lunes, 21 de diciembre de 2009

RECLAMACION




AL JUZGADO DE PRIMERA INSTANCIA Nº 1.- INTERNET

Dña. SINUOSA XX, mayor de edad, domiciliada en Avda. Blogspot.com, con DNI núm. 90-60-90 (ejem…), ante ese Juzgado comparece y como mejor proceda en derecho DICE:

Que a medio del presente escrito formula RECLAMACIÓN MORAL DE RESPONSABIIDAD a la COMUNIDAD DE BLOGUEROS que sigue, por los daños y perjuicios subjetivamente causados a su persona como consecuencia de los siguientes:

HECHOS

PRIMERO.- Que la dicente, enamorada perdida de la buena Literatura, viene manteniendo desde hace dos años, una ilusionada relación de pasión y enviciamiento con la susodicha COMUNIDAD BLOGUERA.

SEGUNDO.- Que en todo ese tiempo, la citada COMUNIDAD, y sin el consentimiento expreso-consciente de la dicente (¡viva el pareado!), ha tomado el mando de su cerebro.

TERCERO.- Que de resultas de dicha apropiación cerebral, dicha COMUNIDAD, no sólo ha hecho vaguear a la escritora que intenta ser, sino que ha causado, y sigue causando, graves daños morales y de cargo de conciencia a la dicente.

CUARTO.- Que la susodicha COMUNIDAD, amparándose en la necesidad de la dicente de emborracharse a diario con las letras, decidió, libre y sin el menor recato, colgar textos de calidad y belleza tan alta, que están resultando terriblemente dañinos para la autoestima de la dicente.

QUINTO.- Que la tal COMUNIDAD, escudándose en el contenido de los mensajes de elogio, que esporádicamente dedica a la obra de la dicente, no ha hecho más que aumentar la vanidad de ésta e impedir su liberación.

FUNDAMENTOS DE DERECHO

I.- Competencia y tramitación. Para dilucidar la presente reclamación es competente el organismo y representación legal a quien la dicente se dirige.

Por todo ello,
SUPLICA AL JUZGADO tenga por presentado este escrito, las alegaciones que contiene y por formulada RECLAMACION MORAL DE RESPONSABILIDAD en reparación de los daños descritos y causados a la dicente, condenando a TODOS LOS COMPONENTES de la COMUNIDAD DE BLOGUEROS a los que lee, por ahora y sin perjuicio de posterior tasación, a no colgar tanta buena literatura, dejando descansar a la dicente durante al menos DOS SEMANAS para que pueda distribuirlas entre los inevitables quehaceres navideños; y tras los tramites legales oportunos, dicte resolución acordando la procedencia de la reclamación de responsabilidad ahora formulada, e indemnizando a la dicente con la cantidad de descanso arriba indicada, mas los intereses legales que en derecho procedan, y que, dadas las fechas en que estamos, podrían ser canjeados por un lote de besos y abrazos.

Es justicia que pide en Internet, a 21 de diciembre de 2009.

Firmado: SINUOSA XX

¡Feliz Navidad a todos mis queridos blogueros!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un tirito de nada


Pase, pase, joven. Permita que no me levante; a mi edad los huesos…
Periodista, eh. Encantado. Ya me han dicho que anda usted por todo el pueblo preguntando cosas de la guerra.
Ah, que sólo le interesa el caso Requena.
Pues no señor, no es una leyenda. Y esa frase que tanto le sorprende fue verídica. Tal cual.
Pues claro que estoy seguro, joven. Yo estaba allí, en primera fila.
Sí, eso es. Ella se llamaba Adelina Fernández. Pero siéntese, hombre, siéntese.

