domingo, 2 de diciembre de 2012

Al otro lado del puente


El paso lento, balanceante, cadencioso, al ritmo de sus botas con espuelas: clac-clac-clac.
—¡Alto forastero! ¾grita alguien a su espalda¾ ¡Suelta el arma, te estoy apuntando al cráneo!
La delgada figura, de piernas ligeramente arqueadas, se detiene. Antes de volverse separa los brazos del cuerpo, los arquea formando asas, afloja las manos y desentumece los dedos sin tocar la culata de las pistolas. Se gira muy lentamente y lo ve: un niño de unos diez años con pecas y gorra de béisbol le apunta con el dedo. El hombre le mira a los ojos entrecerrando los suyos bajo el sombrero de ala. Separa las piernas. Están así unos instantes, retándose con la mirada, apuntándose al corazón. En una milésima de segundo, sin que al crío le de tiempo a pestañear el pistolero desenfunda los dos revólveres.
—¡Bang-bang! —grita supliendo el tímido clic de los revólveres de latón.
El niño se agarra el abdomen con ambas manos, dobla las rodillas y formando una teatral pirueta se deja caer al suelo gimiendo un “¡ag, me-mu-e-ro”. Luego se queda allí, tirado en la tierra, muerto de risa.
El hombre sonríe de medio lado y la guirnalda negra del gran bigote desordena por un instante la simetría pálida de su cara. Sopla la punta de sus pistolas y enfunda. Se ajusta el sombrero y le dice:
—Nunca debiste cruzar el puente, forastero.
Ya de espalda levanta una mano, la agita en el aire como despedida y se aleja con el mismo paso lento.
¾Adiós, Yoe ¾le grita el niño incorporándose¾, cuidado con los cuatreros.

Esta tarde viste todo de negro, botas de cuero, sombrero de cowboy y cinturón con tachuelas de plata del que cuelgan las cananas que se anudan a los muslos flacos. Sobre el oscuro atuendo, como un escarabajo al sol, el brillo de una placa de sheriff.

Yoe vive en el pueblo de Sucana, con su anciana madre, los dos solos, sosteniéndose con la escasa pensión que les dejó su padre cuando murió. Lo atropelló un tren de mercancías, cuando él era sólo un niño. Su verdadero nombre es Bernardo, pero todo el mundo le llama Yoe, excepto ella.
Hoy en todo el pueblo no habitan más allá de quinientos vecinos. Décadas de musgo y ortigas trepan por las paredes de muchas casas deshabitadas que hace treinta años llenaban familias de mineros del lugar y siderúrgicos inmigrados del sur. 

Todos los días, sobre las once de la mañana,

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