miércoles, 20 de mayo de 2009

Concursando está

Edito hoy, 21 de junio 2009, para comunicaros que el relato "Cosas de la guerra" que motivó los comentarios de esta entrada, ya está reformado. No lo cuelgo porque sobrepasa el tamaño que sería deseable para leer en un blog. Además, ¡que caray!, me quedó tan chulo que lo envié a un concurso.

Vuelvo a daros las gracias a todos por vuestras aportaciones y fidelidad.
Abrazos a tutiplén.



jueves, 7 de mayo de 2009

¿Hay alguien ahí?


Crepitan las llamas en la noche invernal y el olor de las hojas de eucalipto que arden en el fuego impregnan la estancia. La anciana lee frente a la chimenea, sola, en la única casa habitada del pueblo. Suenan golpes en la puerta. Sobresaltada, deja caer el libro y el gato vulgar, que dormitaba ovillado junto al calor, da un brinco. Recoge el libro, lo coloca sobre la mesilla y se queda expectante, con la vista extraviada entre las fotografías amarillentas que la observan desde la cómoda. Vuelve a sonar otra tanda de golpes. Se pone en pie con agilidad inusual y se acerca a la puerta conteniendo la respiración. Acerca el oído y escucha. Silencio. ¿Hay alguien ahí?, pregunta. El gato pega el hocico a sus zapatillas de fieltro gris. Nadie contesta. ¿Hay alguien?, repite de nuevo. Al otro lado sólo se escuchan arañazos en la madera. Se arma de valor y abre. Una mujer, igual a ella, se cuela dentro sin mirarla, se dirige a la sala, coge el libro que está sobre la mesilla y se sienta a leer frente a la chimenea. El gato arquea el lomo con los pelos en punta. La anciana intenta hablar pero su boca sólo exhala humo blanquecino. El espejo sobre el aparador le devuelve una mancha borrosa que se diluye poco a poco.
Unos minutos más tarde, vuelven a sonar golpes en la puerta. La mujer que vino del exterior, sobresaltada, deja caer el libro. ¿Hay alguien ahí?, pregunta.

martes, 28 de abril de 2009

Infidelidades


Son las doce de la noche y ella, con las manos en jarra, grita:
—¿Qué pasa, eh?, ¿vas a quedarte otro día más sin salir de casa? Me tienes muy harta, ¿lo sabes? La semana pasada te dejé ahí, y ahí sigues, tirado en el sofá, dándole al mando a distancia como un subnormal. Luego te quejarás de que te pongo los cuernos con otros… Pero tú tienes la culpa. ¿Qué te crees, eh, que porque esté enamorada de ti voy a permitir que se me seque el cerebro? Pues estás muy equivocado. Puede que haya gente que pierda la cabeza o no sepa quién es, pero yo la tengo bien puesta sobre los hombros. ¡Así que muévete, haz algo! ¡Vive, coño!
Su marido, que ha escuchado el alboroto desde el dormitorio, entra en el estudio y la observa un rato. Ella, ahora callada, se muerde las uñas frente a la pantalla. Él se le acerca, le coge las manos y con dulzura le dice:
—Mira, cielo, no me importó comer el jueves los macarrones azucarados. Tampoco me enfadé ayer cuando extraviaste nuestro coche y nos pasamos dos horas buscándolo por las calles del centro. Incluso hago oídos sordos cuando le nombras mientras hacemos el amor. Pero que te olvides a nuestro hijo en el portón del colegio… ¡Por ahí, no paso! Si no terminas pronto con esa novela, creo que nuestro matrimonio se va a ir al garete.
—Lo siento, cariño —ella cabizbaja—, tienes toda la razón.
Le besa, apaga el ordenador y se van a la cama.
Dos horas más tarde ella regresa de puntillas. Enciende el equipo, abre el documento y sin levantar la voz le dice a la pantalla:
—Y que sepas, imbécil, que puedo encontrar otro protagonista con sólo chasquear mis dedos. ¿Entendido?