Manuel Requena hacía más de diez años que se había marchado del pueblo, y por alguna de esas casualidades de la vida lo habían destinado de nuevo aquí. O a lo mejor fue él quien solicitó aquel cargo, eso yo nunca lo supe. Era un tipo distante y no mantenía más amistades que las de su trabajo. Estaba soltero, y desde su vuelta vivía sólo, en la segunda planta del edificio que hoy ocupa la Caja de Ahorros.
Era mi primera semana como ayudante suyo, y la última, porque después de aquello no volví. Mi tío Alfredo había movido algunos hilos para alejarme del frente y colocarme en aquella comisaría. Estaba situada a la derecha de la Plaza Mayor, y ya por entonces era un edificio viejo, con un suelo de madera apolillada y quejumbrosa. Ocupábamos el despacho tres personas: Requena, en su sillón de cuero, frente a una mesa enorme y brillante, Fermín, el mecanógrafo —que en paz descanse—, y yo.
Era febrero y olía a humedad y frío.

Serían las doce de la mañana cuando trajeron a Adelina bien sujeta por los brazos, entre dos, como si temieran que fuera a escaparse. Pobre vieja. No sé si es que ellos eran muy grandes o ella poquita cosa, pero el caso es que la estampa resultaba tremendamente desproporcionada. La dejaron frente a la mesa de Requena y ni siquiera le permitieron sentarse. La habían sacado de su casa tres días antes, con lo puesto, a empujones, sin más explicación que los culatazos del fusil. Por lo visto su delito había sido darle cobijo a una vecina y a sus dos críos. El padre andaba escondido por algún monte y el hambre se los comía. ¿Cómo iba a permitirlo?, me contaba, hizo lo mismo que había hecho con Manolito Requena: meterlos en su casa.

Así es. Fue Adelina la que vino a mí cuando terminó la guerra. Quería saber si yo conocía algún dato más sobre el caso Requena.

Pues no, él no hizo ningún gesto de sorpresa al verla entrar. Vamos, yo no lo advertí y él nada dijo. Ella tampoco dijo nada, sólo lo miraba con embeleso. Normal, ¿no? Me confesó cómo a pesar de todo se sentía orgullosa de él, viéndole allí sentado, ante su gran mesa llena de papeles. Hasta le había parecido más robusto, ya ve usted, él, que siempre fue una lombriz. Quien sabe, sería por las hombreras. O los galones.
Yo era un crío cuando Requena se fue del pueblo y siempre pensé que era uno más de los hijos de Adelina, pero fue ella la que me contó que lo había criado:
Manolito tenía ocho años y a su madre la acababa de destrozar un mercancías al cruzar un paso a nivel, uno que había frente a la escombrera donde trabajaba lavando carbón. Un hijo del pecado, lo llamó ella. No se ría, joven, eran otros tiempos, y la gente tenía pudor cuando hablaba de ciertas cosas, no como ahora. Bueno, a lo que iba, me contó que al crío lo había engendrado un padre que nunca tuvo intención de serlo. El niño se había quedado solo en el mundo.
“¡Adelina, por favor!, no me dejes aquí! —contó que sollozaba el crío agarrado a su cintura— ¡Déjame quedarme contigo, por favor, por favor!” ¿Qué podía hacer?, era el hijo de su mejor amiga. Miró su carita llena de mocos y no tuvo valor para dejarlo en aquel orfanato. Así que se lo llevó, lo bañó, añadió a la olla un puñado más de alubias cada día y un poco menos de leche en los vasos cada noche y crió a Manolito como si fuera propio. Y cuando marchó por esos mundos a buscarse la vida, le abrazó con la misma pena que si lo hubiera parido.

Sigamos. Requena cogió el informe que la acusaba y leyó en voz alta los motivos de su delito. Cuando terminó se recostó en el sillón y le preguntó:
“¿Lo has entendido todo, Adelina?”. Y ella, parece que la estoy viendo, igual que un pajarillo negro, estrujó las manos arrugadas y asintió con la cabeza.
Luego él añadió: “¿Tienes algo que alegar?”.
“Nada” —respondió.

No, ningún pariente. En aquel tiempo la pobre mujer ya no tenía a nadie. Estaba viuda. Su hijo mayor había muerto de tuberculosis antes de comenzar la guerra, y su hija, ya casada, vivía en Zamora. Aquí sólo le quedaban dos primas solteronas.

