viernes, 4 de septiembre de 2015

AGEUSIA, mi premio de humor

El pasado 31 de agosto me han concedido el 1º Premio y único, del XXIII Concurso de Prosa Los Molinos 2015 organizado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento Los Molinos de Madrid. El relato debía ser de humor, así que allá que se fue a concursar mi relato "Ageusia". La palabreja del título, si bien es técnica, no deja de tener su puntito jocoso.
Quiero agradecer desde aquí al jurado y organización que lo han considerado merecedor de tan prestigioso certamen. Ver aquí
Espero que lo disfrutéis.


AGEUSIA

Inocente, señoría, claro que me declaro inocente.

Sí, sí, entiendo que los vecinos oyeran golpes y gritos, pero no vieron lo que pasó. Mi marido y yo jamás nos hemos peleado. Bueno, peleado, peleado, sí, ya sabe usted, como todos los matrimonios, pero mi Pepe jamás me puso la mano encima. ¡Ni yo a él!

¿Qué mi suegra lo vio? ¡Menuda bruja! Ella no vio nada, sólo malinterpretó la escena final, porque la culpa de todo la tuvo mi Ageusia.

No, no, la Ageusia no es ninguna persona, es la pérdida del sentido del gusto. Viene provocada por la Anosmia que…

Ah, tampoco sabe qué es. Pues es la pérdida del olfato. Se fueron los dos a la vez, allá por marzo de hace dos años, tras una gripe que…

Ya, ya voy al grano, pero es que es por eso que empezó todo. A mi me gusta mucho el chocolate, ¡lo que más en la vida! Bueno, lo que más me gustaba, porque desde entonces no me sabe. Quiero decir que no me sabe rico, ¿sabe usted? ¡Es terrible! ¿Se imagina frente a su plato favorito, salivando la exquisitez que ya conoce, y al meter el primer bocado resulta que le sabe a tierra? ¡Qué chasco, eh! Pues así es mi vida. Y será así para siempre, siempre, siempre… Eso me dijo el médico después de mil pruebas.

Ya, ya, le entiendo, señor juez, pero esto sí es “pertinente”, como dice usted. Si no cuento el inicio no le va a encajar la historia. Sigo:
Todo comenzó un día en que mi prima Encarni me dijo que ella compraba un chocolate artesano, riquísimo, riquísimo. Caro, eso sí, pero exquisito, y que a lo mejor al ser tan superbueno, podía saborearlo a pesar de mi Ageusia. Por lo visto se lo había recomendado su amiga Loly que es muy sibarita ella y…

Vale, vale, perdone. Ya me centro.
Pues bien, al día siguiente mi marido y yo fuimos a la tienda a buscar el famoso chocolate, pero no tenían el que me había dicho Encarni. Tenían otro que era ¡el no-va-más: ochenta por ciento de cacao puro —nos dijo la dependienta—, con el que hacen los bombones las mejores confiterías!”. Yo dudaba si comprarlo o no, porque aquella maravilla sólo la hacían en tabletas de kilo y medio. Cogí aquel lingote en la mano y pregunté a mi Pepe: “¿No es mucho chocolate sólo para probar si me sabe? Pero él dijo todo animoso: “Qué más da, chatina, si no te gusta hacemos unos bombones y ya los como yo”.
La tienda estaba a tope de gente y la chica apremiaba con la bolsita de plástico preparada, así que nos lo llevamos. Luego casi me da un patatús cuando nos dijo el precio: ¡quince eurazos!

Ya, si, perdón, tiene razón, que importa lo que costó. Sigo:
Ya fuera, a pocos metros de la tienda, no pudimos aguantar las ganas de darle un bocado, así que en mitad de la calle, sacamos la tableta, abrimos el envoltorio por una esquinita y como dos ratones sobre el mismo queso fuimos intentando morderlo en bloque. ¡Imposible arrancar un trozo! ¡Era una roca! Nuestros dientes resbalaban por él haciéndole surcos y llenándolo de babas sin pillar suficiente cantidad para catarlo. Fuimos corriendo a casa, ansiosos, yo, de frente a la cocina sin ni siquiera quitarme el abrigo. ¡Le tenía unas ganas!

No, no. Mi suegra no estaba en casa cuando llegamos con el chocolate. Llegó después. ¡Por eso se lió todo!

