domingo, 1 de mayo de 2011

Ojos mudos

Ayer murió mi hermano Aníbal. Soy su único familiar y ahora estoy aquí, en la casa del pueblo, haciéndome cargo de sus pertenencias. Entre los escasos objetos que atesoró en sus cajones, acabo de encontrar, ya amarillento, el viejo poema. El papel tiene las esquinas carcomidas y, aunque por las grietas de sus dobleces se han ido algunas letras, aún resaltan los cuatro versos que subrayó en la adolescencia, hace más de cuarenta años.

La mañana de diciembre en que el viejo D. Severo nos presentó al nuevo maestro, Aníbal estaba a punto de cumplir los catorce años, en Paris había estallado la revuelta del sesenta y ocho y en el pueblo minero de Sablón, los niños estudiábamos mezclados en edad y separados de las niñas.
El frío intenso de aquel día no impidió que, media hora antes de las nueve, el patio de la escuela ya estuviera a rebosar. Gritos, empujones y balonazos se estrellaban contra las maderas toscas que lo vallaban, llenas de pintarrajos y palabrotas talladas con nombres y dibujos obscenos. También de borrones de brea tapando la frase más repetida: “maestro cabrón”.
Cuando vimos aparecer al sustituto, acompañado de D. Severo, la sorpresa silenció el griterío. En nada se parecía al viejo profesor que
había tenido el pueblo en los últimos treinta y cinco años. Tanto tiempo sin conocer otro maestro nos hizo pensar que todos ellos, por fuerza, habrían de ser iguales a D. Severo: panzudos, con bigote y el pelo engominado. En cambio el nuevo era un joven alto, menudo, con el cabello ensortijado y la tez pálida de un monje. Vestía un elegante abrigo azul marino que contrastaba con la raída pelliza de D. Severo.
Abrimos un pasillo frente a la puerta y el viejo, con gesto ceremonioso, le hizo entrega de las llaves de la escuela. Los chavales entramos atropelladamente y nuestros pasos resonaron en el suelo de madera mezclados con los murmullos que poco a poco fueron subiendo en intensidad.
El joven maestro posó su brillante cartera de piel sobre la mesa y se quitó el abrigo que dobló con esmero antes de dejarlo sobre el respaldo de la silla. Alisó su impecable traje gris y aguardó en pie sobre la tarima, junto a su antecesor.
—¡Silencio todo el mundo! —gritó D. Severo dando un puñetazo en la mesa—. Éste es D. Ricardo, mi sucesor, un profesor excelente y una gran persona. Espero que aprovechéis bien sus enseñanzas y le guardéis el debido respeto. 
Luego, dirigiéndose al nuevo maestro, añadió:
—Y si no es así, ahí tiene algo que puede ayudarle a conseguirlo —y señaló la media docena de amarillentas varas, de distintos tamaños, que se arrinconaban junto a la chimenea.
Irónicamente, éramos los propios chicos quienes proveíamos al viejo de aquellos látigos que, al secarse, terminaban astillados sobre nosotros.
—No es mi costumbre utilizar esos métodos, D. Severo —y dirigiéndonos una sonrisa cómplice, añadió—. Estoy convencido de que no serán necesarios.
—Eso lo dice porque no los conoce aún —dijo el viejo—, pero si quiere un consejo: no se deshaga de esas varas. 
Como despedida, D. Severo fue pasando por las cuatro hileras de pupitres y alternando palmaditas afectuosas a los más pequeños, con suaves cachetes a los mayores. Excepto al llegar a Aníbal y los gemelos, Moisés y Ramiro, a los que arreó un coscorrón.
—Sobre todo tenga especial cuidado con estos tres elementos.
Los gemelos frotaron sus cabezas pelirrojas, pero mi hermano, con las manos en los bolsillos, sonrió igual que si le hubieran condecorado.

