lunes, 21 de diciembre de 2009

RECLAMACION




AL JUZGADO DE PRIMERA INSTANCIA Nº 1.- INTERNET

Dña. SINUOSA XX, mayor de edad, domiciliada en Avda. Blogspot.com, con DNI núm. 90-60-90 (ejem…), ante ese Juzgado comparece y como mejor proceda en derecho DICE:

Que a medio del presente escrito formula RECLAMACIÓN MORAL DE RESPONSABIIDAD a la COMUNIDAD DE BLOGUEROS que sigue, por los daños y perjuicios subjetivamente causados a su persona como consecuencia de los siguientes:

HECHOS

PRIMERO.- Que la dicente, enamorada perdida de la buena Literatura, viene manteniendo desde hace dos años, una ilusionada relación de pasión y enviciamiento con la susodicha COMUNIDAD BLOGUERA.

SEGUNDO.- Que en todo ese tiempo, la citada COMUNIDAD, y sin el consentimiento expreso-consciente de la dicente (¡viva el pareado!), ha tomado el mando de su cerebro.

TERCERO.- Que de resultas de dicha apropiación cerebral, dicha COMUNIDAD, no sólo ha hecho vaguear a la escritora que intenta ser, sino que ha causado, y sigue causando, graves daños morales y de cargo de conciencia a la dicente.

CUARTO.- Que la susodicha COMUNIDAD, amparándose en la necesidad de la dicente de emborracharse a diario con las letras, decidió, libre y sin el menor recato, colgar textos de calidad y belleza tan alta, que están resultando terriblemente dañinos para la autoestima de la dicente.

QUINTO.- Que la tal COMUNIDAD, escudándose en el contenido de los mensajes de elogio, que esporádicamente dedica a la obra de la dicente, no ha hecho más que aumentar la vanidad de ésta e impedir su liberación.

FUNDAMENTOS DE DERECHO

I.- Competencia y tramitación. Para dilucidar la presente reclamación es competente el organismo y representación legal a quien la dicente se dirige.

Por todo ello,
SUPLICA AL JUZGADO tenga por presentado este escrito, las alegaciones que contiene y por formulada RECLAMACION MORAL DE RESPONSABILIDAD en reparación de los daños descritos y causados a la dicente, condenando a TODOS LOS COMPONENTES de la COMUNIDAD DE BLOGUEROS a los que lee, por ahora y sin perjuicio de posterior tasación, a no colgar tanta buena literatura, dejando descansar a la dicente durante al menos DOS SEMANAS para que pueda distribuirlas entre los inevitables quehaceres navideños; y tras los tramites legales oportunos, dicte resolución acordando la procedencia de la reclamación de responsabilidad ahora formulada, e indemnizando a la dicente con la cantidad de descanso arriba indicada, mas los intereses legales que en derecho procedan, y que, dadas las fechas en que estamos, podrían ser canjeados por un lote de besos y abrazos.

Es justicia que pide en Internet, a 21 de diciembre de 2009.

Firmado: SINUOSA XX

¡Feliz Navidad a todos mis queridos blogueros!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un tirito de nada


Pase, pase, joven. Permita que no me levante; a mi edad los huesos…
Periodista, eh. Encantado. Ya me han dicho que anda usted por todo el pueblo preguntando cosas de la guerra.
Ah, que sólo le interesa el caso Requena.
Pues no señor, no es una leyenda. Y esa frase que tanto le sorprende fue verídica. Tal cual.
Pues claro que estoy seguro, joven. Yo estaba allí, en primera fila.
Sí, eso es. Ella se llamaba Adelina Fernández. Pero siéntese, hombre, siéntese.

