, piensa al entrar en su clase en el tercer piso. Lleva media vida intentando despertar en cada generación adolescente la misma inquieta pasión que él siente por las matemáticas, pero nunca ha conseguido aficionar a más de cuatro chicos en cada curso. Son pocos, pero suficientes para sentir que su vida como docente no es sólo una mezquina supervivencia.
Ahora, desde hace ya tres cursos, trabaja en horario de tarde-noche, justo desde que las inquietudes culturales de su mujer se fueron amontonando en ese espacio del día: clases de pintura, inglés, historia…
Cuando entra en la clase sus alumnos están revueltos, mucho más de lo habitual, pero Justo no les oye. Poco a poco el silencio se va adueñando del aire. Nadie les ha mandado callar, pero los chicos intuyen que algo grave le ocurre al profesor. Justo Manso, en total mutismo, mantiene la mirada fija en un punto muy lejano. El aula de ahora está pintada de otro color, hace veintitrés años sus paredes eran azules, como los ojos de Olga. Se fijó en ella cuando entró en clase el primer día de curso, envuelta en su faldita ceñida y su jersey escotado. Parecía tener mas de diecisiete años. Se sentó en la primera fila, cruzó las piernas, sacudió su melena rubia y con gesto sensual le dedicó la sonrisa mas dulce y la mirada mas lujuriosa que a Justo le hubiera lanzado mujer alguna. O así lo percibió él.
Y Manso resistió como pudo las ingeniosas emboscadas con las que Olga le fue acorralando a lo largo de un curso lleno de gestos ardientes y pasión contenida. Hasta que ella finalizó sus estudios en el instituto. Porque si una virtud tenía Manso era la integridad moral que todo profesor ha de mostrar hacia sus pupilos, pero ni esa situación ni los quince años que los separaban pudieron evitar que la deseara mas que a nada en este mundo.
Fue una noche del viaje de fin de curso, en el que Manso iba de profesor-cuidador, cuando Olga picó en su puerta aquejada de un malestar inventado. Apareció frente a él cubierta por un minúsculo camisón blanco señalándose un dolor a la altura del costado izquierdo. Aún se le agita el pecho al recordar la forma como se le colgó del cuello, besándole fogosa, arrinconado tras la puerta, explorando traviesa su torso palpitante.
Y él se dejó hacer.
Se casaron un año mas tarde y no tuvieron hijos, pero nunca los echó en falta porque Olga, a su lado, jamás perdió esa despreocupación infantil con la que viven los niños que se sienten arropados. Y aunque a ella tampoco le interesaban mucho sus lecciones magistrales, siempre lo disimuló mostrando el gesto atento de quien siente avidez por el conocimiento. Y es que Justo nunca supo si lo que más le enamoraba de Olga era su expresión de ingenua sorpresa o sus llamaradas de mujer libidinosa. Y así transcurrieron veinte años felices. Hasta ayer, 23 de febrero de 1981 a las diecinueve cuarenta y cinco en que comenzó a sonar la alarma de incendios atronadora por todo el Instituto. Nadie sabía nada. Se abrían puertas y asomaban cabezas inquisidoras, se oían murmullos y profesores corriendo por los pasillos. Alguien habló de un golpe de estado. Los teléfonos no paraban de sonar. Comenzaron a llegar padres a llevarse a sus hijos. Padres asustados anticipando hambrunas y muerte y chavales alborozados fantaseando con vivir historias de cine. Pero Justo Manso no perdió en ningún momento la calma. Con el gesto pausado y la actitud reflexiva organizó el desalojo del aula. La dirección del centro decidió cerrar sus puertas dos horas antes, más por precaución que por escasez de alumnos.
Ya en la calle, corrió en busca de su mujer que dos calles mas abajo estaría ignorante en su clase de pintura. “No, hoy no ha venido”, le dijeron. Extrañado se dirigió a su casa con la inquietud pintada en el rostro.
Al entrar una música sonaba al fondo del pasillo. La conocía perfectamente, era el Bolero de Ravel. Siguió la trayectoria del sonido que moría en su dormitorio mezclado con el ruido de la ducha. Llamó a Olga, pero no respondió. La cama estaba deshecha y el miedo le atenazó la garganta cuando oyó los gemidos masculinos que salían del cuarto de baño. “Calma…, calma…” se decía mientras miraba a través del espacio que dejaba la puerta mal cerrada. Dos amantes desnudos se entregaban apasionadamente, sin prisa, saboreando cada roce, como si tuvieran el resto de la vida por delante. Observó como el cuerpo de Olga, blanco y suave, se estremecía y ondulaba en la desesperación del placer, el cabello revuelto en la cara y los labios entreabiertos en un largo quejido. No pudo seguir mirando. Una punzada de dolor le atravesó el pecho. Volvió a la calle olvidándose el abrigo. Deambuló por aceras vacías sin sentir el frío que le calaba los huesos.
