viernes, 4 de septiembre de 2015

AGEUSIA, mi premio de humor

El pasado 31 de agosto me han concedido el 1º Premio y único, del XXIII Concurso de Prosa Los Molinos 2015 organizado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento Los Molinos de Madrid. El relato debía ser de humor, así que allá que se fue a concursar mi relato "Ageusia". La palabreja del título, si bien es técnica, no deja de tener su puntito jocoso.
Quiero agradecer desde aquí al jurado y organización que lo han considerado merecedor de tan prestigioso certamen. Ver aquí
Espero que lo disfrutéis.


AGEUSIA

Inocente, señoría, claro que me declaro inocente.

Sí, sí, entiendo que los vecinos oyeran golpes y gritos, pero no vieron lo que pasó. Mi marido y yo jamás nos hemos peleado. Bueno, peleado, peleado, sí, ya sabe usted, como todos los matrimonios, pero mi Pepe jamás me puso la mano encima. ¡Ni yo a él!

¿Qué mi suegra lo vio? ¡Menuda bruja! Ella no vio nada, sólo malinterpretó la escena final, porque la culpa de todo la tuvo mi Ageusia.

No, no, la Ageusia no es ninguna persona, es la pérdida del sentido del gusto. Viene provocada por la Anosmia que…

Ah, tampoco sabe qué es. Pues es la pérdida del olfato. Se fueron los dos a la vez, allá por marzo de hace dos años, tras una gripe que…

Ya, ya voy al grano, pero es que es por eso que empezó todo. A mi me gusta mucho el chocolate, ¡lo que más en la vida! Bueno, lo que más me gustaba, porque desde entonces no me sabe. Quiero decir que no me sabe rico, ¿sabe usted? ¡Es terrible! ¿Se imagina frente a su plato favorito, salivando la exquisitez que ya conoce, y al meter el primer bocado resulta que le sabe a tierra? ¡Qué chasco, eh! Pues así es mi vida. Y será así para siempre, siempre, siempre… Eso me dijo el médico después de mil pruebas.

Ya, ya, le entiendo, señor juez, pero esto sí es “pertinente”, como dice usted. Si no cuento el inicio no le va a encajar la historia. Sigo:
Todo comenzó un día en que mi prima Encarni me dijo que ella compraba un chocolate artesano, riquísimo, riquísimo. Caro, eso sí, pero exquisito, y que a lo mejor al ser tan superbueno, podía saborearlo a pesar de mi Ageusia. Por lo visto se lo había recomendado su amiga Loly que es muy sibarita ella y…

Vale, vale, perdone. Ya me centro.
Pues bien, al día siguiente mi marido y yo fuimos a la tienda a buscar el famoso chocolate, pero no tenían el que me había dicho Encarni. Tenían otro que era ¡el no-va-más: ochenta por ciento de cacao puro —nos dijo la dependienta—, con el que hacen los bombones las mejores confiterías!”. Yo dudaba si comprarlo o no, porque aquella maravilla sólo la hacían en tabletas de kilo y medio. Cogí aquel lingote en la mano y pregunté a mi Pepe: “¿No es mucho chocolate sólo para probar si me sabe? Pero él dijo todo animoso: “Qué más da, chatina, si no te gusta hacemos unos bombones y ya los como yo”.
La tienda estaba a tope de gente y la chica apremiaba con la bolsita de plástico preparada, así que nos lo llevamos. Luego casi me da un patatús cuando nos dijo el precio: ¡quince eurazos!

Ya, si, perdón, tiene razón, que importa lo que costó. Sigo:
Ya fuera, a pocos metros de la tienda, no pudimos aguantar las ganas de darle un bocado, así que en mitad de la calle, sacamos la tableta, abrimos el envoltorio por una esquinita y como dos ratones sobre el mismo queso fuimos intentando morderlo en bloque. ¡Imposible arrancar un trozo! ¡Era una roca! Nuestros dientes resbalaban por él haciéndole surcos y llenándolo de babas sin pillar suficiente cantidad para catarlo. Fuimos corriendo a casa, ansiosos, yo, de frente a la cocina sin ni siquiera quitarme el abrigo. ¡Le tenía unas ganas!

No, no. Mi suegra no estaba en casa cuando llegamos con el chocolate. Llegó después. ¡Por eso se lió todo!

