miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un tirito de nada


Pase, pase, joven. Permita que no me levante; a mi edad los huesos…
Periodista, eh. Encantado. Ya me han dicho que anda usted por todo el pueblo preguntando cosas de la guerra.
Ah, que sólo le interesa el caso Requena.
Pues no señor, no es una leyenda. Y esa frase que tanto le sorprende fue verídica. Tal cual.
Pues claro que estoy seguro, joven. Yo estaba allí, en primera fila.
Sí, eso es. Ella se llamaba Adelina Fernández. Pero siéntese, hombre, siéntese.

Manuel Requena hacía más de diez años que se había marchado del pueblo, y por alguna de esas casualidades de la vida lo habían destinado de nuevo aquí. O a lo mejor fue él quien solicitó aquel cargo, eso yo nunca lo supe. Era un tipo distante y no mantenía más amistades que las de su trabajo. Estaba soltero, y desde su vuelta vivía sólo, en la segunda planta del edificio que hoy ocupa la Caja de Ahorros.
Era mi primera semana como ayudante suyo, y la última, porque después de aquello no volví. Mi tío Alfredo había movido algunos hilos para alejarme del frente y colocarme en aquella comisaría. Estaba situada a la derecha de la Plaza Mayor, y ya por entonces era un edificio viejo, con un suelo de madera apolillada y quejumbrosa. Ocupábamos el despacho tres personas: Requena, en su sillón de cuero, frente a una mesa enorme y brillante, Fermín, el mecanógrafo —que en paz descanse—, y yo.
Era febrero y olía a humedad y frío.

Serían las doce de la mañana cuando trajeron a Adelina bien sujeta por los brazos, entre dos, como si temieran que fuera a escaparse. Pobre vieja. No sé si es que ellos eran muy grandes o ella poquita cosa, pero el caso es que la estampa resultaba tremendamente desproporcionada. La dejaron frente a la mesa de Requena y ni siquiera le permitieron sentarse. La habían sacado de su casa tres días antes, con lo puesto, a empujones, sin más explicación que los culatazos del fusil. Por lo visto su delito había sido darle cobijo a una vecina y a sus dos críos. El padre andaba escondido por algún monte y el hambre se los comía. ¿Cómo iba a permitirlo?, me contaba, hizo lo mismo que había hecho con Manolito Requena: meterlos en su casa.

Así es. Fue Adelina la que vino a mí cuando terminó la guerra. Quería saber si yo conocía algún dato más sobre el caso Requena.

Pues no, él no hizo ningún gesto de sorpresa al verla entrar. Vamos, yo no lo advertí y él nada dijo. Ella tampoco dijo nada, sólo lo miraba con embeleso. Normal, ¿no? Me confesó cómo a pesar de todo se sentía orgullosa de él, viéndole allí sentado, ante su gran mesa llena de papeles. Hasta le había parecido más robusto, ya ve usted, él, que siempre fue una lombriz. Quien sabe, sería por las hombreras. O los galones.
Yo era un crío cuando Requena se fue del pueblo y siempre pensé que era uno más de los hijos de Adelina, pero fue ella la que me contó que lo había criado:
Manolito tenía ocho años y a su madre la acababa de destrozar un mercancías al cruzar un paso a nivel, uno que había frente a la escombrera donde trabajaba lavando carbón. Un hijo del pecado, lo llamó ella. No se ría, joven, eran otros tiempos, y la gente tenía pudor cuando hablaba de ciertas cosas, no como ahora. Bueno, a lo que iba, me contó que al crío lo había engendrado un padre que nunca tuvo intención de serlo. El niño se había quedado solo en el mundo.
“¡Adelina, por favor!, no me dejes aquí! —contó que sollozaba el crío agarrado a su cintura— ¡Déjame quedarme contigo, por favor, por favor!” ¿Qué podía hacer?, era el hijo de su mejor amiga. Miró su carita llena de mocos y no tuvo valor para dejarlo en aquel orfanato. Así que se lo llevó, lo bañó, añadió a la olla un puñado más de alubias cada día y un poco menos de leche en los vasos cada noche y crió a Manolito como si fuera propio. Y cuando marchó por esos mundos a buscarse la vida, le abrazó con la misma pena que si lo hubiera parido.

Sigamos. Requena cogió el informe que la acusaba y leyó en voz alta los motivos de su delito. Cuando terminó se recostó en el sillón y le preguntó:
“¿Lo has entendido todo, Adelina?”. Y ella, parece que la estoy viendo, igual que un pajarillo negro, estrujó las manos arrugadas y asintió con la cabeza.
Luego él añadió: “¿Tienes algo que alegar?”.
“Nada” —respondió.