Para Aníbal y los gemelos aquel era el último curso, pues ninguno de los tres iba a continuar los estudios. Juntos formaban uno de los tríos más terroríficos que había tenido el pueblo en mucho tiempo.
A los gemelos aún les asomaba la niñez por entre las pecas, pero Aníbal, con su físico robusto y sus pantalones largos, ya tenía hechuras de hombre. Cuando no estaban en la escuela, callejeaban por el pueblo, cubriendo su inocencia con los churretes que la suciedad y el sudor iban tornando en incipiente criminalidad. En sus bolsillos, las navajas y el arma más preciada: los tirachinas, con el mango pulido de tanto hacer diana en mil ramas, latas abolladas y guerras pandilleras. El resto de la chiquillería, más pequeños e influenciables, emulábamos sus conductas, porque lo importante era estar en el grupo de iguales y ajustar nuestras acciones a las reglas implícitas que regía un líder que nadie había votado: mi hermano Aníbal.

Pasadas las diez, por fin se marchó el viejo, y D. Ricardo tomó asiento. El tímido sol que se filtraba por los dos ventanales sin cortinas, como si quisiera darle la bienvenida, iluminó la estancia haciendo resaltar el fuerte azul de las paredes y el gris clarísimo de sus ojos.
Nos pidió que uno a uno nos fuéramos presentando y diciendo qué asignaturas eran nuestras preferidas y cuáles nos costaba más aprender. Al principio sólo nos limitamos a contestar de forma escueta, pero él nos fue animando poco a poco a extendernos en las respuestas hasta hacernos sentir cómodos e importantes. Al llegar el turno a Aníbal, éste se repanchingó en su asiento, echó hacia atrás el mechón negro y lacio que le caía por la frente y dijo:
—Yo soy bueno en todo.
La clase entera se echó a reír, y sus dos compinches, además, palmotearon la mesa jaleando la gracia.
—Estupendo —respondió D. Ricardo. Y sin prestarle más atención, pasó el turno al siguiente.
Mas tarde, las rondas de preguntas fueron pasando de lo académico a lo personal: con quién vivíamos, qué nos gustaba hacer en nuestro tiempo libre, o si teníamos que ayudar en casa. Las preguntas nos pillaron por sorpresa, pues D. Severo jamás había hecho algo así. Él hizo lo propio sobre su persona: había nacido en Oviedo, donde vivía su familia, estudiado en Madrid y adoraba la poesía. Aquel intercambio de informaciones fue creando un clima relajado, novedoso y placentero para la mayoría de nosotros. Menos para Aníbal, a quien el nuevo maestro parecía haberle robado el protagonismo.

En los días siguientes, fueron llegando algunas madres para conocer al maestro y ponerle al tanto de las virtudes y defectos de sus hijos. Recuerdo a una de ellas, enlutada, con un crío cogido a su mano, que le decía:
—Usted déle sin miedo. Si lo merece, déle, que yo sé muy bien lo rebelde que es mi hijo.
—No hay necesidad, señora —dijo D. Ricardo—, los castigos sólo son para quien los merece. Si es obediente, él ya sabe que todo irá bien. ¿Verdad, Tomás? —y le revolvió el pelo al chaval.
Dar carta blanca al maestro para azotar a sus hijos, era lo normal en aquellos años.
Recuerdo uno de los últimos castigos de D. Severo. Había pillado a Aníbal y a uno de los gemelos pasándose papelitos con caricaturas de su orondo perfil.
—A ver, entregadme esos dibujos inmediatamente —ordenó colérico.
El gemelo obedeció, pero Aníbal, cruzando los brazos, dijo:
—Yo no tengo ninguno. ¿O no se acuerda de que no sé dibujar? —y se echó a reír.
—Vaya, así que seguimos graciosillo, eh —dijo el viejo—. ¡Venga, los dos a mi mesa, rápido!
Todos conocíamos el castigo por eso no nos sorprendió que al gemelo le temblaran las piernas mientras se acercaba; ni tampoco que Aníbal caminara a paso lento, con las manos en los bolsillos y la barbilla alta. D. Severo cogió una de las varas del rincón y se subió a la tarima para tener mejor ángulo. A su espalda, dando fe de la condena, un Cristo crucificado y el retrato del Caudillo.
 El gemelo extendió las dos manos con las palmas hacia arriba. Dos varazos en cada una hicieron que regresara a su sitio con las manos metidas bajo los sobacos. Llegó el turno de Aníbal y, como si el dolor le produjera un macabro placer, sonrió al maestro mientras le azotaba. Sabíamos cuánto encolerizaba al viejo aquella sonrisa, por eso le dio dos golpes más que al otro. Cuando finalizó el castigo mi hermano volvió a meter las manos en los bolsillos y caminó hacia el pupitre con la calma de un paseante, reclinó su espalda y estiró las piernas sin perder en ningún momento el gesto burlón.

