domingo, 2 de septiembre de 2007

Estreñimiento

—Cogeré unos frutos de esos a ver si logro atajar este estreñimiento tan grande que tengo —me largó señalando una montaña de kiwis— Llevo más de veinte días sin ir al retrete.
—Ah —respondí perpleja.
Mi coche aguardaba en doble fila y mis niños en el portón del colegio cuando la sexagenaria desconocida me abordó en el supermercado.
—Estoy fatal —continuó mientras desplegaba la bolsita para la fruta.
—Pues eso es mucho tiempo, debería ir al médico —le respondí escapándome hacia la otra punta del stand.
—Sí, sí, si ya fui al médico. Me dio de todo, pero nada, sigo igual —continuó tras de mi con su plástico vacío.
—Pues eso es peligroso —le dije sin mirarla mientras pesaba unas ciruelas.
—Sí, sí, ¿no ve? Mire, mire como tengo la cara de hinchada —dijo manoseándose el rostro azulado de ojeras.
—Ya, ya veo, ya. No me extraña —respondí concentrándome en palpar un melón.
—Pues sí, hija, sí. Estoy fatal, fatal. Voy a ver si cojo un poco de esa fruta que me dijo mi prima Luisa que era muy buena para esto mío —pero seguía con la bolsa vacía detrás de mi, incansable, como una mosca de playa.
—Pues no sé yo, señora…, no creo que el kiwi logre solucionarle ese problemón. Debería usted volver al médico, o ir a otro. Le va a dar algo —o a mí si no se calla, pensé— ¿a ver si va a tener una obstrucción intestinal?
—No, no, que va, el médico me dijo que no me pasaba nada —contestó entonces en tono alegre, como si de repente ya hubiera defecado lo de todo el mes.
—Pues no sé, señora, pero eso no es normal, oiga. Veinte días sin evacuar es un barbaridad —seguí alejándome a paso largo hacia las cajas de salida.
—No, si yo siempre fui muy estreñida. De toda la vida. Pero claro tantos días sin hacer, como ahora, sólo me pasó una vez, cuando aún vivía mi Antonio y…
—Ya, ya, pues vaya —le corté dándole la espalda en la cola de la caja. Y ella tras de mi, dale que dale, balanceando como un globo su bolsa de plástico.
—Ya le digo, fatal, estoy fatal, pero aquella vez, él me llevó a ...
—Ya, ya, pero ale, mujer, vaya a coger los kiwis, que fijo que la ayudan —¡socorro!, que alguien me la quite de encima, ¡por favor!— grite para mis adentros.
Por fin, como si algún ser poderoso hubiera oído mi súplica, otra señora de su edad se acercó a saludarla y se le enganchó como a un flotador en alta mar.

2 comentarios:

Lula Lestrange dijo...

Jajajajaa...
entre costumbrismos escatológicos anda el juego.
Para que me dignase a ir al mercado, mi madre tendría que chantajearme.
La próxima vez que te asalten con un problema de ese tipo, dile al desconsiderado que según Freud, el estreñimiento es resultado de la avaricia. ¡Una bolsa de kiwis para ella sola, qué atrocidad!

Un besso,

4ETNIS

Sinuosa dijo...

jajajaj, es que hay mucho avaro/a por el mundo, Lula. Lo que yo te diga.
Gracias, guapetona.
Bessin.

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