Regresó a las veintidós treinta. Olga le recibió con la sonrisa inocente y un pescado jugoso sobre la mesa. Y Justo Manso tragó la mitad empujando los bocados con las lágrimas que le corrían por dentro. Y mientras cenaba le contó lo del golpe de estado, y del peligro que se avecinaba. Luego se acostó a su lado en silencio, y al amanecer sus ojos enrojecidos delataban una noche de vigilia, la misma que había tenido la mitad de la población.
Ahora, desde hace ya tres cursos, trabaja en horario de tarde-noche, justo desde que las inquietudes culturales de su mujer se fueron amontonando en ese espacio del día: clases de pintura, inglés, historia…
Cuando entra en la clase sus alumnos están revueltos, mucho más de lo habitual, pero Justo no les oye. Poco a poco el silencio se va adueñando del aire. Nadie les ha mandado callar, pero los chicos intuyen que algo grave le ocurre al profesor. Justo Manso, en total mutismo, mantiene la mirada fija en un punto muy lejano. El aula de ahora está pintada de otro color, hace veintitrés años sus paredes eran azules, como los ojos de Olga. Se fijó en ella cuando entró en clase el primer día de curso, envuelta en su faldita ceñida y su jersey escotado. Parecía tener mas de diecisiete años. Se sentó en la primera fila, cruzó las piernas, sacudió su melena rubia y con gesto sensual le dedicó la sonrisa mas dulce y la mirada mas lujuriosa que a Justo le hubiera lanzado mujer alguna. O así lo percibió él.
Y Manso resistió como pudo las ingeniosas emboscadas con las que Olga le fue acorralando a lo largo de un curso lleno de gestos ardientes y pasión contenida. Hasta que ella finalizó sus estudios en el instituto. Porque si una virtud tenía Manso era la integridad moral que todo profesor ha de mostrar hacia sus pupilos, pero ni esa situación ni los quince años que los separaban pudieron evitar que la deseara mas que a nada en este mundo.
Fue una noche del viaje de fin de curso, en el que Manso iba de profesor-cuidador, cuando Olga picó en su puerta aquejada de un malestar inventado. Apareció frente a él cubierta por un minúsculo camisón blanco señalándose un dolor a la altura del costado izquierdo. Aún se le agita el pecho al recordar la forma como se le colgó del cuello, besándole fogosa, arrinconado tras la puerta, explorando traviesa su torso palpitante.
Y él se dejó hacer.
Se casaron un año mas tarde y no tuvieron hijos, pero nunca los echó en falta porque Olga, a su lado, jamás perdió esa despreocupación infantil con la que viven los niños que se sienten arropados. Y aunque a ella tampoco le interesaban mucho sus lecciones magistrales, siempre lo disimuló mostrando el gesto atento de quien siente avidez por el conocimiento. Y es que Justo nunca supo si lo que más le enamoraba de Olga era su expresión de ingenua sorpresa o sus llamaradas de mujer libidinosa. Y así transcurrieron veinte años felices. Hasta ayer, 23 de febrero de 1981 a las diecinueve cuarenta y cinco en que comenzó a sonar la alarma de incendios atronadora por todo el Instituto. Nadie sabía nada. Se abrían puertas y asomaban cabezas inquisidoras, se oían murmullos y profesores corriendo por los pasillos. Alguien habló de un golpe de estado. Los teléfonos no paraban de sonar. Comenzaron a llegar padres a llevarse a sus hijos. Padres asustados anticipando hambrunas y muerte y chavales alborozados fantaseando con vivir historias de cine. Pero Justo Manso no perdió en ningún momento la calma. Con el gesto pausado y la actitud reflexiva organizó el desalojo del aula. La dirección del centro decidió cerrar sus puertas dos horas antes, más por precaución que por escasez de alumnos.
Ya en la calle, corrió en busca de su mujer que dos calles mas abajo estaría ignorante en su clase de pintura. “No, hoy no ha venido”, le dijeron. Extrañado se dirigió a su casa con la inquietud pintada en el rostro.
Al entrar una música sonaba al fondo del pasillo. La conocía perfectamente, era el Bolero de Ravel. Siguió la trayectoria del sonido que moría en su dormitorio mezclado con el ruido de la ducha. Llamó a Olga, pero no respondió. La cama estaba deshecha y el miedo le atenazó la garganta cuando oyó los gemidos masculinos que salían del cuarto de baño. “Calma…, calma…” se decía mientras miraba a través del espacio que dejaba la puerta mal cerrada. Dos amantes desnudos se entregaban apasionadamente, sin prisa, saboreando cada roce, como si tuvieran el resto de la vida por delante. Observó como el cuerpo de Olga, blanco y suave, se estremecía y ondulaba en la desesperación del placer, el cabello revuelto en la cara y los labios entreabiertos en un largo quejido. No pudo seguir mirando. Una punzada de dolor le atravesó el pecho. Volvió a la calle olvidándose el abrigo. Deambuló por aceras vacías sin sentir el frío que le calaba los huesos.