Con cada día que pasaba los chicos estábamos más felices de que el viejo maestro hubiera desaparecido de nuestras vidas. Su frágil sustituto había conseguido que la escuela dejara de ser para nosotros la cueva del terror. El modo de explicar las lecciones, su tono de voz  y los ejemplos que utilizaba para enseñar, hicieron posible el milagro. Era frecuente encontrar su mesa rodeada de chicos al finalizar las clases, haciéndole preguntas o mostrándole poemas, que gracias a él, empezábamos a descubrir.

En aquel tiempo, Sablón era un pueblo sin asfalto, húmedo y oscuro, con caminos de tierra negra, polvorientos en verano y fangosos en invierno, donde la población alternaba la ganadería con el trabajo en las minas de carbón. Algunas viviendas se desperdigaban caprichosamente a los pies de la ladera sin sol de la montaña, mientras que otras parecían custodiar el río de aguas sucias que cruzaba un puente de hierro oxidado. Del lado del río estaba nuestra casa y la del maestro, y cobijada bajo la montaña, nuestra escuela.

A los vecinos también les había sorprendido el nuevo maestro. Su aspecto delicado, su colonia fresca y que lograra atravesar el pueblo entero sin que una brizna de barro se pegara a sus zapatos, levantaba no pocas murmuraciones. Entre ellas, la de nuestro padre. Estábamos en la mesa, tras la cena, y él se sacaba, con una pequeña navaja, el carbón de entre las uñas. Comentó sin mirarnos:
—No sé yo si ese maestrillo, tan finolis, va a poder meteros en vereda.
—Pues desde que está él, casi nadie arma jaleos —comenté. 
—¿Ah, sí? —levantó la vista de su manicura—, pues quién lo diría, ¿verdad, Rufi? —y le dio una palmada en el trasero a mi madre.
Ella, lo miró con gesto cómplice y siguió recogiendo la mesa sin decir nada. Aníbal tampoco dijo nada. Nuestro padre añadió:
—Sospechoso, muy sospechoso. Treinta y cuatro años, soltero, y tan relimpio… —y mirando de nuevo a mi madre soltó una risotada que hizo bambolear su tripa.
Entonces Aníbal se levantó de la mesa y salió al patio. Cogió un balón y se lió a estrellarlo una y otra vez contra la pared de la casa. Salí a jugar con él pero me dijo que le dejara en paz. Estaba furioso, así que no insistí.

Aníbal era el único alumno que había ido a peor desde la llegada de D. Ricardo. Así, mientras la mayoría nos amansábamos, sus bravuconadas se agudizaban para romper la paz de la clase. Recuerdo la primera vez que el nuevo maestro tuvo que lidiar con una de sus gamberradas. D. Ricardo estaba de espalda explicando sobre un mapa la clase de geografía y Aníbal comenzó a lanzar granos de arroz a través de la carcasa hueca de un bolígrafo transparente. Pronto comenzaron las quejas y los gritos. D. Ricardo se volvió, y sin decir nada, se fue a su sillón, cruzó los brazos y permaneció callado e inmóvil durante un buen rato. Estábamos desconcertados, pues en casos similares D. Severo solía restablecer el orden a golpe de varazos. Sorprendentemente aquella técnica consiguió que en pocos minutos en la clase sólo se oyera el sonido de los cencerros de las vacas que pastaban en los prados del exterior.