jueves, 23 de abril de 2009

Encuentro

Una mañana, cuando Armando Castro acababa de salir de su casa camino al trabajo, se cruzó con un hombre con una hogaza de pan bajo el brazo. Apenas diez pasos más adelante, comenzaron a caer gotas. Armando dio la vuelta en busca del paraguas y vio cómo el extraño del pan se colaba en su jardín. Intrigado, lo siguió a cierta distancia. Al llegar a la casa, el tipo sacó un llavín y abrió la puerta. Un perro color café saltó a sus hombros llenándole de lametones. Mientras cerraba, escuchó la voz alegre de una mujer. Enfurecido, se dispuso a entrar pero su llave no encajó en la cerradura. La revisó y comprobó que era la misma con la que minutos antes había cerrado al irse. Rodeó el jardín hasta llegar a la ventana de la cocina. Los vio reunidos frente a sus tazas de desayuno: su mujer, sus dos hijos y el hombre del pan que, de cuando en cuando, le daba trozos al perro. Observó perplejo cómo se iban repitiendo las escenas que media hora antes él había protagonizado. Cuando alzó la mano para golpear con furia en el cristal, el reflejo le devolvió el rostro de un hombre que no era él.

miércoles, 15 de abril de 2009

Intercambio


Avanzábamos hacia el enemigo con las espadas en alto, cuando sentí en mi cuello un frío tan quemante como el hielo. Subí las manos para calmar el ardor y mi cabeza no estaba. Me giré para buscarla y entonces me vi. Desde el suelo vi mi cuerpo aún en pié, con mis manos taponando el borboteo de sangre. Avanzó un trecho y luego se desplomó.
Al cabo de un rato, y cuando mis ojos empezaban a verlo todo en blanco y negro, sentí las manos de otro cuerpo zarandeándome sin cuidado. Sacudieron el polvo de mi pelo y me encajaron en su robusto cuello decapitado. Cargó a su espalda mi cadáver, lo llevó hasta el otro lado de la empalizada, donde estaba el enemigo, y lo depositó bajo otra cabeza sin ojos y ensangrentada.
Cuando nos alejábamos del campo de batalla me volví: los sesos de la testa muerta comenzaban a salir por entre las cuencas vacías. Sentí un miedo atroz, pero el cuerpo que me llevaba no experimentó el escalofrío.

jueves, 5 de marzo de 2009

El otro lado

Amanece y por debajo de la puerta principal se acaba de colar la hormiga. Sus patas, perfectamente sincronizadas, atraviesan el pasillo sin detenerse hasta llegar al salón. Granos de luz amarillenta se cuelan por las persianas bajadas hasta el fondo. De vez en cuando se para y olfatea. El televisor encendido parpadea frente a una mujer inmóvil que está tumbada en el sofá. Sus manos abrazan la fotografía de un niño vestido de comunión. En el sillón de enfrente dormita ovillado un perro flaco.
En su marcha imparable, la hormiga tropieza con un periódico tirado en el suelo. Lo bordea hasta encontrar el pliegue que le permite trepar a él. Conquistada la cima, corretea sobre el crujiente terreno y de vez en cuando se detiene a husmear. Su cuerpo negro se confunde con las letras de un titular: “Apresado el asesino de Silvia Ruiz”. Merodea por el papel sin distinguir la imagen del joven esposado que aparece bajo el letrero. Desanda el camino y ahora su radar interior la lleva hacia la cocina.
Vuelve al rato con la pesada carga de una miga de pan. Pasa de nuevo frente a la mujer que sigue inmóvil. Se para a descansar un rato, ajena al perro que ahora lame la frente yerta de su ama. Al reanudar la marcha tiene que desviar su trayectoria para sortear el charco de sangre que mana de las muñecas femeninas.
Cuando está a punto de alcanzar el pasillo, suena el timbre. El perro la sobrepasa veloz, dando grandes ladridos, apoya sus patas delanteras sobre la puerta y comienza a aullar. Siguen los timbrazos insistentes, pero la hormiga va a lo suyo, sin desviarse de la ruta que la devolverá al hormiguero.
Sorda para los gritos de “¡asesino!”, esquiva habilidosa las decenas de pies que se van agolpando frente a la casa.