Regresó a las veintidós treinta. Olga le recibió con la sonrisa inocente y un pescado jugoso sobre la mesa. Y Justo Manso tragó la mitad empujando los bocados con las lágrimas que le corrían por dentro. Y mientras cenaba le contó lo del golpe de estado, y del peligro que se avecinaba. Luego se acostó a su lado en silencio, y al amanecer sus ojos enrojecidos delataban una noche de vigilia, la misma que había tenido la mitad de la población.
Creciendo
Querida Laura, en el cole la seño nos dijo que hoy era el día de San Valentín, y que era la fiesta de los enamorados, los novios y todo eso. Nos dijo que hiciéramos una redacción diciéndole a alguien a quien queremos mucho, que lo queremos. Y por eso yo te escribo a ti, porque eres la persona que más quiero en todo el mundo.
Un día me dijiste que cuando fuéramos grandes viviríamos juntas para siempre, ¿ya no te acuerdas?, pues me lo dijiste, sí, sí que me lo dijiste, y que dormiríamos en la misma cama para hacernos cosquillas y reírnos mucho, y que podríamos acostarnos muy tarde y ver la tele todo el tiempo que quisiéramos, y que comeríamos sólo lo que nos gustase, bueno…, y también un poquito de esas cosas que hay que comer para no ponerse enfermos.
Pero no sé si tú me quieres a mí, porque ayer no me esperaste al salir del colegio y te fuiste con Jorge porque es guapo y tiene el pelo rubio. Y yo no quiero que te hagas su novia. Pero si lo haces…, pues allá tú…, pero que sepas que cuando te cases con él ya no podrás hacer lo que quieras, y te pegará cuando llegue borracho a casa por las noches, como hacen ellos, como hace papá. Y cuando estéis en el cuarto, él te gritará y tú llorarás muchos días. Que yo lo sé, que será así. Y vuestros hijos tendrán mucho miedo.
Yo quiero casarme contigo, porque ahora ya dejan casarse a dos mujeres, que lo vi yo en la tele, y así tendríamos hijos, dos, un niño y una niña, porque hay que tener uno para cada una, y los cuidaríamos muy bien y jugaríamos los cuatro todos los días, y no nos pelearíamos nunca, nunca, nunca.
Y que sepas que los maridos, cuando son maridos ya no dan besos de novio, ni compran flores, que eso sólo lo hacen los novios. Y cuando Jorge sea grande, se pondrá calvo, como su padre, y entonces estará feo, feo. Que lo sepas.
Un día me dijiste que cuando fuéramos grandes viviríamos juntas para siempre, ¿ya no te acuerdas?, pues me lo dijiste, sí, sí que me lo dijiste, y que dormiríamos en la misma cama para hacernos cosquillas y reírnos mucho, y que podríamos acostarnos muy tarde y ver la tele todo el tiempo que quisiéramos, y que comeríamos sólo lo que nos gustase, bueno…, y también un poquito de esas cosas que hay que comer para no ponerse enfermos.
Pero no sé si tú me quieres a mí, porque ayer no me esperaste al salir del colegio y te fuiste con Jorge porque es guapo y tiene el pelo rubio. Y yo no quiero que te hagas su novia. Pero si lo haces…, pues allá tú…, pero que sepas que cuando te cases con él ya no podrás hacer lo que quieras, y te pegará cuando llegue borracho a casa por las noches, como hacen ellos, como hace papá. Y cuando estéis en el cuarto, él te gritará y tú llorarás muchos días. Que yo lo sé, que será así. Y vuestros hijos tendrán mucho miedo.
Yo quiero casarme contigo, porque ahora ya dejan casarse a dos mujeres, que lo vi yo en la tele, y así tendríamos hijos, dos, un niño y una niña, porque hay que tener uno para cada una, y los cuidaríamos muy bien y jugaríamos los cuatro todos los días, y no nos pelearíamos nunca, nunca, nunca.
Y que sepas que los maridos, cuando son maridos ya no dan besos de novio, ni compran flores, que eso sólo lo hacen los novios. Y cuando Jorge sea grande, se pondrá calvo, como su padre, y entonces estará feo, feo. Que lo sepas.
Cogido de tu mano
Fue un amor a primera vista. Me miraste con deseo, oliste y acariciaste mi piel, y supe que sería tuyo para siempre. Me fui a vivir contigo. Antes de que me encontraras, mi vida vegetaba entre la oscuridad de la noche y los fluorescentes del día, monótona, vacía, ¡muerta! Tu me diste una razón para vivir y me enseñaste un mundo que desconocía. Cogido de tu mano recorrí calles, plazas, tiendas y avenidas. Contigo viví gélidas mañanas, alegres mediodías y románticos atardeceres. Y fui envejeciendo feliz a tu lado. Te amaba y me amabas, lo sabía; por eso creía, ingenuo de mi, que lo nuestro sería para siempre. Pero ahora es otro quien acompaña tus días. Lloro a escondidas dentro de un estante de tu armario temiendo ese fatídico día en que me echarás de tu vida para siempre. ¡Ojalá pudiera llorar….! pero no tengo lágrimas. Sólo soy tu viejo bolso de mano con la piel vieja y cuarteada.