Una mañana de abril, Aníbal apareció por el patio con una vara de avellano finísima. Se sentó en el listón más alto de la verja, sacó su pequeña navaja y comenzó a pulirla mientras aguardábamos al maestro.
Cuando éste llegó, le dijo:
—Por favor, Aníbal, antes de entrar en clase, deja recogido todo eso —y señaló las raspaduras del suelo. 
—A la orden, mi general —respondió mi hermano poniendo una mano en la sien.
El maestro, le miró muy serio. Aníbal, también serio, le mantuvo la mirada. Tras unos segundos más, D. Ricardo movió la cabeza a un lado y a otro y por fin entró en clase.
Aníbal entró el último, y antes de ir a su pupitre pasó por delante de la mesa de D. Ricardo y colocó la vara en la esquina de la chimenea, junto a las demás.
—Gracias —le dijo el maestro con una mueca irónica—. Buen material.
Aníbal le echó una última ojeada a la vara y respondió con gesto chulesco:
—Me alegro de que le guste mi regalo.
La vara, con su color verdoso, destacaba cruda entre las demás resecas.
Cuando salimos, las raspaduras estaban sin recoger.

Recuerdo el día en que se inició todo. Ya había comenzado junio y quedaba poco tiempo para que finalizara el curso. Aún faltaba media hora para que empezara la clase y Aníbal, como todos los días desde que el nuevo maestro había llegado a la escuela, ya estaba aguardando en el patio. Era la primera vez que no esperaba encaramado sobre la valla. Su cartera reposaba en el suelo y él paseaba con las manos en los bolsillos de un lado a otro del recinto. Sus enormes botas negras, inusualmente limpias, relucían sobre el cemento renegrido. Se había pasado media noche estudiando geografía, algo poco habitual en él. Ya en clase, D. Ricardo inició el turno de preguntas sobre la lección, pero a Aníbal no le hizo ninguna, nunca se las hacía, ni siquiera cuando el maestro pidió un voluntario y mi hermano levantó la mano.
Durante el recreo, noté a Aníbal terriblemente cabreado. Estuvo pateando las vallas del patio hasta que sacó su tirachinas y desfogó su ira convirtiendo en telaraña el cristal de la ventana que daba a la mesa del maestro. La algarabía enmudeció al escuchar el crujido. D. Ricardo abrió con cuidado, se asomó y preguntó qué había pasado.
—Fui yo —se apresuró Aníbal¾. Ahora tendrá que castigarme, ¿no? —rió irónico.
Se le notaba excitado. El maestro, mirando en general, como si no le hubiera oído, dijo:
—Tened cuidado, chicos, procurad no jugar al lado de las ventanas. Es peligroso.
Al regresar a la clase el cristal ya estaba sujeto con tiras de esparadrapo.

La tarde de aquel mismo día, al finalizar la clase, D. Ricardo le pidió a David, uno de los chicos más brillantes, que se quedara un rato para hablar sobre la posibilidad de conseguirle una beca para continuar sus estudios en Oviedo. Inclinados sobre los folletos, mantenían juntas sus cabezas y comentaban algunos apartados. Mientras recogíamos los libros, pude ver el odio en los negros ojos de Aníbal.
De camino a casa fue dando patadas a todas las piedras con que fueron tropezando sus botas. Ya habíamos atravesado el puente cuando me dijo que me fuera solo, que él tenía asuntos que arreglar.
—Da igual —le dije. Te espero.
—¡Que te vayas, joder! —y me dio un empujón.
Yo seguí mi camino y él regreso al otro lado del puente. Pero no me fui a casa, me oculté tras un muro para saber cuáles eran aquellos asuntos.
Se sentó en el suelo y se entretuvo un rato tirando piedrecitas al río hasta que apareció David con su cartera bajo el brazo. Aníbal se puso en pie, fue hacia él, y sin mediar palabra comenzó a golpearle en la cara con los puños y a darle patadas en las espinillas hasta que el chico cayó al suelo. Finalmente, cogió su cartera y de un puntapié la mandó al río.
—¡Estás loco, completamente loco! —gritaba el pobre chaval—. ¿Qué te hice yo?
Se levantó a duras penas y cojeando se fue hacia la barandilla. La corriente arrastraba su cartera sin posibilidad de alcanzarla.
Corrí a casa odiando a mi hermano con todas mis fuerzas, pero no conté nada. Aquella noche no pude dormir. Compartíamos cuarto y Aníbal no dejó de dar vueltas en la cama y puñetazos a la almohada.

