sábado, 10 de febrero de 2007

Me necesitas

Cada amanecer te espero fogoso, aguardando impaciente el instante en que tus labios succionen mi esencia. Siempre lo haces, porque me necesitas y me deseas. Te acercas a mi con la expresión soñolienta de los amaneceres cansinos. Cierras los ojos y dejas que mi olor te penetra los sentidos. Me acercas a tus labios con ansia. Me gozas. Me gusta encontrarme así, dentro de tu boca, mientras mi fluido se mezcla con su humedad tibia. Lentamente voy rellenando tus pliegues internos y tus membranas rosadas. Entro como una cascada en tu corriente sanguínea. Navegamos juntos y siento como mi fuego aviva tus emociones. Te hago feliz. Por eso sé que nunca podrás vivir sin mi, sin tu amado café de la mañana.

lunes, 5 de febrero de 2007

Patria potestad

—¿Diga?
—Jorge, soy papá. ¿Qué tal estas cariño?
—¡Papá!, ¡que bien!
—Que contento estás, ¿eh?
—¿Vendrás este fin de semana a buscarme?
—No, hijo. Me han surgido problemas. En otra ocasión, ¿vale?
—Jo, siempre dices lo mismo. Me lo habías prometido.
—Ya lo sé, hijo. No te enfades. Te juro que iré a buscarte muy pronto. Bueno… ¿Y que tal tu madre?, ¿sigue saliendo con ese tipo?
—Sí. Pero, ¿cuándo me voy contigo?
—Pronto hijo, pronto. Pero dime, ¿el tipo ése está ahora ahí, en casa?
—Sí.
—Pero, ¿qué pasa, se va a quedar a dormir ahí?
—Sí, claro.
—¿Cómo que claro? ¿Cuántas veces ha dormido ahí?
—Muchas. Va a vivir aquí. Pero, papá, ¿qué día vendrás a buscarme?
—¡¿Cómo?, ¿que va a vivir ahí?!
—Sí. Es un mierda, y ayer mamá me castigó porque no le obedecí.
—¡¿Cómo?, ¿por desobedecerle?!
—Sí.
—Deja ya de llorar hijo, que ya tienes diez años. Escúchame. Que no me entere yo que obedeces a ese imbécil. Sólo debes obedecerme a mí, que para eso soy tu padre. Ese tipejo no es nadie para darte órdenes, ¿me has entendido?
—Sí, papá.
—Dile a tu madre que se ponga inmediatamente.
—Mamá dice que no tiene nada que hablar contigo. Pero, contéstame papá, ¿qué día vendrás?
—No seas pesado Jorge, por favor, ya te lo diré. Venga, dile a tu madre que es urgente.
—Pero…, papá…

sábado, 3 de febrero de 2007

Sinuosidades

—¡Ay!
—¿Qué te pasa? —pregunto sobresaltado.
—Nada, nada, es mi pelo. Es que si te apoyas sobre él me atirantas las raíces y me haces daño —responde Sofía con una sonrisa.
—Oh, perdona, no me había dado cuenta.
Apoyo los codos fuera de su melena y reanudo el vaivén mientras le chupo una oreja.
—¡Uh…¡, ¡Ah…!
—¡¿Qué?!
—Nada, nada, es que me haces cosquillas y no puedo concentrarme.
—Ah, perdona, no lo sabía.
Olvido la oreja y vuelvo a reanudar los envites mientras beso ardoroso su cuello delgado.
—¡Ay!, cielo, ten cuidado, no vayas a dejarme un moratón —me separa nerviosa.
—Tranquila, nenita, que no soy ningún vampiro.
—Ya, ya, pero lo mismo te emocionas y luego ya no hay remedio — me arenga limpiándose la humedad que le dejó mi boca.
La desmonto y me tiendo a su lado mirando al techo.
—Te has enfadado.
—No.
—Sí. Te has enfadado.
—Que no, que no estoy enfadado.
—Sí, sí que lo estas. Lo sé —ronronea mimosa mientras juguetea con mis pezones.
—No cielo, pero es que me desinflas continuamente. Siempre dices que necesitas más tiempo de caricias pero no sé por donde he de tocarte. Pareces una mantequilla.
—Perdona —susurra manoseando mi sexo que ladea a media hasta.