Castigos o perversiones
Con sólo catorce años era Carlos el dueño de una perfección corporal digna de un gladiador romano. Asistía a una escuela rural donde un maestro cruel castigaba las fechorías de su alumnado a golpe de latigazos palmares. La escena se repetía a diario: el rebaño en fila aguardaba temeroso su ración de caricias. A algunos les temblaban las piernas, a otros se les secaba la boca y había quien se meaba encima. Pero Carlos, no. Él aparecía a diario en el siniestro desfile, con la sonrisa fría y la serenidad de un paseante. Tras recibir el castigo, todos metían las manos bajo los sobacos intentando aliviar la quemazón . Pero él, no. Cuando le tocaba el turno, ofrecía sus palmas al viejo tutor como la puta ofrece el cuerpo a su pagador. Mantenía los ojos fijos en los del maestro, sin pestañear, sonriendo morbosamente. Cuando terminaban los golpes, metía las manos en los bolsillos, volvía lentamente al asiento, reclinaba la espalda, estiraba las piernas y volvía a sonreír con la satisfacción del que se tumba en la hierva mirando al cielo tras un orgasmo sublime. Aquella actitud dejaba siempre a su verdugo con los ojos enervados, el cuerpo ardiendo y el deseo sin agotar.
Hoy, cuarenta años después, fui a visitarle al hospital a donde la agresividad de sus alumnos le ha vuelto a enviar. Cuando entré dormía plácidamente y sus labios tenían dibujada la misma sonrisa perversa de aquel entonces.
Hoy, cuarenta años después, fui a visitarle al hospital a donde la agresividad de sus alumnos le ha vuelto a enviar. Cuando entré dormía plácidamente y sus labios tenían dibujada la misma sonrisa perversa de aquel entonces.
Angustia intramuscular
Algo punzante atraviesa la infantil garganta de Inés. Está despierta desde las seis de la mañana. Su angustia aumenta según se acerca la hora. Él acaba de llegar, puntualmente a las nueve. Mientras manipula los brillantes artilugios, ella no pude quitar sus ojos de la cajita plateada donde duermen, acunadas entre algodones, la pareja de jeringuillas, agujas de varios tamaños y una pinza dorada.
—Mamá…, ya estoy bien…, ya no me duele la garganta…, te lo juro.
Ninguno la escucha. En el “cazo de las inyecciones” su madre hierve el agua que dejará vírgenes a dos agujas y una de las jeringas.
—Pero…, mamá…, escúchame por favor…, ya estoy sana…
El sonido de la minúscula sierra contra la botellita del inyectable invade sus oídos.
—¿Por qué no tengo saliva en la boca mamá?
Él deja escapar una gota del violento líquido para asegurar la ausencia de aire en la cánula.
—Me duele el pecho mamá. No puedo respirar.
Una lágrima indefensa resbala al compás de la palmada con la que el practicante anestesia la nalga infantil.
—Mamá…, ya estoy bien…, ya no me duele la garganta…, te lo juro.
Ninguno la escucha. En el “cazo de las inyecciones” su madre hierve el agua que dejará vírgenes a dos agujas y una de las jeringas.
—Pero…, mamá…, escúchame por favor…, ya estoy sana…
El sonido de la minúscula sierra contra la botellita del inyectable invade sus oídos.
—¿Por qué no tengo saliva en la boca mamá?
Él deja escapar una gota del violento líquido para asegurar la ausencia de aire en la cánula.
—Me duele el pecho mamá. No puedo respirar.
Una lágrima indefensa resbala al compás de la palmada con la que el practicante anestesia la nalga infantil.
sábado 10 de febrero de 2007
Me necesitas
Cada amanecer te espero fogoso, aguardando impaciente el instante en que tus labios succionen mi esencia. Siempre lo haces, porque me necesitas y me deseas. Te acercas a mi con la expresión soñolienta de los amaneceres cansinos. Cierras los ojos y dejas que mi olor te penetra los sentidos. Me acercas a tus labios con ansia. Me gozas. Me gusta encontrarme así, dentro de tu boca, mientras mi fluido se mezcla con su humedad tibia. Lentamente voy rellenando tus pliegues internos y tus membranas rosadas. Entro como una cascada en tu corriente sanguínea. Navegamos juntos y siento como mi fuego aviva tus emociones. Te hago feliz. Por eso sé que nunca podrás vivir sin mi, sin tu amado café de la mañana.
lunes 5 de febrero de 2007
Patria potestad
—¿Diga?
—Jorge, soy papá ¿qué tal estas hijo?
—¡Holaaa papáaa!, que bien…
—Que contento estás, ¿eh?
— Si. ¿Vendrás este fin de semana a buscarme?
—No hijo. Me han surgido problemas. En otra ocasión, ¿vale?
—Siempre dices lo mismo. Me lo habías prometido.
—Ya lo se hijo. No llores. Te prometo que iré a buscarte muy pronto. Bueno…, ¿y que tal tu madre?, ¿sigue saliendo con ese tipo?
—Si. Pero, ¿cuándo vendrás?, ¿qué día?
—Pronto hijo, pronto. Pero dime, ¿el tipo ése está ahora ahí, en casa?