Como le decía, cuando Requena confirmó que Adelina había escuchado todos los cargos, me pasó el informe. Yo cogí una libreta alargada, una roja en donde anotábamos los datos de los presos condenados, y añadí los de Adelina. Mientras hacía mi trabajo, él dijo: “Pues lo siento mucho, pero la condena para estos casos es el fusilamiento”.
Ahí fue cuando Adelina, tiritando, y con los ojos como platos, habló por primera vez: “¿Cómo? ¿Qué me vais a condenar sólo por cobijar a esa pobre familia?”
Y él respondió: “Mira, Adelina, yo no puedo hacer nada. Sois los encubridores los culpables de que esta guerra continúe. Sólo cumplo órdenes.” Y acto seguido cogió el informe que yo le acababa de devolver y selló el último papel. Aún tengo metido en la cabeza el sonido de aquél maldito tampón.
Entonces ella echó las manos a la cabeza y repitió varias veces: “¡No me lo puedo creer!”
Yo tampoco me lo terminaba de creer. Pensaba que todo aquello acabaría en una broma macabra para escarmentarla. Por eso cuando él se levantó de la mesa y se acercó a ella, me relajé pensando que la abrazaría. Pero en lugar de eso, le dijo: “Lo siento, pero así están las cosas. Mañana, al amanecer, en el cementerio, será la ejecución.” Ella, espantada —lo mismo que yo—, dio un paso hacia él, le puso las manos en el pecho, y con la voz llorosa exclamó: “¡Pero, hijo, por Dios santo, ¿vas a permitir que me maten?!”
Y fue entonces cuando él, pasándole el brazo por el hombro y acercándola a la salida, le dijo: “Tranquila, mujer, si no te va a doler. Sólo será un tirito de nada”.

Así es, joven. Tal cual. Con esas mismas palabras lo dijo.
No, ella no añadió nada más. Nadie dijo nada más. Nadie.

Antes de cerrar la puerta, y mientras los guardianes la arrastraban como a un muerto por el pasillo, Requena le dijo a mi compañero: “Dese prisa, Fermín, haga pasar al siguiente. Ya sabe usted que me gusta comer puntual, que luego se me hace tarde para la siesta”.

No. Yo no fui quien la liberó. Eso no se supo jamás. Ella me contó que cuando la devolvieron al calabozo le dieron un vaso de leche y una pastilla —imaginó que era un tranquilizante—. Se durmió y cuando despertó, al día siguiente, estaba en una cabaña de pastores, en medio del monte, sola. Había tenido que caminar varias horas hasta llegar de nuevo al pueblo.

¿Requena, dice? Hombre todo es posible, yo también lo pensé, pero como usted ya sabe, fue esa misma tarde cuando lo encontraron muerto en su casa.

No. Ni idea. Las investigaciones de entonces —pocas—, no lograron concluir si fue suicidio o asesinato.

Hasta su muerte, dos años más tarde, Adelina nunca dejó de indagar quién la había liberado. Creo que, en el fondo, necesitaba creer que había sido obra de Requena. Pero la pobre se fue de este mundo con ese puñal.


(2º Premio en el XII Concurso de Relato breve de la Asociación Cultural Dafne de Oviedo – 12 diciembre 2009)
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domingo, 13 de diciembre de 2009

2º Premio

¿Os acordáis de mi famoso relato “Cosas de la guerra”? Aquel que descolgué para corregirlo y que al final no repuse porque lo envié a un concurso (está dos entradas más abajo). Pues ayer ganó el 2º premio en el XII Concurso de relato de la Asociación Cultural Dafne de Oviedo.
Entre los arreglos que le hice, estaba el cambio de título, de narrador, y casi, casi de toda la historia, jajaja.
Como ya os dije en su momento, me sirvieron mucho vuestras aportaciones. Así que desde aquí os lo vuelvo a repetir: ¡Gracias a todos!

martes, 24 de noviembre de 2009

Niña mía












Hoy, que cumples 25 años, y como excepción, no voy a recordarte como cada año a la niña que fuiste. Todas las madres lo hacemos, quizá por ese vano afán de revivir otro tiempo. Hoy quiero hablar de la mujer en que te has convertido.