Como le decía, al llegar a casa lo desenvolví entero y me puse a cortar un trozo con el cuchillo de serrucho, uno que me aseguraron cuando lo compré que hasta cortaba clavos. ¡Nada! Entonces agarré el machete de cortar el pollo, puse el chocolate sobre la tabla de madera y le arreé un par de machetazos. Sólo conseguí que saltaran pequeñas salpicaduras que ni se encontraban en la boca. Fue en ese momento que me dio por pedirle ayuda a mi marido. Reconozco que fue mi culpa, porque mi Pepe no es nada mañoso, y además no piensa antes de actuar, ¿sabe usted?, él va de frente a aporrear lo que sea. Pero ese día le dio por pensar, así que tras observar la tableta un rato me dijo: “Tráeme la caja de herramientas”. Obedecí. Sacó unos alicates medio roñosos y los estuvo abriendo y cerrando un rato para aflojarlos. A punto estuve de preguntarle si pensaba hacerle la manicura a la tableta con aquel corta-cables, pero no dije ni pío. Allí estuvo pellizcándola hasta que se cansó. Entonces le dije que era mejor que utilizara las tenazas, y él dijo que lo que tenía en la mano eran tenazas. ¡Ahí no me pude callar! Le grité que lo que tenía en la mano eran unos alicates. Y él que no, que “¿Qué sabréis las mujeres lo que son unas tenazas?”. Un cabezón, oiga, porque, ¡anda si no sabré yo diferenciarlas! Vamos, aquellas herramientas eran ya de mi abuelo, que era un manitas y cuando era niña él me dejaba usarlas y…

Vale, vale… no me alargo más, pero que conste que yo sí sé diferenciar perfectamente unas tenazas de unos alicates, y él ni idea. Sigo:
Me dio la razón como a los locos y cogió las tenazas. ¡Imposible abarcar aquel mamotreto! Al final me pidió la llave grifa. Como me vio con cara de interrogación añadió con gesto de suficiencia: “Sí, cariñin, esas otras te-na-zas de piquitos que…” ¡Dios…, me apetecía abofetearle! Le di la grifa porque sé perfectamente como es. Y allí estuvo otro rato el infeliz intentando ajustar la apertura al taco de chocolate. Cuando lo tuvo al fin bien sujeto, se quedó mirándolo un buen rato. Entonces le pregunté, ya un poco caldeada: “¿Y qué?, ¿ahora que ya sabes que no se te puede escapar, que vas a hacer con él, eh?”. Me respondió: “Calla, estoy pensando”. Yo ya estaba de los nervios y acalorada, porque aún seguía con el abrigo puesto. Al fin dijo: “Dame el martillo”. Me entró un escalofrío… Le dije: “¡Ay madre, Pepín del alma!, ¿qué vas hacer con él? A ver si rompes la meseta de granito y la liamos…”.
Ni me escuchó. Empezó a dar encima de la llave sin atinar ni una vez. Todos los golpes caían atravesados tumbando la herramienta de un lado a otro haciendo que el chocolate resbalara sobre la tabla y ésta sobre la meseta, pero ni un rasguño, oiga, aquel chocolate parecía de acero. Entonces le dio como una ventolera, soltó la llave grifa y, ¡pum-pum-pum!, a martillazo limpio. Estaba como enfebrecido, con los ojos brillantes, ¡como fuera de si! Volaban lascas  por todas partes y mientras yo le suplicaba: “¡Deja, deja, ya es suficiente, por dios santo, Pepe, cálmate!”, él maldecía a grito pelado: “¡Puto chocolate de los cojones, conmigo no vas a poder!”
Cuando al fin logré detenerle, le rogué que saliera de la cocina para que se tranquilizara porque ya le digo que estaba como enloquecido. Me quité el abrigo, bebí un vaso de agua y ya más sosegada fui recolectando aquí y allá trocitos de aquel manjar, los metí en la boca, cerré los ojos y… ¡vaya chasco! ¡No me sabían a nada! Bueno, sí, a madera, como el resto de los chocolates.

