jueves, 2 de mayo de 2013

Creciendo



Paula se suelta de la mano de su abuelo y corre hacia el escaparate.
—Mira, mira, Abu —palmotea el cristal con ojos brillantes— ¿verdad que son las más bonitas del mundo?
La tienda acaba de abrir y no hay gente a esas horas. Es una zapatería antigua de techo alto y suelo con tarima oscura. Un penetrante ambientador dulzón no logra camuflar el olor a humedad. Sentada en una silla alta, frente a la caja registradora, una señora de unos sesenta y cinco años, muy enjoyada, les saluda con amplia sonrisa.
—¿En qué podemos servirles?
El abuelo señala unas zapatillas azules con mariposas bordadas que hay en el escaparate y Paula se sienta a esperar. El banco es alto y los pies de la niña se columpian alternos por encima de la alfombrilla. Acaba de cumplir ocho años y esas deportivas son su regalo más añorado: “Todas las niñas de la clase tienen unas”, había repetido en casa durante semanas. Hoy, por fin, su abuelo iba a hacer real su sueño.
—¿Y qué número calza esta niña tan bonita? ¾sigue sonriente la señora.
—Un treinta y cuatro —responde el abuelo.
—Señorita Peláez —dice en tono seco la señora—, atienda al caballero.
De debajo del mostrador sale una treintañera bajita con la cara redonda y la piel ligeramente salpicada de puntitos rosa. Se inclina hacia el abuelo con las manos recogidas a la altura del estómago y pregunta con voz suave:
—Perdón, no entendí bien desde ahí abajo, ¿qué número dijo?
Antes de que el abuelo pueda responder, la señora contesta por él.
¾El señor ha dicho un treinta y cuatro, ¿es que no escucha?
La dependienta emite titubeantes “si” y se aleja veloz por una diminuta escalera de caracol que hay junto al mostrador. Unos segundos más tarde aparece por un estrecho corredor, a modo de balcón, con vistas a la zona de ventas. Cruje la madera bajo sus pies y su mano derecha recorre las hileras de cajas que apilan la mercancía.
Paula sigue sus movimientos mientras continúa balanceando los pies.
—De ese número no nos quedan en azul —informa la joven desde lo alto, agarrada a la barandilla como un pájaro a su rama¾, pero tenemos otros colores.
—¡¿Cómo que no hay número?! —le grita la dueña— Ahí, frente a sus ojos tiene montones en azul. Mire, mire bien.
La chica rebusca de nuevo, tanteando cartones al ritmo en que su jefa la bombardea desde abajo:
—Esa fila no, la de la derecha. Su derecha. Esa no, la de arriba...
Las manos de la dependienta saltan temblorosas de una a otra caja sin darle tiempo a posarse en ninguna.
Paula ha detenido el balanceo de sus pies y su cabeza va de la señora a la chica como si estuviera en un partido de tenis. Ahora es su lazo blanco el que se columpia al extremo de su trenza rubia.
Al final la dependienta tenía razón: no había en azul. Su jefa, chasquea la lengua visiblemente contrariada.
—No importa, no importa —se apresura Paula—, en verde también me gustan.
De repente, la señora deshace el gesto serio, se gira hacia el abuelo y extiende los labios de oreja a oreja, con tal amplitud, que su boca a Paula le recuerda un dibujo animado.
Por fin llega la dependienta cargada con una pila de cajas y Paula se quita un zapato.
—El pie derecho, la niña ha descalzado su pie derecho —grita la señora desde el otro lado del mostrador¾. Pruébele también la de las mariposas rojas. Y las de las mariposas blancas. Y…
Paula casi no atiende a las zapatillas. Su vista está clavada en los granitos del rostro de la chica que ahora aparecen arracimados y rojos bajo los pómulos. Se parecen a los de su amiga Silvia cuando la profe de gimnasia la obliga una y otra vez a saltar el potro que tanto miedo le da.
La señora se vuelve hacia el abuelo, cambia su registro verbal, y comienza una retahíla de alabanzas sobre la variedad y calidad de los modelos que siempre ha tenido su casa, todo un rosario de maravillas que recita alborozada. El abuelo no le presta mucha atención y se centra en revisar el acabado y las suelas de las zapatillas. 
“¿Te aprietan, bonita?”, “¿te gustan más éstas? …, pregunta con dulzura de cuando en cuando la dependienta.
—Señorita Peláez, despeje el mostrador. Rápido —palmea su jefa.
Paula apenas puede intercambiar una palabra con la chica que no para de repetir “sí”, “ahora mismo”, mientras va y viene del mostrador a sus pies. Se mueve tan deprisa que en uno de sus giros tropieza con el espejo del suelo. Su jefa le grita encolerizada:
—¡Cuidado!, a ver si se centra de una vez.
Los granitos de la dependienta invaden ya los pómulos y la parte alta del cuello.

Por fin, Paula elige las deportivas verdes con mariposas blancas. La dependienta las guarda en la caja y se las acerca a su jefa para que las cobre. Le da las gracias al abuelo por la compra y él le agradece las atenciones que ha tenido con la niña.
La dueña extrae el tique, se lo muestra al abuelo y mientras aguarda a que éste saque la cartera, se frota las manos haciendo tintinear sus pulseras. Entretanto, la dependienta recoge las cajas que quedaron por el suelo y Paula se ata los zapatos. La niña no deja de mirar los puntos rojos de la chica que ahora ya le ocupan el rostro y el cuello enteros.
Cuando el abuelo ya tiene el dinero en la mano Paula le grita desde el banco.
—¡Espera, abu! Es que…, no sé… —y mira a la dependienta como si quisiera pedirle permiso—, creo que las zapatillas no me gustan tanto.
La dependienta, de espaldas a su jefa, afirma con la cabeza y le sonríe.
—¿Cómo? —muy seria la dueña— Pero, ¿por qué?, acaso las prefieres de otro color?
—No. Es que ya no quiero ningunas zapatillas —contesta Paula con voz firme.
—¿Estas segura, cariño? —pregunta su abuelo.
—Sí, sí, muy segura —afirma también con la cabeza.
—Pues nada, si no te gustan entonces no las llevamos.
La señora aprieta los dientes al tiempo que rompe el tique, luego lanza con fuerza la caja sobre el mostrador y dice con voz altanera:
—Perdone que le diga, señor mío, que si nunca le ponen freno a los caprichos de la niña, mala persona van a criar.
—Se equivoca usted —responde el abuelo acariciando la mejilla de Paula¾, precisamente hoy me ha confirmado que será una gran persona.

Fuera ya de la tienda Paula echa una última ojeada a las zapatillas del escaparate, luego se coge a la mano de su abuelo y camina cabizbaja.
—Es temprano —su abuelo guiñándole un ojo¾. Aún podemos comprarlas en otra tienda.
Paula levanta la vista y sonríe; se suelta de su mano y avanza calle abajo dando saltitos.

 1º Premio en el III Certamen de Relatos Breves Mª de las Alas Pumariño. Convocado por el Foro de Mujeres del Llano. Gijón 21-10-2010.

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