Una ilusión:
La noche en que te traje al mundo pensé que moría, pero cuando te vi supe que no era sólo tu vida la que empezaba, sino la mía.
A veces creo que mi única misión en esta vida, para lo único que de verdad he servido, fue para traerte a este mundo. Jamás, ni en mis mejores sueños, cuando planeaba tener hijos, habría alcanzado a imaginar un ser tan maravilloso como tú.
Y no hablo de ese magnífico envoltorio que te ha dado la Naturaleza. Ni de ese cerebro tan bien construido. Eso nace con uno y ya está. Me refiero al tesoro que guardas en tu interior. Podría echar mano de una retahíla de adjetivos para definirte, pero sería una generalización vaga e incompleta. Eres bonita por dentro, sin más. Y lo seguirás siendo aún cuando toda esa belleza exterior se vaya escapando hasta camuflarte entre la gente corriente.

Una verdad:
Te quiero, mi niña, y no sólo porque soy tu madre y porque sólo esa razón sea suficiente para explicarlo. Te quiero, además, por saber detectar el momento exacto en que alguien necesita una caricia, o un oído que escuche sin cuestionar. Tú tienes todos esos dones, sin duda no heredados de mí. Doy gracias a dios por ello, por no haberte hecho cargar con mis defectos, por hacer que la genética te haya librado de arrastrar por la vida mi furia, mi imprudencia, mi agresividad... Mis miedos.
Has salido perfecta a pesar de mí.

¿Un pero?:
Eres desordenada ¿Y qué? Eso sólo es el necesario defectillo para ser humano. Siempre te regaño por eso, pero en realidad tú ya hace tiempo que sabes que la culpa es de esa necesidad mía de sentir que tengo control sobre algo.
Tú no necesitas ordenar lo de fuera para sentir que controlas tu vida. Tienes los pies en el suelo. Eres como esos juncos que crecen junto a los ríos, sabes juguetear con el viento sin temor a que ni el más fuerte vendaval los arranque de la tierra. Eso te lo ha dado papá, sin duda.

Un consejo:
No permitas jamás que ningún hombre te haga llorar. Llora por un hombre bueno, por sus penas, pero nunca porque sus acciones, o inacciones, te dañen. Alguien que te hace llorar no es buen compañero para andar toda una vida. Busca quien sepa escuchar, al que le guste conversar de lo que sea, aunque no sea importante. Que sepa abrazarte cuando necesites que ese abrazo sea tu cobijo.
No aceptes que nadie te haga dudar de tu valía. Huye de quienes te hagan sentir culpable, y de los que intenten rebajarte para estar más alto. Aléjate de los que tienden a fijarse antes en las alcantarillas que en las flores.

Un perdón:
Me lamento por los azotes de aquel día que aún recuerdas, y de otros dos que sólo mi memoria registró para que tenga presente siempre mi torpeza. También por no haber sacado el tiempo suficiente para escucharte, cuando de niña salías a recibirme por la tarde cuando llegaba a casa de la oficina. Me preocupaba tanto tu salud, tu alimentación, y tantos inútiles quehaceres familiares, que entre todos ellos te me fuiste del regazo sin apenas disfrutar tu infancia.
Si a pesar de mis fallos conseguiste ser una persona tan especial, creo que una mitad habrá sido obra de papá y la otra de algún dios que ha sabido perdonarme en el día a día, mientras ibas construyendo al ser extraordinario que eres hoy.

En fin…
No sé si lo sabes ya, creo que sí, pero te lo repetiré una vez más: eres el ser más importante de mi vida.
Feliz cumpleaños, tesoro mío.
Te quiero.

Mamá.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Concursando está

Edito hoy, 21 de junio 2009, para comunicaros que el relato "Cosas de la guerra" que motivó los comentarios de esta entrada, ya está reformado. No lo cuelgo porque sobrepasa el tamaño que sería deseable para leer en un blog. Además, ¡que caray!, me quedó tan chulo que lo envié a un concurso.

Vuelvo a daros las gracias a todos por vuestras aportaciones y fidelidad.
Abrazos a tutiplén.



jueves, 7 de mayo de 2009

¿Hay alguien ahí?