Vale, vale, entiendo perfectamente que no le importe si me sabe o no, perdone usted. Retomo:
Tras la prueba final, era el momento de recoger y limpiar aquel desastre. Las salpicaduras de chocolate se pegaban a la bayeta, a la escoba, ¡a todo!, como un hollín de chimenea o un trozo de lápiz de labios. Bueno, usted no lo sabe porque es hombre, pero cuando se cae un trozo de barra de labios si se intenta limpiar se expande y se expande hasta el infinito. ¡Pues igual! Cuando terminé con el suelo me puse a limpiar toda aquella artillería. ¿Sabía usted que esas herramientas tienen unas ranuritas? Pues sí, tienen unas ranuritas por las que se había metido el chocolate y por más que les daba con el estropajo verde no se iba. Al final tuve que usar un palillo e ir ranurita a ranurita. ¡Dios!, ¿pero cómo podía ser tan duro y pegajoso a la vez?
En esas estaba cuando entró mi marido para ayudarme a limpiar, y como el suelo aún estaba mojado, resbaló. Yo quise sujetarle, pero como en ese momento tenía las malditas tenazas en la mano, no sé qué pasó, pero fueron directas a su cabeza y, ¡plaf!, se me desplomó como una marioneta.
Mi Pepe no se movía, y yo tampoco. Me quedé paralizada, estrujando las tenazas y  mirándole desde arriba con la mente bloqueada. No podía pensar, ¿sabe usted?, se me había puesto como un hueco vacío en la cabeza, como si se me hubiera ido todo lo que tenemos dentro y me hubiera quedado nada más que el cascarón donde está agarrado el pelo.
Fue en ese momento cuando apareció mi suegra por la puerta.
Ya se puede imaginar la escena que halló: a su hijo, inconsciente en el suelo, y a su nuera, desmelenada y roja, con el arma en la mano. Empezó a gritarme: “¡Asesina, asesina, que me lo has matado, Dios mío, que me lo has matado!” Salió con las manos en la cabeza pidiendo socorro a los vecinos como una loca.
Poco a poco se me fue rellenando de nuevo la cabeza y me agaché a socorrer a mi pobre marido que no reaccionaba. Le di masajes en el pecho: nada. Cogí un tazón con agua y se lo lancé a la cara con fuerza, ¡plaf!, como hacen en las películas, que siempre se despiertan de golpe con esa táctica, pero nada, mi Pepe seguía inmóvil. Puse mi oreja en su pecho a ver si latía. ¡Latía, virgencita mía, latía! Me eché a llorar y salí también corriendo a pedir auxilio a los vecinos. Pero ya entraban en tropel los de enfrente y los de arriba con mi suegra encabezando el piquete para inmovilizarme.
Y ya fue cuando llamaron a la Policía.

Ya, ya sé que no tengo testigos, sólo a mi pobre Pepe, pero como sigue en el hospital, con la consciencia en la inopia… Pero prueba del delito sí que tengo: el chocolate.


Celsa Muñiz Diez
1º Premio en  el XXIII Concurso de prosa Los Molinos 2015. Madrid




domingo, 5 de julio de 2015

Mi premio Martin Gaite

El pasado 30 de junio 2015, mi relato “Entre senos y cosenos” recibe el 1º Premio del  XIV Certamen Literario de Relatos Breves Carmen Martín Gaite que organiza cada año la Asociación de Mujeres “Villa de Lumbrales” (Salamanca). El tema del certamen de este año era “La solidaridad”.

Una alegría solo empañada por no poder asistir en personan a recoger el premio debido a una lesión vertebral. Así que las únicas jotas que me deja bailar son las del teclado, y con moderación. ¡Qué penita! 

Desde aquí quiero dar las gracias a las organizadoras del certamen, al Ayuntamiento de Lumbrales y en especial a la Presidenta de la Asociación Villa de Lumbrales, a todos que tan bien han sabido rellenar mi ausencia en el acto de entrega. Les estaré siempre agradecida.

Aquí la noticia del fallo
Aquí el acto de entrega


viernes, 17 de abril de 2015

A BOCAMINA


Se sigue despertando a las cinco de la mañana, media vida de madrugones le han trastocado el sueño. Se levanta a oscuras y se dirige a la sala casi de puntillas, abre el balcón, se acoda en la barandilla y envuelto en una manta permanece allí un gran rato, inmóvil hasta verlos pasar camino al trabajo: mineros silenciosos con el bocadillo del almuerzo apretado bajo el brazo. Algunos marchan encogidos, con el cuello de la zamarra levantado y las manos caladas en los bolsillos. Su mujer lleva razón, piensa, deberían irse del pueblo. ¿Qué sentido tiene ya vivir cerca del pozo? Su mirada sigue las negras figuras hasta verlas difuminarse bajo la luz amarillenta de la última farola. El aire gélido le hace lagrimear. ¡Maldita brisa! Cuando ya han pasado todos, cierra el balcón y regresa a la cama, pero nunca consigue volverse a dormir.
Hace dos años que aguarda así los amaneceres que durante treinta años recibió en la negrura de la mina, arrancándole carbón a las entrañas de la tierra, compartiendo humedad, polvo y compañerismo.
El resto de la mañana deambula por la casa con la desoladora certeza de ser un inútil, un estorbo, una maleta abierta en mitad del pasillo tras las vacaciones.
A lo largo del día va rellenando las horas de alcohol y recuerdos en el chigre de Nando. Habla lo justo, come poco y bebe más de lo necesario. A las tres de la tarde hace la siesta y a las cinco abre los ojos sintiendo todavía el carbón en la boca y un nudo en el pecho.
Desde que le prejubilaron ya no ha vuelto a despertarse con el cuerpo liviano y el deseo de mujer. Y una vez más se repite, que mañana no volverá a dormir la siesta.