A la mañana siguiente David no apareció por clase. Lo hizo por la tarde. Llegó cojeando ligeramente y con un llamativo moratón en la mejilla.
—¡Dios santo! —exclamó D. Ricardo— ¿Qué te ha pasado, chiquillo?
—Nada. Una caída tonta —y con la cabeza baja miró de reojo a Aníbal.
—¿Y tu cartera? —inquirió el maestro.
—Es que la caída fue junto al río y se la llevó la corriente —añadió.
—Eso no hay quien se lo crea, David. Alguien te ha hecho eso —le dijo acariciando su hombro—.  Dime la verdad. No temas nada.
Entonces mi hermano se puso en pie y con toda solemnidad dijo:
—Fui yo.
Todos nos miramos con cara de asombro, sin entender aquella confesión sin sentido. Entonces D. Ricardo, visiblemente enfurecido, fue al rincón de las varas y cogió la más fina, la que el propio Aníbal le había llevado dos meses antes, la alzó en el aire y comprobó su flexibilidad agitándola dos o tres veces, zis-zas, zis-zas. Sus clarísimos ojos destacaron más que nunca en su cara inusualmente enrojecida.
—Mira por dónde vas a probar tu propio regalo.
Aníbal le miró desafiante, sin pestañear. Luego, sin que D. Ricardo se lo ordenara, se acercó a la tarima, alargó los brazos, puso las palmas hacia arriba y aguardó con sonrisa triunfal. La expectación era grande. ¿Ejecutaría D. Ricardo el castigo?
La vara fina cortó el aire espeso de la tarde y el silbido entró en los oídos como aguja de hielo. Uno, dos, tres… En el cuarto, Aníbal apartó las manos y el golpe cayo en su hombro derecho. La camisa rasgada, la piel desnuda, motas de sangre… Silencio. El brazo del maestro colgando a lo largo del cuerpo, desmayado el puño. Libre la vara cayó sobre la tarima. Madera contra madera. Sonido hueco.
Aquella vez Aníbal no escondió las manos en los bolsillos, las mantuvo abiertas y flojas, con los brazos recogidos a la altura del estómago. Tenía una mirada extraña, a medio camino entre la ira y la tristeza. Se giró lentamente y regresó a su asiento. Apoyó aquellos cuencos doloridos sobre la mesa y pasó mucho rato con la mirada perdida al otro lado del ventanal. D. Ricardo volvió a su mesa, cogió un montón de libretas y comenzó a corregir. La pluma temblaba en su mano fina. Sólo se escuchó el monótono seseo de algunas moscas.
Nadie se movió hasta que a las cinco de la tarde terminó la clase y abandonamos el aula casi de puntillas.
Esperé en el patio a que saliera mi hermano, pero tardaba. Entonces me asomé a la puerta. Dentro ya no quedaba ningún alumno excepto Aníbal, que continuaba clavado en su asiento con las manos abiertas sobre el pupitre. Entonces el maestro se le acercó y sin decir nada, le desabrochó la camisa con mucho cuidado y despegó la manga adherida a la piel ensangrentada, sacó un pañuelo blanco de su americana y mientras le limpiaba preguntó.
—¿Por qué razón lo has hecho? Hasta hoy casi todo el tiempo pude entender tus acciones, pero ese ensañamiento con David… ¿Por qué, chiquillo? ¿Por qué?
Aníbal, sin mirarle, se encogió de hombros.
 —Pero…, no te das cuenta de que con esa actitud… —y movió la cabeza a un lado y a otro como si se hubiera quedado sin argumentos.
Dobló el pañuelo por la parte limpia y se lo dejó en el hombro cubriendo el rasguño. Al subirle de nuevo la manga cayó del bolsillo de la camisa un papel doblado que Aníbal se apresuró a encerrar en el puño.
—¿Me permites ver lo que escondes ahí? —rogó el maestro.
—Nada —murmuró Aníbal con el ceño fruncido.
—Por favor —insistió D. Ricardo acariciándole la cabeza.
Aníbal abrió la mano cabizbajo. El maestro desplegó el papel y sonrió. Luego leyó en voz alta:
—Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay, tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