—Si.
—Pero, ¿qué pasa, se va a quedar a dormir ahí?
—Si. Pero, ¿cuándo vendrás?
—¿Cuántas veces ha dormido ahí?
—Muchas. Va a vivir aquí.
—¡¿Cómo?, ¿que va a vivir ahí?!
—Si. Es un mierda, y mamá me ha castigado porque no quise obedecerle.
—¡¿Cómo?, ¿por desobedecerle?!
—Si.
—Deja ya de llorar hijo, que ya tienes 10 años. Escúchame. Que no me entere yo que obedeces a ese imbécil. Sólo debes obedecerme a mí, que para eso soy tu padre. Ese tipejo no es nadie para darte órdenes, ¿me has entendido?
—Si papá. Pero, ¿cuándo me voy contigo?
—Pronto hijo, pronto. Dile a tu madre que se ponga inmediatamente.
—Mamá dice que no tiene nada que hablar contigo. Pero, ¿cuándo es pronto?, ¿qué día?
—No seas pesado Jorge, por favor, ya te lo diré. Venga, dile a tu madre que se ponga.
—Pero…, papá…, ¿cuándo….?
—Jorge, soy papá ¿qué tal estas hijo?
—¡Holaaa papáaa!, que bien…
—Que contento estás, ¿eh?
— Si. ¿Vendrás este fin de semana a buscarme?
—No hijo. Me han surgido problemas. En otra ocasión, ¿vale?
—Siempre dices lo mismo. Me lo habías prometido.
—Ya lo se hijo. No llores. Te prometo que iré a buscarte muy pronto. Bueno…, ¿y que tal tu madre?, ¿sigue saliendo con ese tipo?
—Si. Pero, ¿cuándo vendrás?, ¿qué día?
—Pronto hijo, pronto. Pero dime, ¿el tipo ése está ahora ahí, en casa?
—Si.
—Pero, ¿qué pasa, se va a quedar a dormir ahí?
—Si. Pero, ¿cuándo vendrás?
—¿Cuántas veces ha dormido ahí?
—Muchas. Va a vivir aquí.
—¡¿Cómo?, ¿que va a vivir ahí?!
—Si. Es un mierda, y mamá me ha castigado porque no quise obedecerle.
—¡¿Cómo?, ¿por desobedecerle?!
—Si.
—Deja ya de llorar hijo, que ya tienes 10 años. Escúchame. Que no me entere yo que obedeces a ese imbécil. Sólo debes obedecerme a mí, que para eso soy tu padre. Ese tipejo no es nadie para darte órdenes, ¿me has entendido?
—Si papá. Pero, ¿cuándo me voy contigo?
—Pronto hijo, pronto. Dile a tu madre que se ponga inmediatamente.
—Mamá dice que no tiene nada que hablar contigo. Pero, ¿cuándo es pronto?, ¿qué día?
—No seas pesado Jorge, por favor, ya te lo diré. Venga, dile a tu madre que se ponga.
—Pero…, papá…, ¿cuándo….?
sábado 3 de febrero de 2007
Sinuosidades
—¡Ay!
—¿Qué te pasa? —pregunto sobresaltado.
—Nada, nada, es mi pelo. Es que si te apoyas sobre él me atirantas las raíces y me haces daño —responde Sofía con una sonrisa.
—Oh, perdona, no me había dado cuenta.
Apoyo los codos fuera de su melena y reanudo el vaivén mientras le chupo una oreja.
—¡Uh…¡, ¡Ah…!
—¡¿Qué?!
—Nada, nada, es que me haces cosquillas y no puedo concentrarme.
—Ah, perdona, no lo sabía.
Olvido la oreja y vuelvo a reanudar los envites mientras beso ardoroso su cuello delgado.
—¡Ay!, cielo, ten cuidado, no vayas a dejarme un moratón —me separa nerviosa.
—Tranquila, nenita, que no soy ningún vampiro.
—Ya, ya, pero lo mismo te emocionas y luego ya no hay remedio — me arenga limpiándose la humedad que le dejó mi boca.
La desmonto y me tiendo a su lado mirando al techo.
—Te has enfadado.
—No.
—Sí. Te has enfadado.
—Que no, que no estoy enfadado.
—Sí, sí que lo estas. Lo sé —ronronea mimosa mientras juguetea con mis pezones.
—No cielo, pero es que me desinflas continuamente. Siempre dices que necesitas más tiempo de caricias pero no sé por donde he de tocarte. Pareces una mantequilla.
—Perdona —susurra manoseando mi sexo que ladea a media hasta.
Me levanto y entro en el baño. Abro la ducha y dejo que el agua arrastre lo que queda de mis ganas. Cuando vuelvo a la cama la encuentro aún desnuda, insinuándose mimosa, pero yo sólo quiero dormir. La beso en la frente, le deseo un fraternal “buenas noches” y me acuesto dándole la espalda.
—No tengo sueño, tesorín —dice besuqueandome el hombro derecho.
—Pues no sé, cielo, ve al salón a leer un rato.