Como le decía, al llegar a casa lo desenvolví entero y me puse a cortar un trozo con el cuchillo de serrucho, uno que me aseguraron cuando lo compré que hasta cortaba clavos. ¡Nada! Entonces agarré el machete de cortar el pollo, puse el chocolate sobre la tabla de madera y le arreé un par de machetazos. Sólo conseguí que saltaran pequeñas salpicaduras que ni se encontraban en la boca. Fue en ese momento que me dio por pedirle ayuda a mi marido. Reconozco que fue mi culpa, porque mi Pepe no es nada mañoso, y además no piensa antes de actuar, ¿sabe usted?, él va de frente a aporrear lo que sea. Pero ese día le dio por pensar, así que tras observar la tableta un rato me dijo: “Tráeme la caja de herramientas”. Obedecí. Sacó unos alicates medio roñosos y los estuvo abriendo y cerrando un rato para aflojarlos. A punto estuve de preguntarle si pensaba hacerle la manicura a la tableta con aquel corta-cables, pero no dije ni pío. Allí estuvo pellizcándola hasta que se cansó. Entonces le dije que era mejor que utilizara las tenazas, y él dijo que lo que tenía en la mano eran tenazas. ¡Ahí no me pude callar! Le grité que lo que tenía en la mano eran unos alicates. Y él que no, que “¿Qué sabréis las mujeres lo que son unas tenazas?”. Un cabezón, oiga, porque, ¡anda si no sabré yo diferenciarlas! Vamos, aquellas herramientas eran ya de mi abuelo, que era un manitas y cuando era niña él me dejaba usarlas y…

Vale, vale… no me alargo más, pero que conste que yo sí sé diferenciar perfectamente unas tenazas de unos alicates, y él ni idea. Sigo:
Me dio la razón como a los locos y cogió las tenazas. ¡Imposible abarcar aquel mamotreto! Al final me pidió la llave grifa. Como me vio con cara de interrogación añadió con gesto de suficiencia: “Sí, cariñin, esas otras te-na-zas de piquitos que…” ¡Dios…, me apetecía abofetearle! Le di la grifa porque sé perfectamente como es. Y allí estuvo otro rato el infeliz intentando ajustar la apertura al taco de chocolate. Cuando lo tuvo al fin bien sujeto, se quedó mirándolo un buen rato. Entonces le pregunté, ya un poco caldeada: “¿Y qué?, ¿ahora que ya sabes que no se te puede escapar, que vas a hacer con él, eh?”. Me respondió: “Calla, estoy pensando”. Yo ya estaba de los nervios y acalorada, porque aún seguía con el abrigo puesto. Al fin dijo: “Dame el martillo”. Me entró un escalofrío… Le dije: “¡Ay madre, Pepín del alma!, ¿qué vas hacer con él? A ver si rompes la meseta de granito y la liamos…”.
Ni me escuchó. Empezó a dar encima de la llave sin atinar ni una vez. Todos los golpes caían atravesados tumbando la herramienta de un lado a otro haciendo que el chocolate resbalara sobre la tabla y ésta sobre la meseta, pero ni un rasguño, oiga, aquel chocolate parecía de acero. Entonces le dio como una ventolera, soltó la llave grifa y, ¡pum-pum-pum!, a martillazo limpio. Estaba como enfebrecido, con los ojos brillantes, ¡como fuera de si! Volaban lascas  por todas partes y mientras yo le suplicaba: “¡Deja, deja, ya es suficiente, por dios santo, Pepe, cálmate!”, él maldecía a grito pelado: “¡Puto chocolate de los cojones, conmigo no vas a poder!”
Cuando al fin logré detenerle, le rogué que saliera de la cocina para que se tranquilizara porque ya le digo que estaba como enloquecido. Me quité el abrigo, bebí un vaso de agua y ya más sosegada fui recolectando aquí y allá trocitos de aquel manjar, los metí en la boca, cerré los ojos y… ¡vaya chasco! ¡No me sabían a nada! Bueno, sí, a madera, como el resto de los chocolates.