No, ningún pariente. En aquel tiempo la pobre mujer ya no tenía a nadie. Estaba viuda. Su hijo mayor había muerto de tuberculosis antes de comenzar la guerra, y su hija, ya casada, vivía en Zamora. Aquí sólo le quedaban dos primas solteronas.

Como le decía, cuando Requena confirmó que Adelina había escuchado todos los cargos, me pasó el informe. Yo cogí una libreta alargada, una roja en donde anotábamos los datos de los presos condenados, y añadí los de Adelina. Mientras hacía mi trabajo, él dijo: “Pues lo siento mucho, pero la condena para estos casos es el fusilamiento”.
Ahí fue cuando Adelina, tiritando, y con los ojos como platos, habló por primera vez: “¿Cómo? ¿Qué me vais a condenar sólo por cobijar a esa pobre familia?”
Y él respondió: “Mira, Adelina, yo no puedo hacer nada. Sois los encubridores los culpables de que esta guerra continúe. Sólo cumplo órdenes.” Y acto seguido cogió el informe que yo le acababa de devolver y selló el último papel. Aún tengo metido en la cabeza el sonido de aquél maldito tampón.
Entonces ella echó las manos a la cabeza y repitió varias veces: “¡No me lo puedo creer!”
Yo tampoco me lo terminaba de creer. Pensaba que todo aquello acabaría en una broma macabra para escarmentarla. Por eso cuando él se levantó de la mesa y se acercó a ella, me relajé pensando que la abrazaría. Pero en lugar de eso, le dijo: “Lo siento, pero así están las cosas. Mañana, al amanecer, en el cementerio, será la ejecución.” Ella, espantada —lo mismo que yo—, dio un paso hacia él, le puso las manos en el pecho, y con la voz llorosa exclamó: “¡Pero, hijo, por Dios santo, ¿vas a permitir que me maten?!”
Y fue entonces cuando él, pasándole el brazo por el hombro y acercándola a la salida, le dijo: “Tranquila, mujer, si no te va a doler. Sólo será un tirito de nada”.

Así es, joven. Tal cual. Con esas mismas palabras lo dijo.
No, ella no añadió nada más. Nadie dijo nada más. Nadie.

Antes de cerrar la puerta, y mientras los guardianes la arrastraban como a un muerto por el pasillo, Requena le dijo a mi compañero: “Dese prisa, Fermín, haga pasar al siguiente. Ya sabe usted que me gusta comer puntual, que luego se me hace tarde para la siesta”.

No. Yo no fui quien la liberó. Eso no se supo jamás. Ella me contó que cuando la devolvieron al calabozo le dieron un vaso de leche y una pastilla —imaginó que era un tranquilizante—. Se durmió y cuando despertó, al día siguiente, estaba en una cabaña de pastores, en medio del monte, sola. Había tenido que caminar varias horas hasta llegar de nuevo al pueblo.

¿Requena, dice? Hombre todo es posible, yo también lo pensé, pero como usted ya sabe, fue esa misma tarde cuando lo encontraron muerto en su casa.

No. Ni idea. Las investigaciones de entonces —pocas—, no lograron concluir si fue suicidio o asesinato.

Hasta su muerte, dos años más tarde, Adelina nunca dejó de indagar quién la había liberado. Creo que, en el fondo, necesitaba creer que había sido obra de Requena. Pero la pobre se fue de este mundo con ese puñal.


(2º Premio en el XII Concurso de Relato breve de la Asociación Cultural Dafne de Oviedo – 12 diciembre 2009)
.
.

19 comentarios:

Sinuosa dijo...

Bueno, como ya sabéis muchos, esta es la otra versión (corregida y ampliada) del que en un principio se tituló "Cosas de la guerra".

Si os parece largo, pues sentaros, ea, no haber pedido que lo colgara, jajajaj
Gracias por pedírmelo. Aysss..., me hacía ilusión.
;)

El Ángel... dijo...

Que bueno!! Bien, finalmente vino Superman jajajajaja!!! Que bien encontraste la forma de redimirlos a ambos (aunque quede abierto si fue Requena quien la libera). Me gustó mucho y los cambios le han sentado muy bien. Felicidades por el premio. Me alegra que estés de regreso.
Un beso.

Araceli Esteves dijo...

No me ha parecido largo, se lee muy bien. De un tironcito de nada.
Felicidades por el premio.

eva-la-zarzamora dijo...

Felicidades, linda.
Nunca hubiese elaborado así el cuento.
Eso sí, te felicito y más.
Y me alegra saberte ganadora de tal premio.

Una vez más enhorabuena.
Gracias por ser siempre de las primeras en pasarte ;)

Besos.

Juanjo dijo...

No lo leí en su día, pero me ha gustado mucho el relato. Un relato de mucho.

Enhorabuena por el premio. Y besos.

mi nombre es alma dijo...

No se hace pesado de leer aún en un medio como éste y eso no es fácil, no.