Publicado en el libro "Ex libris" (Abril 2015)

domingo, 6 de julio de 2014

Manolabola


Imagen: José Manuel Acebal Rodríguez

Sobre las estanterías: los trofeos, fotos y diplomas que dan cuenta del éxito empresarial. Y brillando sobre la mesa, la peonza de oro con la inscripción: “Manolabola – 1960”.  Mientras les aguarda, la empresaria coge la pieza en la mano y sonríe. Se recuesta en el sillón y recuerda.



Tenía diez años y era verano. Frente a la casa de sus abuelos, donde pasaba las vacaciones, los chicos del pueblo jugaban a las chapas arrastrados por el suelo, conduciéndolas a golpe de índice y pulgar por la pista dibujada con tiza. Pero a ella nunca la dejaban participar.
—¡Fuera de aquí, Manuela, este juego es de chicos!
Su físico rollizo y grandote la hacía presa, además, de las burlas infantiles.
—¡Manola-bola, Manola-bola! —coreaban a su vez la niñas.

Pasó casi todo el verano sola, condenada en su patio jugando con una peonza de su abuelo, mientras escuchaba fuera la algarabía de sus castigadores. Hasta que una tarde de finales de agosto se asomó a la verja y los empezó a observar con atención. Se arrastraban por el suelo como lagartijas chillonas. Churretones de polvo y sudor recorrían sus caras necias, y por primera vez su tristeza se convirtió en desdén. Abandonó su destierro y se acercó a ellos con las manos en los bolsillos, tan despacio que ni se dieron cuenta de que estaba allí hasta que su gran sombra oscureció la pista de juego. Todos levantaron la vista al unísono, y a ella, desde su altura, le parecieron inofensivos ratoncillos.
—¡Lárgate, bola de sebo, que me quitas la luz! —le gritó el pelirrojo que en ese momento le tocaba turno.
Ella, sin cambiar el gesto, respondió con voz calmada:
—Puedo sacar vuestras chapas de la pista sin tocarlas con los dedos.
—¿Y cómo lo harías, eh?, ¿empujándolas con el aire de tus faldas? —se mofó el chico.
Todos rieron.
—Os lo puedo demostrar ahora mismo —continuó segura.
—Pues vale, demuéstranoslo, so tarada —la retó el pelirrojo—, venga, échate al suelo a ver si eres capaz de doblar tu barrigón.
—No necesito arrastrarme como vosotros. Lo haré de pie.
Se abrió paso en medio de las burlas, sacó su peonza y una cuerda de uno de los bolsillos de su vestido y la fue vistiendo de cordel con la precisión de un artesano. Cuando la tuvo bien prieta la lanzó con un gesto firme: ¡zas!, justo en el centro de la improvisada carretera. La rechoncha madera, desnuda ya del cordel, giró y giró, avanzando como bailarina de ballet, imparable, desalojando a su paso todas las chapas que entorpecían su camino. Cuando al fin alcanzó la meta, la peonza aún se mantuvo erguida unos segundos más al otro lado de la gloria, orgullosa de su hazaña, girando y girando. Luego, sin que llegara en ningún momento a tumbarse, con otra veloz maniobra de cuerda, la enlazó por la punta y, con un movimiento preciso, la hizo saltar hasta la palma de su mano y desde allí deslizarla de un lado a otro de la soga como experta equilibrista. Tras unos minutos más de espectaculares piruetas, la detuvo, la limpió contra la pechera y la volvió a guardar en el bolsillo. Luego, sin decir nada, se giró en redondo y se encaminó de nuevo hacia su casa. Sonriendo.



—Los señores que espera ya están aquí —le comunica su secretaria.
Hace pasar a dos hombres: un padre y su hijo. El mayor es un antiguo conocido que viene a presentarle al joven para ver si Manuela puede emplearle en su empresa.
Tras un saludo afectuoso y presentación del joven aspirante charlan animados sobre los viejos tiempos y sus familias. La hora siguiente la dedican al intercambio de información sobre el trabajo, el curriculum y experiencia acumulada del joven. Cuando al fin llega la despedida, y ya junto a la puerta, Manuela le pregunta al chico:
—¿Tú sabes jugar a la peonza, chaval?
—No, señora. Nunca tuve una.
—Ya te enseño yo, no te preocupes. Todos mis empleados, al igual que mis hijos, tuvieron que aprender.
—Ah, ¿si?
—Sí. ¿Sabes por qué?
—No se me ocurre, —sonríe divertido el joven.
—Porque la vida da muchas vueltas, y hay que bailarla en pie, sin arrastrarse por el suelo.
Y dirigiéndose al padre, añade sonriente:
—¿Verdad, pelirrojo?
—Verdad —responde éste cabizbajo.


