domingo, 1 de mayo de 2011

Ojos mudos

Ayer murió mi hermano Aníbal. Soy su único familiar y ahora estoy aquí, en la casa del pueblo, haciéndome cargo de sus pertenencias. Entre los escasos objetos que atesoró en sus cajones, acabo de encontrar, ya amarillento, el viejo poema. El papel tiene las esquinas carcomidas y, aunque por las grietas de sus dobleces se han ido algunas letras, aún resaltan los cuatro versos que subrayó en la adolescencia, hace más de cuarenta años.

La mañana de diciembre en que el viejo D. Severo nos presentó al nuevo maestro, Aníbal estaba a punto de cumplir los catorce años, en Paris había estallado la revuelta del sesenta y ocho y en el pueblo minero de Sablón, los niños estudiábamos mezclados en edad y separados de las niñas.
El frío intenso de aquel día no impidió que, media hora antes de las nueve, el patio de la escuela ya estuviera a rebosar. Gritos, empujones y balonazos se estrellaban contra las maderas toscas que lo vallaban, llenas de pintarrajos y palabrotas talladas con nombres y dibujos obscenos. También de borrones de brea tapando la frase más repetida: “maestro cabrón”.
Cuando vimos aparecer al sustituto, acompañado de D. Severo, la sorpresa silenció el griterío. En nada se parecía al viejo profesor que

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