Me levanto y entro en el baño. Abro la ducha y dejo que el agua arrastre lo que queda de mis ganas. Cuando vuelvo a la cama la encuentro aún desnuda, insinuándose mimosa, pero yo sólo quiero dormir. La beso en la frente, le deseo un fraternal “buenas noches” y me acuesto dándole la espalda.
—No tengo sueño, tesorín —dice besuqueandome el hombro derecho.
—Pues no sé, cielo, ve al salón a leer un rato.
—No quiero leer. Quiero…, quiero… —su índice recorriendo sinuoso mi cintura.
—¿Qué?, ¿qué quieres hacer?, estoy cansado, cariño.
—Hace un rato no estabas cansado —responde con pucherito infantil
—Ya, pero ahora es muy tarde. Mañana he de madrugar —le digo arropándome hasta la nuca.
—Venga, hombre, pero si tu no tienes que hacer nada. Lo haré yo. Tú sólo déjate, ¿vale? —me dice con voz sensual arrancándome la sábana.
Miedo me da, pero la dejo hacer, como siempre.
Me coloca boca arriba y comienza a chuperretear mi cuello y mis orejas, yendo de una a la otra, observando en cada cambio si hay alguno en mi entrepierna. Yo sigo impasible y rígido como un bloque de hielo. Se afana entonces en mi boca, la lengua, el pecho, la hondonada de mi ombligo. Yo empiezo a flaquear. El pulso vuelve a descontrolarse y mi bandera a hondear orgullosa.
Ya ha tomado posesión de mi piel y de mi embolo. Sonríe victoriosa y cual amazona enfebrecida, agarra el mando y me galopa con su melena al viento, moviendo las caderas, mordisqueando convulsa mi hombro.
—¡Ay!
—¿Qué?
—Cielo, cuidado, que me devoras — le suplico.
—Calla, calla, déjame hacer —vuelve a repetir ignorando mi dolor.
Todo yo soy cabalgado, espoleado, absorbido por el ansia devoradora. Siento que muero, pero el placer me anestesia, me abrasa. Y entonces me dejo, me dejo, me dejo... Hasta que suenan rítmicos golpes en el cabecero de la cama: ¡Dios, es mi cabeza!
—Cielo, cielo, me estás matando —le digo con voz ahogada.
—Um, lo sé. ¿Te gusta, eh?
—Sí, sí. No. No. Sí, pero…, ¡oh, cielo, cielo…!
Mis jadeos la enervan más. Clava las uñas en mi hombro y yo casi agonizo. Saltan lágrimas de placer desesperado, sudo, me agito, jadeo, me agoto.
Y mientras sus mordiscos provocan agitaciones y un seísmo alborota mi carne magullada, pierdo el control del misil.
—¡Me muero! — claman sus labios justo cuando el cuerpo le estalla, se desintegra todo y a sacudidas me vacío en su interior.

No puedo moverme. Cierro los ojos y la siento acurrucarse mimosa sobre mi pecho mientras suspira feliz:
—Ha sido glorioso, ¿verdad cielin?
No puedo contestar. Me siento como un resorte roto
—¿Estas bien? —pregunta separándose un poco.
—No tengo palabras —respondo.
Se incorpora, enciende un cigarrillo y observa mi imagen: la cabeza desmayada, la boca entreabierta, las pupilas absortas y el pecho palpitante.
Abro los ojos y encuentro su mirada vencedora. Sigo sin poder moverme. Noto como un hilo de sangre va empapando la almohada. Estoy asustado, temo que esta vez no sea suficiente ponerme otra tirita.
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(3º Premio en el concurso “Imágenes” del Foro Cafedeartistas (allí con el polémico título: "¿Violencia de género?")

El otro lado de la cama

Muchas noches cuando estamos en la cama, con la luz apagada y en silencio, empiezo a notarte inquieto. Das cuatro o cinco vueltas intentando acomodar tu postura. Respiras profundamente. Sin palabras, te vas acercando a mi cuerpo hasta que una de tus manos encuentra mi pecho. Sigues sin decir nada y yo callo también dejándome hacer. Nos abrazamos. Sin apenas darnos cuenta encontramos en la desnudez del otro la piel encendida nublando nuestra conciencia. Seguimos en silencio mientras usas mi hondura como recipiente donde vaciar la pasión que provocó en ti la otra. Yo me adueño de tu entrega y te devuelvo el mismo fuego que otros ojos y otra boca encendieron. Luego, cuando los latidos acelerados van perdiendo intensidad, deshacemos nuestro abrazo y dejamos la mirada perdida en algún punto inexistente, más allá del techo de nuestro dormitorio, donde otros brazos nos envuelven con ternura.