1º Premio en el II Concurso de Relatos Breves "El folio en malva". Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Castropol.

Ver noticia aquí:



sábado, 21 de septiembre de 2013

Desde la jaula



Tras cuatro días soportando su hedor, por fin alguien ha entrado y abierto el ventanal. Qué alivio sentir el frescor del mar que llevo mirando todo este tiempo. Han tapado su cadáver y ahora varios policías deambulan por la casa rastreando pistas que jamás hallarán. Uno de ellos se ha parado frente a mi jaula, me ha llenado los cuencos con alpiste y agua y ahora me observa con atención. Si habláramos el mismo lenguaje, le contaría lo ocurrido desde que el escritor se encaró con la maldita novela.
Soy el único que convivió con él hasta su muerte. Buscarán y buscarán y jamás podrán imaginar que las culpables, las asesinas, fueron ellas. Las tienen frente a los ojos, pero no las verán. Son mucho más astutas que ellos.
Durante los dos últimos años fui testigo de los arrebatos del escritor, rompiendo folios cuando las muy rebeldes se empeñaban en trastocar la historia que él les había trazado. Hasta que por fin consiguió doblegarlas. Según los críticos, "Encarceladas" se convirtió en su obra cumbre.

Todo comenzó una tarde en que el escritor, aburrido, recorría con la vista los estantes de su biblioteca y se detuvo frente a su ejemplar, que no había vuelto a abrir desde que le echase un vistazo en la imprenta. Lo tomó, acarició el lomo con gesto ausente, abrió el volumen y repasó con el índice el título plateado de la portada. Finalmente, lo devolvió a la estantería, entre sus primeras dos novelas y sus tres poemarios. Contempló su producción con una sonrisa torcida.
Luego salió al balcón y con los brazos abiertos aspiró el aire del mar. Permaneció un buen rato atento al ir y venir de los paseantes. Luego cerró las puertas-ventanas y se dirigió al cuarto de baño. Yo, a mi vez, me dediqué a observar la estantería. En ello estaba cuando el libro comenzó a removerse. Minutos más tarde, el tomo se balanceaba al borde del estante hasta caer al suelo, abierto boca arriba. Las hojas se agitaban como zarandeadas por el viento. De pronto, sus líneas empezaron a desordenarse. Las letras… Todas las letras, se separaban, distanciándose unas de otras, y al poco volvían a agruparse como hormigas excitadas. Quién sabe qué cosa hurgaría en la entrada de su hormiguero... En todo caso, las palabras adelgazaban aquí y se engrosaban allá, mudaban sus consonantes, hurtaban diptongos con velocidad de rateros, canjeaban acentos por comillas y vocales por sangrías.

Abierto, boca arriba sobre el piso: así encontró el libro el escritor, media hora más tarde, cuando regresó al salón, recién bañado y con el pijama puesto. Inmóvil, miró en derredor; luego se dirigió hacia el mueble donde había dejado el ejemplar y comprobó la firmeza de las baldas. Todo estaba bien. Recogió el libro y, sin leer nada, lo cerró. Cuando intentaba devolverlo al estante, se percató de que no cabía, como si hubiera crecido o se hubiese hinchado. Entonces el escritor apretó con fuerza las pastas y de nuevo trató de encajarlo. Imposible. Agotado, se sentó en su sillón y abrió el volumen por la primera página.

Lo que siguió es algo que aún ahora me cuesta evocar sin que se me ericen las plumas.
Los dos vimos entonces, estupefactos, cómo las letras, ahora en fila, avanzaban hacia la esquina inferior del papel. El escritor se apretó las sienes, se limpió el sudor de la frente y admiró boquiabierto el desfile del minúsculo ejército. Tan absorto estaba que no se dio cuenta de la avanzadilla que, procedente de las páginas finales, comenzaba a treparle por la manga. Cuando le llegaron al cuello, soltó el libro, se puso de pie y, rascándose la garganta con desesperación, se encaminó hacia la ventana. Tosía. Tosía sin parar. Tanto, que su cara se amorató. Trató de abrir la ventana, pero sus manos, ennegrecidas por las letras que las cubrían y rígidas como una escayola, no lo consiguieron. Tambaleándose, se dirigió a la puerta, pero tras algunos pasos pareció que las piernas no lo sostenían. Terminó en el suelo, retorciéndose, arrastrándose apenas. Abrió la boca para gritar entre aquella lava negra que ya reptaba por sus mejillas. Las letras continuaron su avance imparable, colándose por la nariz, los oídos, la lengua… Una a una, vocal y consonante, consonante y vocal, fueron metiéndosele en el cuerpo. Un rato después, no quedaba ni una en el libro.
Al rato, el escritor dejó de moverse.