Editado en el libro "Caleidoscopio" (2014)


viernes, 20 de febrero de 2009

Palabras




Él se enamoró nada más verla entrar en el bar que frecuentaba. Ella, además de la mirada, necesitó que su voz de espuma dejara flotando a sus neuronas. Y es que él venía acompañado de un cerebro tan brillante, y una oratoria tan bien timbrada, que ella se dejó caer en sus brazos como quien cae a la mar. Se le entregó toda, y él la conoció entera: desde el nacimiento del pelo hasta la hondonada perfecta de su ombligo, desde sus más pueriles anhelos, hasta ese pecado oscuro que cada cual oculta en los recodos del alma.

Se casaron tras cinco meses de entusiasmo y trescientas horas de comerse la piel y los adentros. Y en todo ese tiempo, de la boca masculina no se escapó jamás ni un solo te-quiero. Y es que él, a pesar de su locuacidad en lo cultural, en lo amoroso era más bien recogido.

—¿Me quieres? —preguntó ella al despedirse la primera mañana de convivencia.
—Claro, mujer, ¿acaso lo dudas? —y le posó un beso en la frente que ella llevó al trabajo como quien lleva un clavel en la pechera.
No era certeza lo que ella buscaba. Bien sabía de su adoración. Él había mandado colocar un gran espejo en el dormitorio, para que al abrazarla, sus
ojos pudieran adueñarse de su figura por detrás. Pero no haber escuchado nunca en la boca amada ese te-quiero, mil veces imaginado, le hacía sentir incompleta.
—¿Me quieres?— volvió a preguntar ella una noche, desmayada sobre su pecho tras dejarle él entre las piernas la semilla de la maternidad.
—Ya sabes que sí —volvió a responder él acariciándole el pelo.
—Pues yo…, te quiero, te quiero, te quiero… —repitió ella hasta diez veces. Pero no hubo contagio.

Pasaron los nueves meses y él tuvo otro motivo de adoración. Un milagro de carne rosa y ojos grandes que le pareció la niña más hermosa que había dado la humanidad. Ella, exhausta y feliz, le miró desde su lecho de recién parida, convencida de que al fin, escucharía las palabras soñadas. Pero él se limitó a llenar el cuarto del hospital de flores chillonas y caricias silenciosas.

Ella se había hinchado y deshinchado sin que su ombligo perdiera ni un milímetro de perfección. Por eso, cuando volvió a casa tras el parto, él quiso dar fe de aquel prodigio desnudándola frente al espejo. Entonces ella volvió a preguntar:
—¿Me quieres?
—¿Pero aún lo dudas? —susurró con la boca enterrada en su cuello— ¿No ves como me tienes?
—¿Entonces, por qué nunca me lo dices? —le separó de su cuerpo.
—¿Pero, para qué quieres que te lo diga si ya sabes que sí?
—Es cierto, ya lo sé —dijo ella poniéndose el camisón.
—¿Entonces? —él intentando desnudarla de nuevo.
—Déjame —le apartó—.Tú también sabes qué hay bajo mi ropa. Ya lo has visto muchas veces. No necesitas que te lo vuelva a enseñar.
Se metió en la cama y apagó la luz. Le sintió deambular mucho rato por la sala, callado, sin nada que argumentar.