Manuel Requena hacía más de diez años que se había marchado del pueblo, y por alguna de esas casualidades de la vida lo habían destinado de nuevo aquí. O a lo mejor fue él quien solicitó aquel cargo, eso yo nunca lo supe. Era un tipo distante y no mantenía más amistades que las de su trabajo. Estaba soltero, y desde su vuelta vivía sólo, en la segunda planta del edificio que hoy ocupa la Caja de Ahorros.
Era mi primera semana como ayudante suyo, y la última, porque después de aquello no volví. Mi tío Alfredo había movido algunos hilos para alejarme del frente y colocarme en aquella comisaría. Estaba situada a la derecha de la Plaza Mayor, y ya por entonces era un edificio viejo, con un suelo de madera apolillada y quejumbrosa. Ocupábamos el despacho tres personas: Requena, en su sillón de cuero, frente a una mesa enorme y brillante, Fermín, el mecanógrafo —que en paz descanse—, y yo.
Era febrero y olía a humedad y frío.

Serían las doce de la mañana cuando trajeron a Adelina bien sujeta por los brazos, entre dos, como si temieran que fuera a escaparse. Pobre vieja. No sé si es que ellos eran muy grandes o ella poquita cosa, pero el caso es que la estampa resultaba tremendamente desproporcionada. La dejaron frente a la mesa de Requena y ni siquiera le permitieron sentarse. La habían sacado de su casa tres días antes, con lo puesto, a empujones, sin más explicación que los culatazos del fusil. Por lo visto su delito había sido darle cobijo a una vecina y a sus dos críos. El padre andaba escondido por algún monte y el hambre se los comía. ¿Cómo iba a permitirlo?, me contaba, hizo lo mismo que había hecho con Manolito Requena: meterlos en su casa.

Así es. Fue Adelina la que vino a mí cuando terminó la guerra. Quería saber si yo conocía algún dato más sobre el caso Requena.

Pues no, él no hizo ningún gesto de sorpresa al verla entrar. Vamos, yo no lo advertí y él nada dijo. Ella tampoco dijo nada, sólo lo miraba con embeleso. Normal, ¿no? Me confesó cómo a pesar de todo se sentía orgullosa de él, viéndole allí sentado, ante su gran mesa llena de papeles. Hasta le había parecido más robusto, ya ve usted, él, que siempre fue una lombriz. Quien sabe, sería por las hombreras. O los galones.
Yo era un crío cuando Requena se fue del pueblo y siempre pensé que era uno más de los hijos de Adelina, pero fue ella la que me contó que lo había criado:
Manolito tenía ocho años y a su madre la acababa de destrozar un mercancías al cruzar un paso a nivel, uno que había frente a la escombrera donde trabajaba lavando carbón. Un hijo del pecado, lo llamó ella. No se ría, joven, eran otros tiempos, y la gente tenía pudor cuando hablaba de ciertas cosas, no como ahora. Bueno, a lo que iba, me contó que al crío lo había engendrado un padre que nunca tuvo intención de serlo. El niño se había quedado solo en el mundo.
“¡Adelina, por favor!, no me dejes aquí! —contó que sollozaba el crío agarrado a su cintura— ¡Déjame quedarme contigo, por favor, por favor!” ¿Qué podía hacer?, era el hijo de su mejor amiga. Miró su carita llena de mocos y no tuvo valor para dejarlo en aquel orfanato. Así que se lo llevó, lo bañó, añadió a la olla un puñado más de alubias cada día y un poco menos de leche en los vasos cada noche y crió a Manolito como si fuera propio. Y cuando marchó por esos mundos a buscarse la vida, le abrazó con la misma pena que si lo hubiera parido.

Sigamos. Requena cogió el informe que la acusaba y leyó en voz alta los motivos de su delito. Cuando terminó se recostó en el sillón y le preguntó:
“¿Lo has entendido todo, Adelina?”. Y ella, parece que la estoy viendo, igual que un pajarillo negro, estrujó las manos arrugadas y asintió con la cabeza.
Luego él añadió: “¿Tienes algo que alegar?”.
“Nada” —respondió.

No, ningún pariente. En aquel tiempo la pobre mujer ya no tenía a nadie. Estaba viuda. Su hijo mayor había muerto de tuberculosis antes de comenzar la guerra, y su hija, ya casada, vivía en Zamora. Aquí sólo le quedaban dos primas solteronas.