Crepitan las llamas en la noche invernal y el olor de las hojas de eucalipto que arden en el fuego impregnan la estancia. La anciana lee frente a la chimenea, sola, en la única casa habitada del pueblo. Suenan golpes en la puerta. Sobresaltada, deja caer el libro y el gato vulgar, que dormitaba ovillado junto al calor, da un brinco. Recoge el libro, lo coloca sobre la mesilla y se queda expectante, con la vista extraviada entre las fotografías amarillentas que la observan desde la cómoda. Vuelve a sonar otra tanda de golpes. Se pone en pie con agilidad inusual y se acerca a la puerta conteniendo la respiración. Acerca el oído y escucha. Silencio. ¿Hay alguien ahí?, pregunta. El gato pega el hocico a sus zapatillas de fieltro gris. Nadie contesta. ¿Hay alguien?, repite de nuevo. Al otro lado sólo se escuchan arañazos en la madera. Se arma de valor y abre. Una mujer, igual a ella, se cuela dentro sin mirarla, se dirige a la sala, coge el libro que está sobre la mesilla y se sienta a leer frente a la chimenea. El gato arquea el lomo con los pelos en punta. La anciana intenta hablar pero su boca sólo exhala humo blanquecino. El espejo sobre el aparador le devuelve una mancha borrosa que se diluye poco a poco.
Unos minutos más tarde, vuelven a sonar golpes en la puerta. La mujer que vino del exterior, sobresaltada, deja caer el libro. ¿Hay alguien ahí?, pregunta.

martes, 28 de abril de 2009

Infidelidades


Son las doce de la noche y ella, con las manos en jarra, grita:
—¿Qué pasa, eh?, ¿vas a quedarte otro día más sin salir de casa? Me tienes muy harta, ¿lo sabes? La semana pasada te dejé ahí, y ahí sigues, tirado en el sofá, dándole al mando a distancia como un subnormal. Luego te quejarás de que te pongo los cuernos con otros… Pero tú tienes la culpa. ¿Qué te crees, eh, que porque esté enamorada de ti voy a permitir que se me seque el cerebro? Pues estás muy equivocado. Puede que haya gente que pierda la cabeza o no sepa quién es, pero yo la tengo bien puesta sobre los hombros. ¡Así que muévete, haz algo! ¡Vive, coño!
Su marido, que ha escuchado el alboroto desde el dormitorio, entra en el estudio y la observa un rato. Ella, ahora callada, se muerde las uñas frente a la pantalla. Él se le acerca, le coge las manos y con dulzura le dice:
—Mira, cielo, no me importó comer el jueves los macarrones azucarados. Tampoco me enfadé ayer cuando extraviaste nuestro coche y nos pasamos dos horas buscándolo por las calles del centro. Incluso hago oídos sordos cuando le nombras mientras hacemos el amor. Pero que te olvides a nuestro hijo en el portón del colegio… ¡Por ahí, no paso! Si no terminas pronto con esa novela, creo que nuestro matrimonio se va a ir al garete.
—Lo siento, cariño —ella cabizbaja—, tienes toda la razón.
Le besa, apaga el ordenador y se van a la cama.
Dos horas más tarde ella regresa de puntillas. Enciende el equipo, abre el documento y sin levantar la voz le dice a la pantalla:
—Y que sepas, imbécil, que puedo encontrar otro protagonista con sólo chasquear mis dedos. ¿Entendido?

jueves, 23 de abril de 2009

Encuentro

Una mañana, cuando Armando Castro acababa de salir de su casa camino al trabajo, se cruzó con un hombre con una hogaza de pan bajo el brazo. Apenas diez pasos más adelante, comenzaron a caer gotas. Armando dio la vuelta en busca del paraguas y vio cómo el extraño del pan se colaba en su jardín. Intrigado, lo siguió a cierta distancia. Al llegar a la casa, el tipo sacó un llavín y abrió la puerta. Un perro color café saltó a sus hombros llenándole de lametones. Mientras cerraba, escuchó la voz alegre de una mujer. Enfurecido, se dispuso a entrar pero su llave no encajó en la cerradura. La revisó y comprobó que era la misma con la que minutos antes había cerrado al irse. Rodeó el jardín hasta llegar a la ventana de la cocina. Los vio reunidos frente a sus tazas de desayuno: su mujer, sus dos hijos y el hombre del pan que, de cuando en cuando, le daba trozos al perro. Observó perplejo cómo se iban repitiendo las escenas que media hora antes él había protagonizado. Cuando alzó la mano para golpear con furia en el cristal, el reflejo le devolvió el rostro de un hombre que no era él.