Un abrazo y repito mi enhorabuena

BB dijo...

Lo he leído de un tirito y me ha
gustado mucho. Te felicito de
corazón por ese premio.
Un beso,
BB

Raúl dijo...

Cómo me gustaría tener en mente la anterior versión, para así poder justificar aquel comentario que te dejé en su día.
El relato tiene ahora todo el cuerpo que necesita, y responde a todas las preguntas que el lector pueda hacerse para entender las motivaciones de los personajes.
Me gusta el hecho -atrevido- de que omitas las preguntas del periodista; por otro lado innecesarias.
Sólo me queda felicitarte de nuevo.

Miguel Baquero dijo...

Enhorabuena por el segundo premio y no, no me ha parecido largo. Para nada. Ya tenía ganas de leer este relato que en su día "descolgaste" antes de que yo llegara y no me ha defraudado en absoluto. No sé cómo sería la anterior versión pero ésta te ha quedado muy muy bien.

También decirte que me gusta mucho el inicio y esa forma de apuntar la historia sólo con las respuestas del entrevistado.

Anónimo dijo...

Muy bien escrito, pero el cuentecito carece de punch, no tiene pasión.
Enhorabuena.

Laura

DanielPérez dijo...

Yo también lo leí de un tirito de nada.
Muy bueno el relato y complace lo que estaba esperando para leerlo, ya que no pude leerlo primero, refiriendome a la primera versión.
Yo tengo ganas de colgar un relato largo que tengo, pero no sé si por su longitud sea leido..
Aunque éste comprueba que no hay tales inconveninetes, pero tomemos en cuenta la propaganda y espera de éste!
Un abrazo y Felicitaciones.
Merecido Premio.

Qwerty dijo...

Sinuosa:
No lo pude leer en su momento, lo acabo de hacer ahora.
Y me has dejado impresionado. Tu relato es técnicamente impecable, el tema, el tono, algunas frases magníficas, en fin, que más decirte...
La elipsis del periodista le da un saborcillo a los cuentos de Benedetti que sabe a gloria.
Y hablando de elipsis, la mejor: Fueron el narrador y Fermín quienes liberaron a Adelina y ajusticiaron a Requena.
Fueron ellos.
Lo sé, casi pienso que estaba allí.

Hank dijo...

Enorme salto cualitativo.
Me ha impresionado la pulcritud y profesionalidad con la que has escrito este cuento, la meticulosidad que has empleado, el empeño corrector que le has puesto. Suave y completo, así entra.

Buen trabajo. Merecido premio.

Abrasos y bezos (o viseverza)

Sinuosa dijo...

EL ANGEL, que conste que la salvé porque tú me lo pediste.
Un besín.

ARACELI, EVA, JUANJO, ALMA, BB, MIGUEL, DANIEL PEREZ, mil gracias y otros tantos besos.

RAUL, ya sabes de mi agradecimiento. Un beso.

ANONIMA, ya me habría gustado “punchear” mejor. Pero es lo que hay. Gracias.

QWERY, HANK, mis niños queridos, veros en mi blog es como estar en casa. Un besazo.

Mariadolcas dijo...

Enhorabuena por tu merecido premio.Ya era hora de que una bloguera como tú colgara su obra, lo mismo que exhibe su placa.
¡Ah!!! te salen las palabras como los bombones!!! de 10 jajaja

Anónimo dijo...

tengo retraso bloguero... llego la última a to

Muuuuuchas felicidaaaaaadeeeeees blondi :-)

tuti

HEBRAS DE SOL dijo...

! Enhorabuena ! , sigue sumando premios . Por cierto , creo que El Comercio ha convocado un concurso de relatos breves...echa un vistazo...ya me dirás Besines .

Sinuosa dijo...

MARIA, TUTI, ELY, un abrazote a las tres.

ELI, sobre ese concurso: ya envié tres relatillos. A ver si me eligen alguno para hacer el librito. Y si es el premio gordo, pues muuuuuuuucho mejor. Pero na, hay demasiada competencia. A ese tipo de concursos hay que enfrentarse con la misma ilusión que cuando se compra un cupón de la Once.
;)

Réquiem por Amor dijo...

muy bueno, si señora.

ADVERTENCIA LEGAL

Todos los contenidos que aparecen, o puedan aparecer expuestos en este blog, pertenecen a Dña. Celsa Muñiz Diez y están registrados. Por ello están protegidos por el Real Decreto Legislativo 1/1996 de 12 de abril (Ley de Propiedad Intelectual).

No se permite la reproducción, total o parcial, en ningún soporte y para ningún fin, de ninguno de dichos contenidos salvo autorización expresa de la autora. En caso de autorización se citará siempre la autoría y la fuente original, creando, si fuese posible, un vínculo a esta página.