Cerré los ojos unos instantes. Cuando volví a abrirlos las letras abandonaban aquel cuerpo tal como lo habían tomado. Disciplinadas, fueron entrando de nuevo al libro y ubicándose en líneas, horizontales y rectas, hasta ocupar cada hoja.


No sé qué historia contarán ahora, pero dudo que se trate de una confesión.


Editado en el libro "Gijón cuenta" (Abril 2012)

jueves, 2 de mayo de 2013

Creciendo



Paula se suelta de la mano de su abuelo y corre hacia el escaparate.
—Mira, mira, Abu —palmotea el cristal con ojos brillantes— ¿verdad que son las más bonitas del mundo?
La tienda acaba de abrir y no hay gente a esas horas. Es una zapatería antigua de techo alto y suelo con tarima oscura. Un penetrante ambientador dulzón no logra camuflar el olor a humedad. Sentada en una silla alta, frente a la caja registradora, una señora de unos sesenta y cinco años, muy enjoyada, les saluda con amplia sonrisa.
—¿En qué podemos servirles?
El abuelo señala unas zapatillas azules con mariposas bordadas que hay en el escaparate y Paula se sienta a esperar. El banco es alto y los pies de la niña se columpian alternos por encima de la alfombrilla. Acaba de cumplir ocho años y esas deportivas son su regalo más añorado: “Todas las niñas de la clase tienen unas”, había repetido en casa durante semanas. Hoy, por fin, su abuelo iba a hacer real su sueño.
—¿Y qué número calza esta niña tan bonita? ¾sigue sonriente la señora.
—Un treinta y cuatro —responde el abuelo.
—Señorita Peláez —dice en tono seco la señora—, atienda al caballero.
De debajo del mostrador sale una treintañera bajita con la cara redonda y la piel ligeramente salpicada de puntitos rosa. Se inclina hacia el abuelo con las manos recogidas a la altura del estómago y pregunta con voz suave:
—Perdón, no entendí bien desde ahí abajo, ¿qué número dijo?
Antes de que el abuelo pueda responder, la señora contesta por él.
¾El señor ha dicho un treinta y cuatro, ¿es que no escucha?
La dependienta emite titubeantes “si” y se aleja veloz por una diminuta escalera de caracol que hay junto al mostrador. Unos segundos más tarde aparece por un estrecho corredor, a modo de balcón, con vistas a la zona de ventas. Cruje la madera bajo sus pies y su mano derecha recorre las hileras de cajas que apilan la mercancía.
Paula sigue sus movimientos mientras continúa balanceando los pies.
—De ese número no nos quedan en azul —informa la joven desde lo alto, agarrada a la barandilla como un pájaro a su rama¾, pero tenemos otros colores.
—¡¿Cómo que no hay número?! —le grita la dueña— Ahí, frente a sus ojos tiene montones en azul. Mire, mire bien.
La chica rebusca de nuevo, tanteando cartones al ritmo en que su jefa la bombardea desde abajo:
—Esa fila no, la de la derecha. Su derecha. Esa no, la de arriba...
Las manos de la dependienta saltan temblorosas de una a otra caja sin darle tiempo a posarse en ninguna.
Paula ha detenido el balanceo de sus pies y su cabeza va de la señora a la chica como si estuviera en un partido de tenis. Ahora es su lazo blanco el que se columpia al extremo de su trenza rubia.
Al final la dependienta tenía razón: no había en azul. Su jefa, chasquea la lengua visiblemente contrariada.
—No importa, no importa —se apresura Paula—, en verde también me gustan.
De repente, la señora deshace el gesto serio, se gira hacia el abuelo y extiende los labios de oreja a oreja, con tal amplitud, que su boca a Paula le recuerda un dibujo animado.
Por fin llega la dependienta cargada con una pila de cajas y Paula se quita un zapato.
—El pie derecho, la niña ha descalzado su pie derecho —grita la señora desde el otro lado del mostrador¾. Pruébele también la de las mariposas rojas. Y las de las mariposas blancas. Y…
Paula casi no atiende a las zapatillas. Su vista está clavada en los granitos del rostro de la chica que ahora aparecen arracimados y rojos bajo los pómulos. Se parecen a los de su amiga Silvia cuando la profe de gimnasia la obliga una y otra vez a saltar el potro que tanto miedo le da.
La señora se vuelve hacia el abuelo, cambia su registro verbal, y comienza una retahíla de alabanzas sobre la variedad y calidad de los modelos que siempre ha tenido su casa, todo un rosario de maravillas que recita alborozada. El abuelo no le presta mucha atención y se centra en revisar el acabado y las suelas de las zapatillas. 
“¿Te aprietan, bonita?”, “¿te gustan más éstas? …, pregunta con dulzura de cuando en cuando la dependienta.
—Señorita Peláez, despeje el mostrador. Rápido —palmea su jefa.
Paula apenas puede intercambiar una palabra con la chica que no para de repetir “sí”, “ahora mismo”, mientras va y viene del mostrador a sus pies. Se mueve tan deprisa que en uno de sus giros tropieza con el espejo del suelo. Su jefa le grita encolerizada:
—¡Cuidado!, a ver si se centra de una vez.
Los granitos de la dependienta invaden ya los pómulos y la parte alta del cuello.