Una noche, tras dos semanas de abstinencia, ella le sintió a su espalda dar más vueltas de la cuenta, pero no se volvió ni a preguntar. Al rato notó unos dedos tímidos picándole en el hombro.
—Te quiero… —dijo una voz tan baja que se ahogó en la almohada.
—¿Has dicho algo? —ella volviéndose— es que no te oigo. Habla más alto.
—Te quiero —volvió a repetir bajito, con la cabeza metida en la camisa del pijama.
Entonces ella se incorporó y encendió la luz.
—Repítemelo otra vez —y le levantó la barbilla como a un niño—, por favor.
—Pues eso —dijo un poco más alto mirando al techo —: que te quiero.
Ella se tapó la boca con ambas manos, una sobre la otra. Después los oídos. Tras unos minutos, en los que sólo se escuchó el tic-tac del despertador, ella explotó en una gran carcajada cuyas risas se prolongaron hasta el amanecer.

Desde aquel incidente, hace ya diez años, por los oídos de ella han pasado cinco amantes a los que nunca amó. Le dejaron mil te-quieros que entraron y salieron de sus orejas como el agua clorada de cualquier piscina: limpiando el último los residuos del anterior. Y hoy, como ayer, noche tras noche, sigue dejándose idolatrar por él, frente al espejo. En silencio. Siempre en silencio.


Editado en el libro "Letras de Arena" (2012)

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El escritor


En honor al Viajero Solitario,
su inspirador (relato Crack)
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Recortó tanto la historia, que cuando terminó le debía letras al papel.
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lunes, 8 de diciembre de 2008

No sé por qué te quiero


Ella está en la cocina preparando el almuerzo. Cebolla, ajo, vino blanco, perejil, sí, mucho perejil. Y azafrán, sí, le pondré azafrán también. Trocea verduras mientras canturrea. Hace calor a pesar de estar en diciembre. Por la ventana abierta se cuela el sonido atronador de los altavoces de un coche que lleva las ventanillas abiertas y está parado en el semáforo. Soy libre, libre, libre… ¡Por fin! Y ahora bailotea por la cocina con el cuchillo en alto, al compás de los acordes que le llegan como viento fresco. ¡Ya no te quiero! Ya no me importas, imbécil, ¡ja, ja, ja! No mereces mi cariño. No tienes clase. Ahora tengo yo el mando. Puedo acallar tu recuerdo con un gesto tan simple como darle al botón de la radio: clic, lic, clic. Y hace el gesto en el aire, una y otra vez mientras da vueltas y vueltas.

De pronto cambian los acordes y deja de bailar. Una voz suave se ha metido entre el fogón y las sartenes: “… no sé por qué te quiero…” Se le cae el cuchillo. Debería cerrar la ventana, sí, tengo que cerrarla ya. Pero no la cierra. Se le ha vuelto a colocar ese nudo en mitad del pecho. Ana Belén y Antonio Banderas cantan a dúo: “… te busco en todos y no te encuentro…” ¿Por cuál recodo se coló esa imagen?: unos ojos brillantes y chiquitos que la contemplan desde arriba, unos labios húmedos, el sabor a menta y a sal en su boca. Se apoya en la pared y cierra los ojos. El frío de los azulejos la traspasa como una lanza. Sigue la música: “… si no me hicieran falta tus besos…” Y sigue el recuerdo: la fuerza de unas manos aprisionando sus caderas, los jadeos bajo su peso. Su olor… Un tequiero, dos, tres… Y la música se aleja: “… me miento tanto que me lo creo…”
¡Maldita cebolla!, dice limpiándose las lágrimas.


Editado en el libro "Caleidoscopio" (2014)

viernes, 28 de noviembre de 2008

Los vaivenes de la fama


Silvino siempre quiso ser cantante o ser torero. No pudo ser. Lo primero por fallarle con frecuencia el grito; lo segundo tampoco, no por escasez de valentía ni arrojo con el capote, sino por falta de toros, pues era difícil hacer manolinas en aquella tierra gallega donde los únicos cuernos que pastaban eran los de las vacas. Aún así probó en un sinfín de escenarios mientras vendía seguros, aspiradoras, enciclopedias y hasta pienso compuesto para los gatos. En mitad de ese vaivén de trabajos se casó con la Palmira, naciendo sin tardanza, primero la Maripuri y ocho años mas tarde la segunda criatura, el Manolín.