Yo recordaba aquel poema, lo había encontrado un domingo que buscaba en su cartera un bolígrafo que me había quitado. En aquel momento me habían llamado la atención los cuatro versos que tenía subrayados: “Ojos claros serenos/¿por qué, si me miráis, miráis airados?/ ya que así me miráis,/ ¡miradme al menos!”
Terminada la lectura D. Ricardo preguntó con sonrisa maliciosa:
—¿Y esos subrayados? ¿Acaso hay alguna chica por ahí que se resiste?
—¡Déjeme! —Aníbal se puso en pie—. Usted no entiende nada. No sabe nada de mí  —y con los ojos a punto de echarse a llorar, añadió:
—A usted no le importo nada.
—No digas eso, Aníbal —se le acercó—. Todos me importáis. Ya me habría ido si no fura así.
Y acto seguido le abrazó. Aníbal cerró los ojos y aceptó la caricia con los brazos colgando, sin impedírselo.
No les oí llegar: Moisés y Ramiro aparecieron justo en el momento de aquella escena.
—¡Hijo de puta!, ¡maricón! —gritaron desde la entrada.
En un instante vi la sorpresa en el rostro de Aníbal, el sobresalto en la del maestro y a los gemelos entrando en la escuela como fieras hambrientas.
Aníbal salió corriendo sin ni siquiera recoger su cartera.
Insultos, patadas y navajazos cayeron sobre el maestro sin que de su boca saliera un gemido. Ya en el suelo, un reguero de sangre joven comenzó a empapar la madera vieja. Cuando cesaron los golpes, D. Ricardo ya no respiraba.
Las voces de los gemelos habían atraído a un par de chicos que aún remoloneaban en el patio y que luego corrieron a contar lo sucedido. Moisés y Ramiro también escaparon.  Yo, aterrorizado, aún saqué fuerzas para recoger la cartera de Aníbal y el poema que estaba sobre su mesa. Con las piernas temblorosas abandoné la escuela y me fui a casa llorando.

Aníbal estuvo desaparecido dos días. Lo encontró la Guardia Civil oculto en una mina abandonada. Estaba desorientado y hambriento. En un principio, todo el pueblo  salió en defensa de los gemelos al entender que lo que habían hecho era proteger al pobre Aníbal del abuso de aquel pervertido. ¿Qué podía hacer yo, un mocoso de once años?, “que no entiendes nada, cállate” –dijo mi padre.

En las horas sucesivas, los caminos de Sablón se fueron llenando de policías, de periodistas, de curiosos... Al día siguiente la prensa recogía el caso y todos los detalles que los habitantes del pueblo desconocíamos. Ya había pasado una semana cuando una tarde vimos aparcado frente a la casa de D. Ricardo un coche grande y reluciente. Muchos curiosos nos acercamos para ver quienes eran. Dos horas más tarde, en silencio y cargados con algunas pertenencias de D. Ricardo, salieron dos hombres trajeados y con porte elegante. Uno era joven y alto y el otro más mayor, con el pelo cano y los ojos clarísimos: eran su hermano y su padre. Tras ellos iba una mujer joven y rubia, totalmente enlutada ocultando los ojos tras unas gafas negras. Hermosísima. Era la novia de D. Ricardo. Se iban a casar aquel verano, tras las vacaciones escolares.
Mientras el coche se alejaba miré hacia atrás: oculto tras una verja vi el rostro lloroso de Aníbal, pero no se lo dije a nadie.

Junio llegaba a su fin y el pueblo entero olía a hierba seca. La escuela se cerró para siempre y el curso siguiente tuvimos que asistir a la del pueblo vecino. Pero para Aníbal ya no hubo más castigos ni más cuadernos. Le aguardaba un futuro de soledad y un trabajo en las entrañas de aquella montaña negra y silenciosa.

(1º Premio del XII Concurso de Relatos Breves para Mujeres del Ayuntamiento de Laviana (8 marzo 2011)

22 comentarios:

Celsa Muñiz dijo...

Este es mi último premio. No suelo colgar relatos largos, pero mucha gente me pidió que lo colgara para leerlo, así que, quien esté interesado en seguir leyendo, solo tiene que picar en "más información"
Son unas siete páginas de na, jejeje

La Zarzamora dijo...