—No quiero leer. Quiero…, quiero… —su índice recorriendo sinuoso mi cintura.
—¿Qué?, ¿qué quieres hacer?, estoy cansado, cariño.
—Hace un rato no estabas cansado —responde con pucherito infantil
—Ya, pero ahora es muy tarde. Mañana he de madrugar —le digo arropándome hasta la nuca.
—Venga, hombre, pero si tu no tienes que hacer nada. Lo haré yo. Tú sólo déjate, ¿vale? —me dice con voz sensual arrancándome la sábana.
Miedo me da, pero la dejo hacer, como siempre.
Me coloca boca arriba y comienza a chuperretear mi cuello y mis orejas, yendo de una a la otra, observando en cada cambio si hay alguno en mi entrepierna. Yo sigo impasible y rígido como un bloque de hielo. Se afana entonces en mi boca, la lengua, el pecho, la hondonada de mi ombligo. Yo empiezo a flaquear. El pulso vuelve a descontrolarse y mi bandera a hondear orgullosa.
Ya ha tomado posesión de mi piel y de mi embolo. Sonríe victoriosa y cual amazona enfebrecida, agarra el mando y me galopa con su melena al viento, moviendo las caderas, mordisqueando convulsa mi hombro.
—¡Ay!
—¿Qué?
—Cielo, cuidado, que me devoras — le suplico.
—Calla, calla, déjame hacer —vuelve a repetir ignorando mi dolor.
Todo yo soy cabalgado, espoleado, absorbido por el ansia devoradora. Siento que muero, pero el placer me anestesia, me abrasa. Y entonces me dejo, me dejo, me dejo... Hasta que suenan rítmicos golpes en el cabecero de la cama: ¡Dios, es mi cabeza!
—Cielo, cielo, me estás matando —le digo con voz ahogada.
—Um, lo sé. ¿Te gusta, eh?
—Sí, sí. No. No. Sí, pero…, ¡oh, cielo, cielo…!
Mis jadeos la enervan más. Clava las uñas en mi hombro y yo casi agonizo. Saltan lágrimas de placer desesperado, sudo, me agito, jadeo, me agoto.
Y mientras sus mordiscos provocan agitaciones y un seísmo alborota mi carne magullada, pierdo el control del misil.
—¡Me muero! — claman sus labios justo cuando el cuerpo le estalla, se desintegra todo y a sacudidas me vacío en su interior.
No puedo moverme. Cierro los ojos y la siento acurrucarse mimosa sobre mi pecho mientras suspira feliz:
—Ha sido glorioso, ¿verdad cielin?
No puedo contestar. Me siento como un resorte roto
—¿Estas bien? —pregunta separándose un poco.
—No tengo palabras —respondo.
Se incorpora, enciende un cigarrillo y observa mi imagen: la cabeza desmayada, la boca entreabierta, las pupilas absortas y el pecho palpitante.
Abro los ojos y encuentro su mirada vencedora. Sigo sin poder moverme. Noto como un hilo de sangre va empapando la almohada. Estoy asustado, temo que esta vez no sea suficiente ponerme otra tirita.
—¿Qué te pasa? —pregunto sobresaltado.
—Nada, nada, es mi pelo. Es que si te apoyas sobre él me atirantas las raíces y me haces daño —responde Sofía con una sonrisa.
—Oh, perdona, no me había dado cuenta.
Apoyo los codos fuera de su melena y reanudo el vaivén mientras le chupo una oreja.
—¡Uh…¡, ¡Ah…!
—¡¿Qué?!
—Nada, nada, es que me haces cosquillas y no puedo concentrarme.
—Ah, perdona, no lo sabía.
Olvido la oreja y vuelvo a reanudar los envites mientras beso ardoroso su cuello delgado.
—¡Ay!, cielo, ten cuidado, no vayas a dejarme un moratón —me separa nerviosa.
—Tranquila, nenita, que no soy ningún vampiro.
—Ya, ya, pero lo mismo te emocionas y luego ya no hay remedio — me arenga limpiándose la humedad que le dejó mi boca.
La desmonto y me tiendo a su lado mirando al techo.
—Te has enfadado.
—No.
—Sí. Te has enfadado.
—Que no, que no estoy enfadado.
—Sí, sí que lo estas. Lo sé —ronronea mimosa mientras juguetea con mis pezones.
—No cielo, pero es que me desinflas continuamente. Siempre dices que necesitas más tiempo de caricias pero no sé por donde he de tocarte. Pareces una mantequilla.
—Perdona —susurra manoseando mi sexo que ladea a media hasta.
Me levanto y entro en el baño. Abro la ducha y dejo que el agua arrastre lo que queda de mis ganas. Cuando vuelvo a la cama la encuentro aún desnuda, insinuándose mimosa, pero yo sólo quiero dormir. La beso en la frente, le deseo un fraternal “buenas noches” y me acuesto dándole la espalda.
—No tengo sueño, tesorín —dice besuqueandome el hombro derecho.
—Pues no sé, cielo, ve al salón a leer un rato.
—No quiero leer. Quiero…, quiero… —su índice recorriendo sinuoso mi cintura.