Por fin, Paula elige las deportivas verdes con mariposas blancas. La dependienta las guarda en la caja y se las acerca a su jefa para que las cobre. Le da las gracias al abuelo por la compra y él le agradece las atenciones que ha tenido con la niña.
La dueña extrae el tique, se lo muestra al abuelo y mientras aguarda a que éste saque la cartera, se frota las manos haciendo tintinear sus pulseras. Entretanto, la dependienta recoge las cajas que quedaron por el suelo y Paula se ata los zapatos. La niña no deja de mirar los puntos rojos de la chica que ahora ya le ocupan el rostro y el cuello enteros.
Cuando el abuelo ya tiene el dinero en la mano Paula le grita desde el banco.
—¡Espera, abu! Es que…, no sé… —y mira a la dependienta como si quisiera pedirle permiso—, creo que las zapatillas no me gustan tanto.
La dependienta, de espaldas a su jefa, afirma con la cabeza y le sonríe.
—¿Cómo? —muy seria la dueña— Pero, ¿por qué?, acaso las prefieres de otro color?
—No. Es que ya no quiero ningunas zapatillas —contesta Paula con voz firme.
—¿Estas segura, cariño? —pregunta su abuelo.
—Sí, sí, muy segura —afirma también con la cabeza.
—Pues nada, si no te gustan entonces no las llevamos.
La señora aprieta los dientes al tiempo que rompe el tique, luego lanza con fuerza la caja sobre el mostrador y dice con voz altanera:
—Perdone que le diga, señor mío, que si nunca le ponen freno a los caprichos de la niña, mala persona van a criar.
—Se equivoca usted —responde el abuelo acariciando la mejilla de Paula¾, precisamente hoy me ha confirmado que será una gran persona.

Fuera ya de la tienda Paula echa una última ojeada a las zapatillas del escaparate, luego se coge a la mano de su abuelo y camina cabizbaja.
—Es temprano —su abuelo guiñándole un ojo¾. Aún podemos comprarlas en otra tienda.
Paula levanta la vista y sonríe; se suelta de su mano y avanza calle abajo dando saltitos.

 1º Premio en el III Certamen de Relatos Breves Mª de las Alas Pumariño. Convocado por el Foro de Mujeres del Llano. Gijón 21-10-2010.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Al otro lado del puente


El paso lento, balanceante, cadencioso, al ritmo de sus botas con espuelas: clac-clac-clac.
—¡Alto forastero! ¾grita alguien a su espalda¾ ¡Suelta el arma, te estoy apuntando al cráneo!
La delgada figura, de piernas ligeramente arqueadas, se detiene. Antes de volverse separa los brazos del cuerpo, los arquea formando asas, afloja las manos y desentumece los dedos sin tocar la culata de las pistolas. Se gira muy lentamente y lo ve: un niño de unos diez años con pecas y gorra de béisbol le apunta con el dedo. El hombre le mira a los ojos entrecerrando los suyos bajo el sombrero de ala. Separa las piernas. Están así unos instantes, retándose con la mirada, apuntándose al corazón. En una milésima de segundo, sin que al crío le de tiempo a pestañear el pistolero desenfunda los dos revólveres.
—¡Bang-bang! —grita supliendo el tímido clic de los revólveres de latón.
El niño se agarra el abdomen con ambas manos, dobla las rodillas y formando una teatral pirueta se deja caer al suelo gimiendo un “¡ag, me-mu-e-ro”. Luego se queda allí, tirado en la tierra, muerto de risa.
El hombre sonríe de medio lado y la guirnalda negra del gran bigote desordena por un instante la simetría pálida de su cara. Sopla la punta de sus pistolas y enfunda. Se ajusta el sombrero y le dice:
—Nunca debiste cruzar el puente, forastero.
Ya de espalda levanta una mano, la agita en el aire como despedida y se aleja con el mismo paso lento.
¾Adiós, Yoe ¾le grita el niño incorporándose¾, cuidado con los cuatreros.