miércoles, 15 de abril de 2009

Intercambio


Avanzábamos hacia el enemigo con las espadas en alto, cuando sentí en mi cuello un frío tan quemante como el hielo. Subí las manos para calmar el ardor y mi cabeza no estaba. Me giré para buscarla y entonces me vi. Desde el suelo vi mi cuerpo aún en pié, con mis manos taponando el borboteo de sangre. Avanzó un trecho y luego se desplomó.
Al cabo de un rato, y cuando mis ojos empezaban a verlo todo en blanco y negro, sentí las manos de otro cuerpo zarandeándome sin cuidado. Sacudieron el polvo de mi pelo y me encajaron en su robusto cuello decapitado. Cargó a su espalda mi cadáver, lo llevó hasta el otro lado de la empalizada, donde estaba el enemigo, y lo depositó bajo otra cabeza sin ojos y ensangrentada.
Cuando nos alejábamos del campo de batalla me volví: los sesos de la testa muerta comenzaban a salir por entre las cuencas vacías. Sentí un miedo atroz, pero el cuerpo que me llevaba no experimentó el escalofrío.

jueves, 5 de marzo de 2009

El otro lado

Amanece y por debajo de la puerta principal se acaba de colar la hormiga. Sus patas, perfectamente sincronizadas, atraviesan el pasillo sin detenerse hasta llegar al salón. Granos de luz amarillenta se cuelan por las persianas bajadas hasta el fondo. De vez en cuando se para y olfatea. El televisor encendido parpadea frente a una mujer inmóvil que está tumbada en el sofá. Sus manos abrazan la fotografía de un niño vestido de comunión. En el sillón de enfrente dormita ovillado un perro flaco.
En su marcha imparable, la hormiga tropieza con un periódico tirado en el suelo. Lo bordea hasta encontrar el pliegue que le permite trepar a él. Conquistada la cima, corretea sobre el crujiente terreno y de vez en cuando se detiene a husmear. Su cuerpo negro se confunde con las letras de un titular: “Apresado el asesino de Silvia Ruiz”. Merodea por el papel sin distinguir la imagen del joven esposado que aparece bajo el letrero. Desanda el camino y ahora su radar interior la lleva hacia la cocina.
Vuelve al rato con la pesada carga de una miga de pan. Pasa de nuevo frente a la mujer que sigue inmóvil. Se para a descansar un rato, ajena al perro que ahora lame la frente yerta de su ama. Al reanudar la marcha tiene que desviar su trayectoria para sortear el charco de sangre que mana de las muñecas femeninas.
Cuando está a punto de alcanzar el pasillo, suena el timbre. El perro la sobrepasa veloz, dando grandes ladridos, apoya sus patas delanteras sobre la puerta y comienza a aullar. Siguen los timbrazos insistentes, pero la hormiga va a lo suyo, sin desviarse de la ruta que la devolverá al hormiguero.
Sorda para los gritos de “¡asesino!”, esquiva habilidosa las decenas de pies que se van agolpando frente a la casa.

Editado en el libro "Caleidoscopio" (2014)


viernes, 20 de febrero de 2009

Palabras




Él se enamoró nada más verla entrar en el bar que frecuentaba. Ella, además de la mirada, necesitó que su voz de espuma dejara flotando a sus neuronas. Y es que él venía acompañado de un cerebro tan brillante, y una oratoria tan bien timbrada, que ella se dejó caer en sus brazos como quien cae a la mar. Se le entregó toda, y él la conoció entera: desde el nacimiento del pelo hasta la hondonada perfecta de su ombligo, desde sus más pueriles anhelos, hasta ese pecado oscuro que cada cual oculta en los recodos del alma.

