
Se
sigue despertando a las cinco de la mañana, media vida de madrugones le han
trastocado el sueño. Se levanta a oscuras y se dirige a la sala casi de
puntillas, abre el balcón, se acoda en la barandilla y envuelto en una manta
permanece allí un gran rato, inmóvil hasta verlos pasar camino al trabajo:
mineros silenciosos con el bocadillo del almuerzo apretado bajo el brazo.
Algunos marchan encogidos, con el cuello de la zamarra levantado y las manos
caladas en los bolsillos. Su mujer lleva razón, piensa, deberían irse del
pueblo. ¿Qué sentido tiene ya vivir cerca del pozo? Su mirada sigue las negras
figuras hasta verlas difuminarse bajo la luz amarillenta de la última farola.
El aire gélido le hace lagrimear. ¡Maldita brisa! Cuando ya han pasado todos,
cierra el balcón y regresa a la cama, pero nunca consigue volverse a dormir.
Hace
dos años que aguarda así los amaneceres que durante treinta años recibió en la
negrura de la mina, arrancándole carbón a las entrañas de la tierra,
compartiendo humedad, polvo y compañerismo.
El
resto de la mañana deambula por la casa con la desoladora certeza de ser un
inútil, un estorbo, una maleta abierta en mitad del pasillo tras las
vacaciones.
A
lo largo del día va rellenando las horas de alcohol y recuerdos en el chigre de
Nando. Habla lo justo, come poco y bebe más de lo necesario. A las tres de la
tarde hace la siesta y a las cinco abre los ojos sintiendo todavía el carbón en
la boca y un nudo en el pecho.
Desde
que le prejubilaron ya no ha vuelto a despertarse con el cuerpo liviano y el
deseo de mujer. Y una vez más se repite, que mañana no volverá a dormir la
siesta.
Publicado en el libro "Ex libris" (Abril 2015)