Esta tarde viste todo de negro, botas de cuero, sombrero de cowboy y cinturón con tachuelas de plata del que cuelgan las cananas que se anudan a los muslos flacos. Sobre el oscuro atuendo, como un escarabajo al sol, el brillo de una placa de sheriff.

Yoe vive en el pueblo de Sucana, con su anciana madre, los dos solos, sosteniéndose con la escasa pensión que les dejó su padre cuando murió. Lo atropelló un tren de mercancías, cuando él era sólo un niño. Su verdadero nombre es Bernardo, pero todo el mundo le llama Yoe, excepto ella.
Hoy en todo el pueblo no habitan más allá de quinientos vecinos. Décadas de musgo y ortigas trepan por las paredes de muchas casas deshabitadas que hace treinta años llenaban familias de mineros del lugar y siderúrgicos inmigrados del sur. 

Todos los días, sobre las once de la mañana,

lunes, 27 de junio de 2011

Publicación en Revista Prímula


En el último cuaderno (nº 12) de la Revista Cultural Prímula, editada por el Area Sanitaria V del Principado de Asturias, han publicado mi relato: "Patria potestad" y mi poema homenaje a Machado: "Las tazas".
La revista está Aquí. (páginas 28 y 33). La ilustración que le han puesto al relato me encanta.
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domingo, 1 de mayo de 2011

Ojos mudos

Ayer murió mi hermano Aníbal. Soy su único familiar y ahora estoy aquí, en la casa del pueblo, haciéndome cargo de sus pertenencias. Entre los escasos objetos que atesoró en sus cajones, acabo de encontrar, ya amarillento, el viejo poema. El papel tiene las esquinas carcomidas y, aunque por las grietas de sus dobleces se han ido algunas letras, aún resaltan los cuatro versos que subrayó en la adolescencia, hace más de cuarenta años.

La mañana de diciembre en que el viejo D. Severo nos presentó al nuevo maestro, Aníbal estaba a punto de cumplir los catorce años, en Paris había estallado la revuelta del sesenta y ocho y en el pueblo minero de Sablón, los niños estudiábamos mezclados en edad y separados de las niñas.
El frío intenso de aquel día no impidió que, media hora antes de las nueve, el patio de la escuela ya estuviera a rebosar. Gritos, empujones y balonazos se estrellaban contra las maderas toscas que lo vallaban, llenas de pintarrajos y palabrotas talladas con nombres y dibujos obscenos. También de borrones de brea tapando la frase más repetida: “maestro cabrón”.
Cuando vimos aparecer al sustituto, acompañado de D. Severo, la sorpresa silenció el griterío. En nada se parecía al viejo profesor que

martes, 12 de abril de 2011

No llores más


En el campamento de verano, después de cenar, las monjas dejaban que el ejercito infantil que formábamos las treinta niñas, agotáramos las últimas energías en los jardines del caserón que nos albergaba. Teníamos siete años las dos. Yo la ganaba en altura y ella a mí en el número de pecas que decoraban su piel blanquecina. Aquel día, el sol se había cebado en sus carnes más de lo necesario, haciendo que la pecosa se alejara del grupo en un intento de proteger su espalda quemada. Yo, creyendo que aquel retraimiento voluntario no era tal, me acerqué a ella, y tomándola cariñosamente por el hombro la invité a unirse a nuestro juego. En el mismo instante que mi mano se posó en su piel, la niña comenzó a gritar acusándome del daño. Al oír el llanto, la monja que nos cuidaba, sin dejar que mis argumentos llegaran a sus oídos, me levantó las faldas y con su alpargata me dio una tanda de azotes delante de todas las compañeras.

Hasta unos años mas tarde no supe que las emociones sentidas aquella noche y muchas más de aquel triste verano, se llamaban: injusticia, indefensión, desamparo, ira, tristeza... Y sobre todo rencor, mucho rencor. No se lo guardé a la infeliz pecosa, sino a la monja-verdugo que iba depositando, con cada golpe en mis tiernas nalgas, su propia negligencia en la protección solar de sus pupilas.

Con el tiempo, el rencor infantil hacia la religiosa malvada, por un extraño proceso disociativo, ha pasado a mi misma, y la niña que lloraba su impotencia en un rincón de aquella vieja mansión, aún está allí, sola y desamparada, esperando que yo vaya en su busca, la abrace contra mi pecho y secándole las lágrimas le diga: “cielo mío, no llores más, ya lo he arreglado todo”.

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