Se casaron tras cinco meses de entusiasmo y trescientas horas de comerse la piel y los adentros. Y en todo ese tiempo, de la boca masculina no se escapó jamás ni un solo te-quiero. Y es que él, a pesar de su locuacidad en lo cultural, en lo amoroso era más bien recogido.

—¿Me quieres? —preguntó ella al despedirse la primera mañana de convivencia.
—Claro, mujer, ¿acaso lo dudas? —y le posó un beso en la frente que ella llevó al trabajo como quien lleva un clavel en la pechera.
No era certeza lo que ella buscaba. Bien sabía de su adoración. Él había mandado colocar un gran espejo en el dormitorio, para que al abrazarla, sus
ojos pudieran adueñarse de su figura por detrás. Pero no haber escuchado nunca en la boca amada ese te-quiero, mil veces imaginado, le hacía sentir incompleta.
—¿Me quieres?— volvió a preguntar ella una noche, desmayada sobre su pecho tras dejarle él entre las piernas la semilla de la maternidad.
—Ya sabes que sí —volvió a responder él acariciándole el pelo.
—Pues yo…, te quiero, te quiero, te quiero… —repitió ella hasta diez veces. Pero no hubo contagio.

Pasaron los nueves meses y él tuvo otro motivo de adoración. Un milagro de carne rosa y ojos grandes que le pareció la niña más hermosa que había dado la humanidad. Ella, exhausta y feliz, le miró desde su lecho de recién parida, convencida de que al fin, escucharía las palabras soñadas. Pero él se limitó a llenar el cuarto del hospital de flores chillonas y caricias silenciosas.

Ella se había hinchado y deshinchado sin que su ombligo perdiera ni un milímetro de perfección. Por eso, cuando volvió a casa tras el parto, él quiso dar fe de aquel prodigio desnudándola frente al espejo. Entonces ella volvió a preguntar:
—¿Me quieres?
—¿Pero aún lo dudas? —susurró con la boca enterrada en su cuello— ¿No ves como me tienes?
—¿Entonces, por qué nunca me lo dices? —le separó de su cuerpo.
—¿Pero, para qué quieres que te lo diga si ya sabes que sí?
—Es cierto, ya lo sé —dijo ella poniéndose el camisón.
—¿Entonces? —él intentando desnudarla de nuevo.
—Déjame —le apartó—.Tú también sabes qué hay bajo mi ropa. Ya lo has visto muchas veces. No necesitas que te lo vuelva a enseñar.
Se metió en la cama y apagó la luz. Le sintió deambular mucho rato por la sala, callado, sin nada que argumentar.

Una noche, tras dos semanas de abstinencia, ella le sintió a su espalda dar más vueltas de la cuenta, pero no se volvió ni a preguntar. Al rato notó unos dedos tímidos picándole en el hombro.
—Te quiero… —dijo una voz tan baja que se ahogó en la almohada.
—¿Has dicho algo? —ella volviéndose— es que no te oigo. Habla más alto.
—Te quiero —volvió a repetir bajito, con la cabeza metida en la camisa del pijama.
Entonces ella se incorporó y encendió la luz.
—Repítemelo otra vez —y le levantó la barbilla como a un niño—, por favor.
—Pues eso —dijo un poco más alto mirando al techo —: que te quiero.
Ella se tapó la boca con ambas manos, una sobre la otra. Después los oídos. Tras unos minutos, en los que sólo se escuchó el tic-tac del despertador, ella explotó en una gran carcajada cuyas risas se prolongaron hasta el amanecer.

Desde aquel incidente, hace ya diez años, por los oídos de ella han pasado cinco amantes a los que nunca amó. Le dejaron mil te-quieros que entraron y salieron de sus orejas como el agua clorada de cualquier piscina: limpiando el último los residuos del anterior. Y hoy, como ayer, noche tras noche, sigue dejándose idolatrar por él, frente al espejo. En silencio. Siempre en silencio.


Editado en el libro "Letras de Arena" (2012)

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