—¿Qué?, ¿qué quieres hacer?, estoy cansado, cariño.
—Hace un rato no estabas cansado —responde con pucherito infantil
—Ya, pero ahora es muy tarde. Mañana he de madrugar —le digo arropándome hasta la nuca.
—Venga, hombre, pero si tu no tienes que hacer nada. Lo haré yo. Tú sólo déjate, ¿vale? —me dice con voz sensual arrancándome la sábana.
Miedo me da, pero la dejo hacer, como siempre.
Me coloca boca arriba y comienza a chuperretear mi cuello y mis orejas, yendo de una a la otra, observando en cada cambio si hay alguno en mi entrepierna. Yo sigo impasible y rígido como un bloque de hielo. Se afana entonces en mi boca, la lengua, el pecho, la hondonada de mi ombligo. Yo empiezo a flaquear. El pulso vuelve a descontrolarse y mi bandera a hondear orgullosa.
Ya ha tomado posesión de mi piel y de mi embolo. Sonríe victoriosa y cual amazona enfebrecida, agarra el mando y me galopa con su melena al viento, moviendo las caderas, mordisqueando convulsa mi hombro.
—¡Ay!
—¿Qué?
—Cielo, cuidado, que me devoras — le suplico.
—Calla, calla, déjame hacer —vuelve a repetir ignorando mi dolor.
Todo yo soy cabalgado, espoleado, absorbido por el ansia devoradora. Siento que muero, pero el placer me anestesia, me abrasa. Y entonces me dejo, me dejo, me dejo... Hasta que suenan rítmicos golpes en el cabecero de la cama: ¡Dios, es mi cabeza!
—Cielo, cielo, me estás matando —le digo con voz ahogada.
—Um, lo sé. ¿Te gusta, eh?
—Sí, sí. No. No. Sí, pero…, ¡oh, cielo, cielo…!
Mis jadeos la enervan más. Clava las uñas en mi hombro y yo casi agonizo. Saltan lágrimas de placer desesperado, sudo, me agito, jadeo, me agoto.
Y mientras sus mordiscos provocan agitaciones y un seísmo alborota mi carne magullada, pierdo el control del misil.
—¡Me muero! — claman sus labios justo cuando el cuerpo le estalla, se desintegra todo y a sacudidas me vacío en su interior.
No puedo moverme. Cierro los ojos y la siento acurrucarse mimosa sobre mi pecho mientras suspira feliz:
—Ha sido glorioso, ¿verdad cielin?
No puedo contestar. Me siento como un resorte roto
—¿Estas bien? —pregunta separándose un poco.
—No tengo palabras —respondo.
Se incorpora, enciende un cigarrillo y observa mi imagen: la cabeza desmayada, la boca entreabierta, las pupilas absortas y el pecho palpitante.
Abro los ojos y encuentro su mirada vencedora. Sigo sin poder moverme. Noto como un hilo de sangre va empapando la almohada. Estoy asustado, temo que esta vez no sea suficiente ponerme otra tirita.
El otro lado de la cama
Muchas noches cuando estamos en la cama, con la luz apagada y en silencio, empiezo a notarte inquieto. Das cuatro o cinco vueltas intentando acomodar tu postura. Respiras profundamente. Sin palabras, te vas acercando a mi cuerpo hasta que una de tus manos encuentra mi pecho. Sigues sin decir nada y yo callo también dejándome hacer. Nos abrazamos. Sin apenas darnos cuenta encontramos en la desnudez del otro la piel encendida nublando nuestra conciencia. Seguimos en silencio mientras usas mi hondura como recipiente donde vaciar la pasión que provocó en ti la otra. Yo me adueño de tu entrega y te devuelvo el mismo fuego que otros ojos y otra boca encendieron. Luego, cuando los latidos acelerados van perdiendo intensidad, deshacemos nuestro abrazo y dejamos la mirada perdida en algún punto inexistente, más allá del techo de nuestro dormitorio, donde otros brazos nos envuelven con ternura.
Guiños de semáforo
Llueve y un semáforo en rojo me detiene el paso. Mientras aguardo, observo a una pareja joven que espera al otro lado de la calle. No llevan paraguas y el chico cubre las cabezas de ambos con su anorak a modo de toldo. Ella parece contarle algo muy concentrada, gesticulando con la mano que le deja libre su carpeta. Él, que la observa en silencio, de repente la empieza a besar. La chica, con gesto azorado, se queda muda y mira al suelo. En ese instante, mi memoria abre su pantalla para hacer presente un recuerdo:
Es noviembre y estamos en una esquina desierta resguardados de la lluvia al salir de clase. Yo le hablo de combinatorias y derivadas sin parar. Juan me mira fijamente y sin decir una palabra me besa la primera vez. Es un beso que me coge por sorpresa. Ni siquiera puedo responder. Se aleja un poco para mirarme. Yo, aturdida, miro hacia no sé donde, desconcertada, como perdida. Indefensa. Busco en mi mente algo con que comparar lo que siento. En medio del caos mío él me vuelve a besar. Otro beso, y otro más, toda una batería de besos más, que me envuelven, me aturullan…
Cuando se separa de mi boca me oigo pronunciar: “no vuelvas a hacer eso”. Lo digo así, bajito, casi sin pensar. Y él me responde: “perdón, no lo pude evitar”. Me sonríe pícaramente y me vuelve a besar. Una, dos, diez o quince veces más. No nos da tiempo a respirar. Yo me abandono en sus brazos, destensando mi columna vertebral. Sus manos recorren mi espalda sin cesar. Yo cierro los ojos. Le oigo respirar. Me aprieta en su pecho y yo, sin escapatoria, me dejo, me dejo, me dejo… No puedo más.