Vale, vale, entiendo perfectamente que no le importe si me sabe o no, perdone usted. Retomo:
Tras la prueba final, era el momento de recoger y limpiar aquel desastre. Las salpicaduras de chocolate se pegaban a la bayeta, a la escoba, ¡a todo!, como un hollín de chimenea o un trozo de lápiz de labios. Bueno, usted no lo sabe porque es hombre, pero cuando se cae un trozo de barra de labios si se intenta limpiar se expande y se expande hasta el infinito. ¡Pues igual! Cuando terminé con el suelo me puse a limpiar toda aquella artillería. ¿Sabía usted que esas herramientas tienen unas ranuritas? Pues sí, tienen unas ranuritas por las que se había metido el chocolate y por más que les daba con el estropajo verde no se iba. Al final tuve que usar un palillo e ir ranurita a ranurita. ¡Dios!, ¿pero cómo podía ser tan duro y pegajoso a la vez?
En esas estaba cuando entró mi marido para ayudarme a limpiar, y como el suelo aún estaba mojado, resbaló. Yo quise sujetarle, pero como en ese momento tenía las malditas tenazas en la mano, no sé qué pasó, pero fueron directas a su cabeza y, ¡plaf!, se me desplomó como una marioneta.
Mi Pepe no se movía, y yo tampoco. Me quedé paralizada, estrujando las tenazas y  mirándole desde arriba con la mente bloqueada. No podía pensar, ¿sabe usted?, se me había puesto como un hueco vacío en la cabeza, como si se me hubiera ido todo lo que tenemos dentro y me hubiera quedado nada más que el cascarón donde está agarrado el pelo.
Fue en ese momento cuando apareció mi suegra por la puerta.
Ya se puede imaginar la escena que halló: a su hijo, inconsciente en el suelo, y a su nuera, desmelenada y roja, con el arma en la mano. Empezó a gritarme: “¡Asesina, asesina, que me lo has matado, Dios mío, que me lo has matado!” Salió con las manos en la cabeza pidiendo socorro a los vecinos como una loca.
Poco a poco se me fue rellenando de nuevo la cabeza y me agaché a socorrer a mi pobre marido que no reaccionaba. Le di masajes en el pecho: nada. Cogí un tazón con agua y se lo lancé a la cara con fuerza, ¡plaf!, como hacen en las películas, que siempre se despiertan de golpe con esa táctica, pero nada, mi Pepe seguía inmóvil. Puse mi oreja en su pecho a ver si latía. ¡Latía, virgencita mía, latía! Me eché a llorar y salí también corriendo a pedir auxilio a los vecinos. Pero ya entraban en tropel los de enfrente y los de arriba con mi suegra encabezando el piquete para inmovilizarme.
Y ya fue cuando llamaron a la Policía.

Ya, ya sé que no tengo testigos, sólo a mi pobre Pepe, pero como sigue en el hospital, con la consciencia en la inopia… Pero prueba del delito sí que tengo: el chocolate.


Celsa Muñiz Diez
1º Premio en  el XXIII Concurso de prosa Los Molinos 2015. Madrid




domingo, 5 de julio de 2015

Mi premio Martin Gaite

El pasado 30 de junio 2015, mi relato “Entre senos y cosenos” recibe el 1º Premio del  XIV Certamen Literario de Relatos Breves Carmen Martín Gaite que organiza cada año la Asociación de Mujeres “Villa de Lumbrales” (Salamanca). El tema del certamen de este año era “La solidaridad”.

Una alegría solo empañada por no poder asistir en personan a recoger el premio debido a una lesión vertebral. Así que las únicas jotas que me deja bailar son las del teclado, y con moderación. ¡Qué penita! 

Desde aquí quiero dar las gracias a las organizadoras del certamen, al Ayuntamiento de Lumbrales y en especial a la Presidenta de la Asociación Villa de Lumbrales, a todos que tan bien han sabido rellenar mi ausencia en el acto de entrega. Les estaré siempre agradecida.

Aquí la noticia del fallo
Aquí el acto de entrega


viernes, 17 de abril de 2015

A BOCAMINA


Se sigue despertando a las cinco de la mañana, media vida de madrugones le han trastocado el sueño. Se levanta a oscuras y se dirige a la sala casi de puntillas, abre el balcón, se acoda en la barandilla y envuelto en una manta permanece allí un gran rato, inmóvil hasta verlos pasar camino al trabajo: mineros silenciosos con el bocadillo del almuerzo apretado bajo el brazo. Algunos marchan encogidos, con el cuello de la zamarra levantado y las manos caladas en los bolsillos. Su mujer lleva razón, piensa, deberían irse del pueblo. ¿Qué sentido tiene ya vivir cerca del pozo? Su mirada sigue las negras figuras hasta verlas difuminarse bajo la luz amarillenta de la última farola. El aire gélido le hace lagrimear. ¡Maldita brisa! Cuando ya han pasado todos, cierra el balcón y regresa a la cama, pero nunca consigue volverse a dormir.
Hace dos años que aguarda así los amaneceres que durante treinta años recibió en la negrura de la mina, arrancándole carbón a las entrañas de la tierra, compartiendo humedad, polvo y compañerismo.
El resto de la mañana deambula por la casa con la desoladora certeza de ser un inútil, un estorbo, una maleta abierta en mitad del pasillo tras las vacaciones.
A lo largo del día va rellenando las horas de alcohol y recuerdos en el chigre de Nando. Habla lo justo, come poco y bebe más de lo necesario. A las tres de la tarde hace la siesta y a las cinco abre los ojos sintiendo todavía el carbón en la boca y un nudo en el pecho.
Desde que le prejubilaron ya no ha vuelto a despertarse con el cuerpo liviano y el deseo de mujer. Y una vez más se repite, que mañana no volverá a dormir la siesta.

Publicado en el libro "Ex libris" (Abril 2015)

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