Como le decía, cuando Requena confirmó que Adelina había escuchado todos los cargos, me pasó el informe. Yo cogí una libreta alargada, una roja en donde anotábamos los datos de los presos condenados, y añadí los de Adelina. Mientras hacía mi trabajo, él dijo: “Pues lo siento mucho, pero la condena para estos casos es el fusilamiento”.
Ahí fue cuando Adelina, tiritando, y con los ojos como platos, habló por primera vez: “¿Cómo? ¿Qué me vais a condenar sólo por cobijar a esa pobre familia?”
Y él respondió: “Mira, Adelina, yo no puedo hacer nada. Sois los encubridores los culpables de que esta guerra continúe. Sólo cumplo órdenes.” Y acto seguido cogió el informe que yo le acababa de devolver y selló el último papel. Aún tengo metido en la cabeza el sonido de aquél maldito tampón.
Entonces ella echó las manos a la cabeza y repitió varias veces: “¡No me lo puedo creer!”
Yo tampoco me lo terminaba de creer. Pensaba que todo aquello acabaría en una broma macabra para escarmentarla. Por eso cuando él se levantó de la mesa y se acercó a ella, me relajé pensando que la abrazaría. Pero en lugar de eso, le dijo: “Lo siento, pero así están las cosas. Mañana, al amanecer, en el cementerio, será la ejecución.” Ella, espantada —lo mismo que yo—, dio un paso hacia él, le puso las manos en el pecho, y con la voz llorosa exclamó: “¡Pero, hijo, por Dios santo, ¿vas a permitir que me maten?!”
Y fue entonces cuando él, pasándole el brazo por el hombro y acercándola a la salida, le dijo: “Tranquila, mujer, si no te va a doler. Sólo será un tirito de nada”.

Así es, joven. Tal cual. Con esas mismas palabras lo dijo.
No, ella no añadió nada más. Nadie dijo nada más. Nadie.

Antes de cerrar la puerta, y mientras los guardianes la arrastraban como a un muerto por el pasillo, Requena le dijo a mi compañero: “Dese prisa, Fermín, haga pasar al siguiente. Ya sabe usted que me gusta comer puntual, que luego se me hace tarde para la siesta”.

No. Yo no fui quien la liberó. Eso no se supo jamás. Ella me contó que cuando la devolvieron al calabozo le dieron un vaso de leche y una pastilla —imaginó que era un tranquilizante—. Se durmió y cuando despertó, al día siguiente, estaba en una cabaña de pastores, en medio del monte, sola. Había tenido que caminar varias horas hasta llegar de nuevo al pueblo.

¿Requena, dice? Hombre todo es posible, yo también lo pensé, pero como usted ya sabe, fue esa misma tarde cuando lo encontraron muerto en su casa.

No. Ni idea. Las investigaciones de entonces —pocas—, no lograron concluir si fue suicidio o asesinato.

Hasta su muerte, dos años más tarde, Adelina nunca dejó de indagar quién la había liberado. Creo que, en el fondo, necesitaba creer que había sido obra de Requena. Pero la pobre se fue de este mundo con ese puñal.


(2º Premio en el XII Concurso de Relato breve de la Asociación Cultural Dafne de Oviedo – 12 diciembre 2009)
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domingo, 13 de diciembre de 2009

2º Premio

¿Os acordáis de mi famoso relato “Cosas de la guerra”? Aquel que descolgué para corregirlo y que al final no repuse porque lo envié a un concurso (está dos entradas más abajo). Pues ayer ganó el 2º premio en el XII Concurso de relato de la Asociación Cultural Dafne de Oviedo.
Entre los arreglos que le hice, estaba el cambio de título, de narrador, y casi, casi de toda la historia, jajaja.
Como ya os dije en su momento, me sirvieron mucho vuestras aportaciones. Así que desde aquí os lo vuelvo a repetir: ¡Gracias a todos!

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