Como faltaba el dinero para tanta boca hambrienta, optó por hacerse minero y olvidar la fama y la gloria porque total… como ya no tenía pelo… Se marchó a Asturias a picar carbón durante un tiempo, sin mucha alegría, eso es verdad, pero con el mismo afán que el primero.

Hasta que un día en Galicia la tía Elvira estiró la pata dejándole para el recuerdo cinco prados, dos loros y una veintena de vacas. Y así fue como Silvino cambió el casco por los cuernos, las boñigas y media docena de gallineros. Total: que se hizo ganadero. Allí anduvo trapicheando un tiempo con los huevos y los bichos. Hasta que un día reencontrose, así, como de repente, con el sueño de alcanzar la gloria, esta vez no coronando su frente, sino a través de su niña, que daba lo mismo, porque a fin de cuentas era alguien de su gente.

Maripuri veía todas los días la tele de seis a diez, tragando merienda y cena frente a los colorines fluorescentes que se colaban por el salón. Repartía aquellas horas entre los mandados del colegio y la necesidad de jugar. Y jugaba. Jugaba a ser cantante empuñando los tenedores con el brío desenfrenado de las estrellas del rock. Así la encontró un día su padre al volver de ordeñar las vacas. Tan fascinado quedó por la escena que ya no pudo cerrar la boca a causa del manantial de baba que le fue cayendo por el labio hasta la ropa.

—Voy a hacer a Maripuri cantante —le dijo Silvino una noche a Palmira después de gravar en video a la nena por delante y por detrás.
—¿Ahora?, ¿con sólo diez años? ¿Y el colegio? —gritó colocando sus manos como una reja en mitad de la boca.
—Tranquila, mujer, pondré un salón de karaoke y desde allí la daré a conocer. Vendrán empresarios buscando talentos y como Maripuri vale mucho…
Y aquella noche se acostó con las manos cruzadas bajo la nuca a contemplar en la oscuridad del techo los proyectos a realizar.
—Estas loco —masculló su mujer arropándose bajo la manta.

Ni caso hizo Silvino a Palmira. Vendió tres prados, seis vacas y hasta un mantón de Manila que le había dejado en herencia su abuela la del cuplé. Tres años canturreó la nena llenando de gorgoritos las paredes de aquel familiar escenario mientras Silvino trastabillaba concursos amañados en los que su lucero dorado jugaba a ser lo más de lo más. Hasta que una primavera le llegó a su niña el revuelo adolescente con sus muchos desvaríos. Y entonces se enamoró. Se enamoró de un quinceañero surtido de granos y larguirucho que puso a Maripuri a vagar fuera de este planeta. Dos años le duró a la nena su paseo por la inopia, los mismos que aguantó Silvino los berridos desafinados de su clientela rumbosa, aguardando, triste y paciente, por ver si la niña de sus ojos volvía a centrar los suyos en los proyectos de papá. A Dios gracias descentrolos del pipiolo a tiempo, pero el escenario y el canto aparcolos para siempre y nunca más.

La culpa de que la niña se olvidara de la escena no fue la voz ni la pena, sino aquel enjambre de moscardones que la entretenían todo el rato. Y es que el paso del tiempo no hizo más que acrecentar aquel brote de hermosura, redondeando curvas y equilibrando proporciones hasta formar el conjunto mas bello que vieran los vecinos de aquella tierra de vacas.