Oiga ud. Bien merecido que se lo tenía.
Me recordó la película la lengua de las mariposas, a otro nivel claro.
Creo que hubo muchos D Severos y Aníbales, en aquella época, tal vez demasiados. Lo peor de todo es que esas historias se siguen repitiendo.
Se lee de un tirón y las descripciones son de una exquisita sensibilidad.
Plas, plas, plas, señora.
Un beso.

Miguel Baquero dijo...

Enhorabuena, Celsa. Me lo imprimo y lo leo, porque a mí las cosas lagas me gusta más leerlas en papel que en pantalla, pero ya te anticipo que tiene una pinta excelente. Enhorabuena de nuvo.

Miguel Baquero dijo...

¡Ya me he leído el relato y me hastado mucho! Enhorabuena. El estilo es muy seguro, el ambiente está magníficamente creado, los personajes tanto del maestro, como de Anibal como del narrador son muy creíbles. El final, eso sí, me ha parecido algo brusco y precipitado, no ha ninguna pista que haga imaginárselo, pero aparte de eso, es un gran relato. Merecidísimo premio

Raúl dijo...

"Estilo seguro", ha dicho Miguel... Sí, creeo que es una buena forma de decirlo. Buen relato, Celsa.

Anónimo dijo...

Se lee de un tirón, Celsa.
Me ha dejado un sabor así como agridulce y una pregunta: el poema, ¿es tuyo o birlado? Porque si es tuyo... se nota que has aprovechado el tiempo en el taller :-)

Carmen (tuti)

manuespada dijo...

Buen relato, te manejas muy bien en las distancias largas. Tanto los diálogos como la voz del narrador me parecen muy creíbles. Enhorabuena, merecido premio.

Anónimo dijo...

soy una chica lista, soy una chica lista... (y atenta, aunque no siempre) :-p

carmen

mi nombre es alma dijo...

Enhorabuena. Un poeta en el interior de un realto, o viceversa.

Mª Jesús So dijo...

Hola!

Me ha encantado localizar tu Blog.

Este relato es precioso.

Volveré!

(Bueno, soy Mª Jesús, tu compi de clase...)

Ocelote dijo...

Yo también me lo imprimí. Los ojos malditos y el maldito ordenador ya nos van haciendo mella.

Me ha gustado mucho, Sinu. Pero me pone un poco triste. Me recuerda, aún cuando está ambientado en algún momento de hace décadas, que en materia de educación ciudadana, vital, o como la queramos llamar, nunca acabamos de ponernos al nivel de los que comparten área geográfica con nosotros.

Enhorabuena por el premio, maja.

Diana Sobrado dijo...

¡qué maravilla!
Genial, Celsa

Diana Sobrado dijo...

Es fanástico!

Celsa Muñiz dijo...

ZARZAMORA, más gente me lo ha dicho, eso de que le recordaba la lengua de las mariposas. Vi la película pero en mi mente no estaba para nada, quizá porque mi profesor es joven, quizá porque no menciono para nada la política… Per me gusta la comparación, y sobre todo que se lea del tirón.
Un beso y gracias por tu lectura.

MIGUEL, es un honor que te hayas tomado la molestia de imprimirlo y leerlo tan atento. Lo del final brusco ya me lo dijo más gente. Tomo nota para próximos finales, tengo mucha tendencia a rematar a algún personaje par acabar. ¿Tendrá que ver con algún lado oscuro del que no soy consciente?
Mil gracias y un abrazo.

RAÚL, lo del “estilo seguro” me gusta. No sé muy bien a qué te refieres, pero te lo agradezco.
Gracias por leerlo entero.
Un abrazo.

CARMEN (TUTI)
5 de mayo de 2011 01:15
CARMEN (TUTI), claro que el poema es birlado, mujer. Yo sólo hago ripios terroríficos, jaja. Y claro que eres una chica atenta. Has pillado muy bien ese despertar a la homosexualidad de un adolescente confuso en un entorno duro y desinformado. Muchos lectores se quedaron sólo con la parte de los cambios del nuevo maestro.
Un besote, morena.