Publicado en la Revista “Anaquel Austral” (5-6-2005) Picar aquí

Guiños de semáforo

Llueve y un semáforo en rojo me detiene el paso. Mientras aguardo, observo a una pareja joven que espera al otro lado de la calle. No llevan paraguas y el chico cubre las cabezas de ambos con su anorak a modo de toldo. Ella parece contarle algo muy concentrada, gesticulando con la mano que le deja libre su carpeta. Él, que la observa en silencio, de repente la empieza a besar. La chica, con gesto azorado, se queda muda y mira al suelo. En ese instante, mi memoria abre su pantalla para hacer presente un recuerdo:

Es noviembre y estamos en una esquina desierta resguardados de la lluvia al salir de clase. Yo le hablo de combinatorias y derivadas sin parar. Juan me mira fijamente y sin decir una palabra me besa la primera vez. Es un beso que me coge por sorpresa. Ni siquiera puedo responder. Se aleja un poco para mirarme. Yo, aturdida, miro hacia no sé donde, desconcertada, como perdida. Indefensa. Busco en mi mente algo con que comparar lo que siento. En medio del caos mío él me vuelve a besar. Otro beso, y otro más, toda una batería de besos más, que me envuelven, me aturullan…
Cuando se separa de mi boca me oigo pronunciar: “no vuelvas a hacer eso”. Lo digo así, bajito, casi sin pensar. Y él me responde: “perdón, no lo pude evitar”. Me sonríe pícaramente y me vuelve a besar. Una, dos, diez o quince veces más. No nos da tiempo a respirar. Yo me abandono en sus brazos, destensando mi columna vertebral. Sus manos recorren mi espalda sin cesar. Yo cierro los ojos. Le oigo respirar. Me aprieta en su pecho y yo, sin escapatoria, me dejo, me dejo, me dejo… No puedo más.

Se abre el semáforo. Suspiro y vuelvo a la realidad. Me cruzo con la parejita en mitad del camino. Ella sonríe. Él la vuelve a besar.


Publicado en la Revista “Anaquel Austral” (5-6-2005) Picar aquí

No te lo dije


No te lo dije, pero ayer, en la playa, mientras paseaba frente a la orilla, he visto a un hombre perfecto, majestuosamente perfecto. Así, al natural, sin engañifas publicitarias ocultando impurezas. Caminaba frente a mi, con el paso firme y la mirada en el horizonte. Era alto, atlético, armónico en las proporciones, de ojos grandes y mandíbulas cuadradas, con la piel brillante cubriendo una musculatura sinuosa, allí donde la naturaleza dicta que han de dibujarse las ondulaciones masculinas. Compartí por un segundo su mismo aire al cruzarnos, y cuando me rebasó su sombra, lo miré por detrás y pude comprobar que su anatomía posterior compartía igual belleza. Lo seguí con la mirada mientras se alejaba, erguido sin esfuerzo, con la naturalidad acostumbrada de los dioses. Y pensé en ti. Pero no te lo dije.

Te comparé con él, con cada una de sus partes. Cerré los ojos y visualicé tus piernas de cowboy, tu mirada triste y tu anatomía gomosa de alpargata vieja. Pero no te lo dije.

Luego me percibí, a su lado, como un defecto de la naturaleza, con mi piel lechosa y mis caderas infantiles. Y miré alrededor a todos los demás imperfectos que violábamos la arena con nuestras envolturas imperfectas. Volví a pensar en ti y fui feliz al comprobar, una vez mas, cuan ciego es el corazón. Pero no te lo dije.

Y esta mañana, al salir de la ducha, y mientras buscabas aún soñoliento la toalla me acerqué a besar tus labios húmedos. Enredé mis dedos en el bello de tu pecho hasta encontrar el botón de tus pezones morenos y sentí…, tu pasión apretándose en mi pubis. Miré tus ojos chiquitos cuando tus manos descendieron por la curvatura de mi espalda y te adoré, una vez mas. Pero no te lo dije.

(Publicado en Revista Anaquel Austral - 5-6-2005) Picar aquí

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