Se abre el semáforo. Suspiro y vuelvo a la realidad. Me cruzo con la parejita en mitad del camino. Ella sonríe. Él la vuelve a besar.
Es noviembre y estamos en una esquina desierta resguardados de la lluvia al salir de clase. Yo le hablo de combinatorias y derivadas sin parar. Juan me mira fijamente y sin decir una palabra me besa la primera vez. Es un beso que me coge por sorpresa. Ni siquiera puedo responder. Se aleja un poco para mirarme. Yo, aturdida, miro hacia no sé donde, desconcertada, como perdida. Indefensa. Busco en mi mente algo con que comparar lo que siento. En medio del caos mío él me vuelve a besar. Otro beso, y otro más, toda una batería de besos más, que me envuelven, me aturullan…
Cuando se separa de mi boca me oigo pronunciar: “no vuelvas a hacer eso”. Lo digo así, bajito, casi sin pensar. Y él me responde: “perdón, no lo pude evitar”. Me sonríe pícaramente y me vuelve a besar. Una, dos, diez o quince veces más. No nos da tiempo a respirar. Yo me abandono en sus brazos, destensando mi columna vertebral. Sus manos recorren mi espalda sin cesar. Yo cierro los ojos. Le oigo respirar. Me aprieta en su pecho y yo, sin escapatoria, me dejo, me dejo, me dejo… No puedo más.
Se abre el semáforo. Suspiro y vuelvo a la realidad. Me cruzo con la parejita en mitad del camino. Ella sonríe. Él la vuelve a besar.
No te lo dije

No te lo dije, pero ayer, en la playa, mientras paseaba frente a la orilla, he visto a un hombre perfecto, majestuosamente perfecto. Así, al natural, sin engañifas publicitarias ocultando impurezas. Caminaba frente a mi, con el paso firme y la mirada en el horizonte. Era alto, atlético, armónico en las proporciones, de ojos grandes y mandíbulas cuadradas, con la piel brillante cubriendo una musculatura sinuosa, allí donde la naturaleza dicta que han de dibujarse las ondulaciones masculinas. Compartí por un segundo su mismo aire al cruzarnos, y cuando me rebasó su sombra, lo miré por detrás y pude comprobar que su anatomía posterior compartía igual belleza. Lo seguí con la mirada mientras se alejaba, erguido sin esfuerzo, con la naturalidad acostumbrada de los dioses. Y pensé en ti. Pero no te lo dije.
Te comparé con él, con cada una de sus partes. Cerré los ojos y visualicé tus piernas de cowboy, tu mirada triste y tu anatomía gomosa de alpargata vieja. Pero no te lo dije.
Luego me percibí, a su lado, como un defecto de la naturaleza, con mi piel lechosa y mis caderas infantiles. Y miré alrededor a todos los demás imperfectos que violábamos la arena con nuestras envolturas imperfectas. Volví a pensar en ti y fui feliz al comprobar, una vez mas, cuan ciego es el corazón. Pero no te lo dije.
Y esta mañana, al salir de la ducha, y mientras buscabas aún soñoliento la toalla me acerqué a besar tus labios húmedos. Enredé mis dedos en el bello de tu pecho hasta encontrar el botón de tus pezones morenos y sentí…, tu pasión apretándose en mi pubis. Miré tus ojos chiquitos cuando tus manos descendieron por la curvatura de mi espalda y te adoré, una vez mas. Pero no te lo dije.
Te comparé con él, con cada una de sus partes. Cerré los ojos y visualicé tus piernas de cowboy, tu mirada triste y tu anatomía gomosa de alpargata vieja. Pero no te lo dije.
Luego me percibí, a su lado, como un defecto de la naturaleza, con mi piel lechosa y mis caderas infantiles. Y miré alrededor a todos los demás imperfectos que violábamos la arena con nuestras envolturas imperfectas. Volví a pensar en ti y fui feliz al comprobar, una vez mas, cuan ciego es el corazón. Pero no te lo dije.
Y esta mañana, al salir de la ducha, y mientras buscabas aún soñoliento la toalla me acerqué a besar tus labios húmedos. Enredé mis dedos en el bello de tu pecho hasta encontrar el botón de tus pezones morenos y sentí…, tu pasión apretándose en mi pubis. Miré tus ojos chiquitos cuando tus manos descendieron por la curvatura de mi espalda y te adoré, una vez mas. Pero no te lo dije.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