MANU, me alegra que digas que me manejo bien en las distancia largas, porque para mí son como una maratón. Tengo que seguir entrenando.
Muchas gracias por leerlo entero.
Un abrazo.

ALMA, si hubieras sabido escribir tan buenos poemas como tú, no tendría que haberlo cogido prestado a Gutierre de Cetina.
Muchas gracias por tu lectura.
Un beso.

Mª JESUS, gracias por buscarme. Y por dejar tu huella en mi blog. Y Vuelve, vuelve, que siempre serás bien recibida.
Besin, guapetona.

OCELOTE, acabo de leer tu relato EL Abuelo. Me estaba enganchando tanto que tuve que copiarlo en Word. No me hizo falta imprimirlo, porque la letra es grande y es un placer leerla, pero el fondo azul me estaba volviendo los ojos chiribitas. Lo de la educación ciudadana…, como aquella no era una ciudad, jajaja.
Muchas gracias por pasarte.
Un abrazo.

DIANA, gracias, guapetona, nada menos que dos comentarios, jajaja.
Besin.

Qwerty dijo...

Hola Celsa.
Hace tiempo que quería decirte que me ha encantado verte entre tantos premios: Me enorgullezco. Será porque, después de estos años, me siento amigo tuyo (y por si se me pega algo).

Este relato es una novela (o una peli). Los personajes son masticables de tan reales. Puedo verlos, les entiendo. Además tiene un título perfecto y unas pinceladas de ambiente magistrales. En mi caso, me gusta el final abrupto, porque es una transpolación perfecta de cómo hubiera sido el final de la historia en la mente y en los recuerdos de un niño.

Un abrazo, asturiana.

Celsa Muñiz dijo...

QWERTY, lo de sentirse amigos es mutuo, son muchas lecturas juntos. Yo sí que espero que se me pegue tu forma de contar.
Y me encanta que te gustara el final, pues como dije más arriba, a mucha gente le pareció abrupto. No sé... Yo el premio no lo devuelvo, jajaja
Y el título me lo dio una amiga, y acertó bien, no eres el único que me lo dijo.
Mil gracias por tu atenta y paciente lectura, que leer en pantalla es duro.
Un abrazo.

don vito andolina dijo...

Hola, encantadora entrada,simbólica, penetrante, bello blog, si te va la poesía,la palabra perdida, te invito a mi blog, un gustazo,es,
http://ligerodeequipaje1875.blogspot.com/
gracias, buen jueves, besos irreverentes..

Tarántula dijo...

Usted escribe muy bien, merece todos los premios conseguidos, tiene capacidad de enganche y una serenidad al escribir, difícil de lograr, porque hace suave los contornos de lo que escribe, casi desdibujándolos.

Texto encantador!

Rossina dijo...

Bueno, llegaba hasta aquí para leer a quien elige una y otra vez a Angeles Mastretta como libro de cabecera, y me encuentro con su relato premiado. Complimenti.
He leído hasta donde continúan las páginas, pero regresaré con más tiempo.

Celsa Muñiz dijo...

ROSSINA, muchas gracias por tus palabras que me saben a gloria. Llegaste aquí por mi "pasión" por Angeles Mastretta y sus "mujeres de ojos grandes" y no sé si porque te gusta a tí también o al revés. Imagino que es porque te gusta. Como ves, lo que escribo no se acerca en absoluto a su estilo. Simplemente es admiración, ni siquiera soy capaz de emularla.
Encantada de que te pasees por mi casa.

alterfines dijo...

Buenas tardes, Celsa:

Llego aquí invitado por un amigo, Qwerty, que me había contado que escribías como los ángeles; sólo puedo decir que estaba en lo cierto: he disfrutado este relato de principio a fin, aunque más que un desenlace repentino e inopinado, me han quedado más ganas de ver desenvolverse a Aníval.

Si me lo permites volveré, para seguir leyéndote. Un saludo sincero.

Celsa Muñiz dijo...

ALTER, te lo permite, te lo permito, tienes mi "biblioteca" a tu entera disposición. Lo que no tengo es copa de vino y taquitos de jamón pa picar. jejej.
Gracias por tu amable comentario.

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