Fue al mirarla desfilando por la improvisada pasarela de una función del instituto, cuando a Silvino le rebrotó la idea, ya casi perdida, de colocar a Maripuri en el pináculo de la fama. Aquella tarde de abril, la joven caminaba erguida sin esfuerzo, con la naturalidad acostumbrada de las diosas. Llevaba un vestido blanco salpicado de estrellas doradas que parecían haberse desprendidas de sus cabellos de sol. Cuando llegó al final del entarimado cambió su trayectoria girando sobre la punta del pie derecho, elevó el cuello altanero y paseó su mirada azul por el público que la contemplaba. Y es que la Maripuri se sabía guapa, por eso sacaba provecho de aquel lote de sinuosidades que con tanto acierto le habían colocados sobre los huesos los genes de sus papás.

Silvino, maravillado volvió a babear sin tregua, corriéndole por la mente mil proyectos para reinstalar en la gloria a la nena.
—Es igualita que mi madre —le dijo a su mujer sin apartar la vista de la criatura— tiene su misma elegancia. Yo haré que llegue muy lejos.
—Ay, Dios, ya empezamos… —replicó Palmira llevándose la mano al pecho.

Aquel mismo día decidió que la niña sería modelo famosa. La subiría al glamour del entarimado donde Maripuri encontraría, sin duda, un conde, un duque o un banquero.

Volvió a correr la euforia por las venas de Silvino quien cambió los altavoces por muestrarios de ropa fina. En el mismo local del karaoke montó una tienda de trapos y de zapatos desde la que organizó desfiles de pasarela. Allí lució ampliamente a su nena publicando los eventos en anuncios en la prensa, en la radio y una vez hasta en la tele. Y Maripuri brilló otros dos años dentro de los ojos de su papá. Tan enfrascado estaba Silvino en el mundo del colorín que a veces hasta se olvidaba de Palmira, de las vacas y del pobre Manolín.

Pero un día ocurrió lo que tenía que ocurrir: se volvió a enamorar la nena. Esta vez el destinatario de tanto ardor no fue un conde ni un banquero, sino un infeliz ganadero, cuadrado como un armario, que la llevó en volandas del entarimado hasta el altar. Y allí se quedó Silvino muerto de pena, cargado con un monte de trapos y sin modelo que moldear.

Tan hundido le dejó la boda que tuvo que ser Palmira, quien haciendo de vendedora, sacara la familia a flote mientras Silvino vegetaba entre trago y trago de orujo y vino. Hasta que un día se le acabaron los licores de emborrachar y hubo de salir a buscarlos a la tasca de la esquina. Allí tropezose con el cajón de un billar donde un joven mozalbete, oculto bajo una gorra, encajaba carambolas con tal soltura que ni siquiera rozaba el tapete.
—¡Dios mío! —gritó Silvino asombrado cuando el chico lanzó la visera al aire tras meter la última bola— pero si este chavalín es mi hijo: ¡es Manolín!

Silvino recobró el mando animoso y volvió a meter a Palmira en casa. Esta vez transformó la tienda en una sala con diez billares. Desde allí organizó trapicheos y campeonatos, con sus bolas y sus tacos, que con gran soltura ganaba, las más de las veces, su criatura. Y así fue como Silvino volvió a ser feliz viendo a su niño tan guapo, con su palo y su pajarita, metiendo bolas a saco.

Ya han pasado tres años desde que Silvino se metió a “billalero”. Palmira de momento calla, pero hace días que lleva perdido el sueño, justo desde que Manolín ha cogido el vicio de vagar por la casa con la expresión embobada que suele pintar Cupido entre la frente y el pecho.
Es la hora de la cena y el joven, tumbada en el sofá de la sala, observa el cielo de plata que se cuela por la ventana. Está así… como ido, como con desgana. Su madre pasa a su lado con una fuente de patatas, la coloca sobre la mesa y al volver le arremanga enfurecida un sonoro coscorrón:
—Deja de mirar la luna, niño, por tu padre te lo pido, deja de mirarla que nos matas.

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